Del genial Decálogo, de Krzysztof Kieslowski —esas diez piezas de una hora, para televisión, dedicadas cada una de ellas a los diferentes mandamientos de la Ley de Dios—, ya hablé en su momento de forma genérica. Ahora quiero centrarme en una de las dos versiones extendidas que el realizador polaco hiciera de esos capítulos, en No matarás (1988), que era uno de los más duros, y ya es decir. Aquí, desde el minuto uno, no hay condescendencia con el espectador. Los signos de la abyección se suceden en la pantalla. Las cucarachas muertas y luego la rata en un charco, y el gato ahorcado por unos adolescentes. Kieslowski incide en la tendencia a la crueldad de una sociedad enferma en la que queda ahogada cualquier ansia de regeneración. La sordidez es remarcada por los filtros de una cámara que siempre oscurece las imágenes, centrándolas en su más punzante exposición. Estamos en el ambiente frío, desangelado, de los grandes edificios como cementerios de abortadas alegrías, de las calles inhóspitas, de un mundo manchado por la aspereza de cada jornada sin apenas consolación. La música subraya esa enorme herida de tristeza. Es la Polonia comunista. Los barrios destartalados, la rigidez de los poderes, su enorme pesantez. Y, en adelante, los numerosos signos de lo macabro.
El protagonista es un joven de veinte años, perdido en la capital, que no asume bien la soledad que le inflige el vacío que lo envuelve, la indiferencia que produce y que solo se trunca si él se convierte en molestia. Asistimos a una sucesión de pequeños detalles malignos que van configurando su desesperada tristeza. Por otro lado, tenemos al aspirante a abogado que expone ante un tribunal su ideario, su concepto de la justicia, por el que defiende el castigo solo si demuestra ser protector, rehabilitador o disuasorio. “Desde Caín los castigos no han mejorado o disuadido al mundo de cometer crímenes”, dice, y el tribunal examinador se ríe de él. Por otro lado, tenemos al taxista, un hombre exento de cualquier sentimiento de solidaridad, cruel con los animales, divertido haciendo el pequeño mal que va desgraciando al mundo. Hay que estar atento a los numerosos detalles; por ejemplo, a esa cabeza colgada del parabrisas de ese odioso taxista, que sería un inocente adorno si no fuéramos conociendo el carácter sádico de su poseedor.
No matarás es, entre otras cosas, un alegato contra la pena de muerte. Pero Kieslowski no nos lo pone fácil (salvo un poco, al final). Resulta casi imposible simpatizar con Jacek,ese joven que espanta palomas, escupe en los restos de su café pensando en que alguien tan miserable como él después vaya a tomarlos, y que, desde un puente, lanza una piedra que estalla en un parabrisas. Y, finalmente, el cruelísimo, su trabajoso asesinato de ese taxista indeseable, el hombre rijoso, que odia a los perros, a los gatos: “Son traicioneros como las personas”, que antes ha dejado en tierra a quienes lo estaban esperando y a un hombre bebido. Se trata de alguien verdaderamente despiadado, que disfruta repartiendo generosamente el mal que alberga en su alma. De todos modos, ese crimen se muestra como gratuito, desproporcionado, producto del grave malestar del chico, que también podría haberse desencadenado ante la presencia de un hombre menos abominable, solo decepcionantemente común.
Hay una contraposición entre el abogado principiante, aún idealista, y los magistrados que lo entrevistan; entre el mundo oficial, atrozmente instalado, y los deseos de verdadera justicia y moral; pero aún más con el mundo de afuera, con ese joven que deambula por las calles, ocioso, odiando la recíproca animadversión que siente ante cada ser egoísta, en cada distancia insalvable, en cada amargo antagonismo. Lo que ve es terrible, pero lo contempla con cierta asunción, como cuando observa a esos hombres que persiguen a otro y lo esconden en un callejón, para supuestamente apalearlo. En los urinarios un hombre parece reírse de él, y Jacek le responde agrediéndolo, tirándolo al suelo, tras lo cual nos muestra su único esbozo de sonrisa. Por otra parte, solo intuimos su capacidad para la ternura cuando lleva a un estudio fotográfico una deteriorada foto de su hermana, del día de su Primera Comunión. Pedirá una ampliación de la misma, pero, ante la pregunta a la dependienta de si en una foto se puede saber si la persona está viva o muerta, encuentra otra reacción despectiva: “Qué estupidez”. Es la generalizada deshumanización de los personajes, salvo el del abogado, que representa una pureza tal vez, con el tiempo, con las crueles enseñanzas de los reveses infligidos por el sistema, susceptible de adulteración. Todo es triste, todo es silencio salvo las pocas palabras, que siempre describen una derrota general.
