Anatomía de una caída: hacia una verdad peligrosa

Fotograma de "Anatomía de una caída", con Sandra Hüller de frente a la cámara
Fotograma de "Anatomía de una caída", con Sandra Hüller de frente a la cámara

Anatomía de una caída (2023), de la directora francesa Justine Triet, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes de este año, me parece una película muy equilibrada

Anatomía de una caída: hacia una verdad peligrosa

Anatomía de una caída (2023), de la directora francesa Justine Triet, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes de este año, me parece una película muy equilibrada, provista de una alternancia que aparece puntualísima para no ahogar sus diversas y bien medidas escenas. Me ha sorprendido el acierto y la sobria creatividad a la hora de situar la cámara o utilizar algún recurso novedoso; así cuando, para elevarnos sobre el ámbito de la sala del juicio donde se desarrolla parte del relato, pasamos, de ver la imagen del niño relatando lo que un día le dijo su padre, a la visión del rostro de este hablándole en aquel momento, de tal manera que la conjunción de esa imagen y la voz del niño conforman un muy sugestivo doblaje.  

La película entraría dentro del subgénero del thriller judicial, pero también podría pertenecer a ese grupo de obras, que tan penetrantemente han diseccionado los motivos de una explosiva tensión matrimonial. En ese grupo, tendría como sublime precedente Secretos de un matrimonio, de Bergman, o la notable Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach. La caída a la que hace mención el título se refiere a la física que sufre Samuel, el marido y padre de un niño con una discapacidad visual grave, acaecida desde la ventana de la buhardilla de su casa, con el resultado de muerte; pero también a la que ha sufrido el matrimonio a partir de la lenta y dramática desintegración que cada uno sus miembros llevaba muchos meses produciendo.  

El comienzo de la película es ya muy potente. Estamos en el interior de una casa de madera sita en medio de un paisaje rural nevado, en algún lugar montañoso de Francia. Vemos a una mujer, Sandra (¡qué gran interpretación la de Sandra Hüller, a la que ya descubrí en Toni Erdmann), que es escritora, conversando con una joven estudiante que ha acudido a la vivienda a interrogarla con el fin de recabar datos para una tesis sobre su obra. Están sentadas muy juntas, la una frente a la otra. Sandra, esa mujer alemana casada con un francés, bebe vino y parece nerviosa. Tal vez quiera coquetear con la estudiante (luego sabremos que es bisexual), o probablemente pueda ser otro el motivo, y lo primero solo sea una suposición prejuiciosa que muchos comparten. De pronto, sin que lo podamos ver, otro personaje se hace notar de forma estruendosa. Es su marido, que está en la buhardilla y ha puesto una música que resulta apabullante a ese máximo volumen que impide la conversación de las dos mujeres. De hecho, la pieza se está repitiendo en bucle. Hay una clara intencionalidad. Parece un método de tortura a lo Guantánamo, pero es, sobre todo, una forma de importunar a su mujer, de alejarla de esa joven que finalmente tiene que marcharse.  

Cuando el hijo sale a pasear con su perro, no puede imaginar que, a su regreso, encontrará a su padre de bruces sobre la nieve, en medio de un charco de sangre. Alerta a su madre que baja corriendo, horrorizada. Pero el drama no acaba en esa pérdida, sino que, a ese dolor, se suma el de un destripador proceso judicial. Sandra resulta sospechosa. La hipótesis del suicidio tiene sus incoherencias, las contradicciones en las que caen la esposa y el hijo. En adelante, seguimos la actuación de los jueces, de la policía, la intervención de un abogado amigo de Sandra. Pero la indagación por el lado de la mecánica del accidente, de las coartadas posibles, es solo una pequeña parte de este relato. Se hace necesario indagar en la vida de esa pareja, saber qué motivos pudo haber para que Samuel se quitara la vida o para que Sandra lo empujara a la muerte. 

Sin embargo, Triet no necesita más que de un flashback para ilustrarnos sobre esa relación que se origina en una de las escenas del juicio. Se ha descubierto que Samuel grababa en su móvil audios con su sola voz o de diversos momentos de la cotidianidad familiar. El día anterior a su muerte registró una fuerte discusión con su mujer. En el juicio se reproduce la grabación sonora y la directora completa las voces de los contendientes con la mostración de las imágenes que revelan los gestos de esa violenta disputa que llegó a las manos. Es uno de los momentos nucleares de la película. Ambos cónyuges se lanzan a la cara sus recriminaciones, su propia defensa ante las acusaciones del otro, su subjetiva visión de una supuesta imparcialidad.  

Esta escena me retrotrajo a las que imaginé al leer el relato de la convulsa relación entre Sylvia Plath y su marido, Ted Hughes, ambos escritores, como la pareja de la película. La diferencia es que la poeta norteamericana, con razón, le recriminaba a su marido que se desentendía de la casa y los hijos; y aquí es Samuel el que se siente frustrado por no poder cumplir con su sueño de ser escritor, achacando su impotencia creativa a su mujer, a su forma de dirigir la vida familiar en su perjuicio. Silvia Plath se suicidó; Samuel, tal vez sí, tal vez no. La disputa se eleva