Continuamente vamos siguiendo a esos tres personajes en la simultaneidad de sus acciones, en su inconsciente o despersonalizada coincidencia en los lugares desangelados. El abogado, en su ridícula moto, se muestra feliz al licenciarse. Y en oposición, ese chico sin esperanza, que siempre tropieza con la hostilidad o el desdén que recibe y propicia a la vez, que se afirma como uno más entre tantos que, incapaces de amar, prodigan el mal; como él, que terminará por llevar a cabo el absurdo asesinato del taxista. Como he dicho, esta acción da lugar a una larga escena escabrosa. Al joven le cuesta rematar a un hombre que parece rebelarse contra la muerte desde su torva mirada final. Pero lo que más le horrorizará será ver desprendida su dentadura postiza.
A partir de la completud de ese acto, saltamos directamente a la cárcel. El joven abogado es el encargado de defender al joven asesino. Y, como no podía ser de otra manera, fracasa en su empeño. La sentencia de muerte, en un país tan vengativo y justiciero, es irrevocable. Posteriormente, cuando habla con el juez, este le dice que no tiene por qué sentirse mal, que su soliloquio contra la pena de muerte ha sido perfecto, que lo que hubiera hecho falta es cambiar de juez. “Usted es demasiado sensible y eso no conviene”. Ese soliloquio del que habla el juez hubiera sido pieza fundamental en otra película, pero aquí se opta por omitirlo. Kieslowski se ciñe tanto a una punzante meticulosidad que no precisa de ese momento de gloria, de ese parlamento plausible, sino que maneja perfectamente la elipsis, da grandes saltos para fijarse solo en lo fundamental, en la expresión milimétrica de las causas psicológicas o sociales del asesinato, en las indefectibles derivas.
La siguiente escena nos muestra el trabajo previo del verdugo. Ya ha pasado más de un año. Lo sabemos por un encuentro que resalta la crueldad del bando dominante, aquí tan opuestamente representado por el abogado sensible y por el curtido fiscal. Cuando este se cruza con el abogado, que, en los momentos previos a su ejecución, se dirige a ver al reo, le felicita por el hijo que acaba de tener. El abogado se queda sorprendido, seguramente por cómo es posible hablar de un niño que acaba de nacer cuando, de forma inminente, va a resultar segada la vida de un joven de veintiún años.
En esa última conversación, Jacek, que ha encontrado en ese abogado, a su mejor confidente, le dice: “Todos aquí están en mi contra”, y él le responde: “En contra de lo que hizo”. Pero no lo convence: “Para mí es lo mismo”. Sigue sintiendo el odio de la sociedad sobre él, su placer en la venganza. Pero es un odio recíproco. Para el suyo, tiene la explicación de su propio dolor. Le confiesa al abogado que cinco años atrás, su hermana murió atropellada por un tractor. Jacek había estado emborrachándose junto a ese hombre. Y por ello siempre se ha sentido culpable. “Nos amábamos. Todo podría haber sido distinto. Pero tuve que irme a la ciudad”. Ese irse a la ciudad, supone para él entrar en el desamparo, en la culpa, en la sinrazón, en la terrible soledad. Kieslowski incide en ese tejido de causalidades, en esa terrible decantación. Un par de veces, el fiscal pide que se termine esa conversación, pero el abogado le contesta al funcionario: “Dígale al fiscal que nunca diré que ha terminado”.
Los últimos momentos son terribles. Son los de la violencia institucional de la ejecución, el odio indescriptible, la rutina del verdugo. Jacek le ha preguntado al abogado si ha visto a su madre llorar. Es lo que más le importa, como que su familia vaya a recoger la ampliación de la foto de su hermana. En la última escena hay una variación entre el episodio y la película extendida. En el primero, vemos al abogado en su coche, detenido en medio de un campo —que podría ser un lugar simbólico, en cuanto a la naturaleza que amaba la hermana de Jacek, el punto donde el crimen definitivo empezó—; la puerta abierta y él asomado, llorando y gritando: “Te odio, te odio, te odio”. ¿A quién odia en esa concatenación de causas que lo han llevado a la gran desilusión? ¿Al conductor del tractor que mató a la hermana de Jacek, o a este mismo por haberse emborrachado con él? En el largometraje, supongo que montado posteriormente, el abogado se limita a llorar. En cualquier caso, es la demostración de una enorme impotencia, el asesinato de una inocencia, de una bondadosa idealización. El dolor por un mundo confabulado para acrecentar las afluencias del mal. @mundiario


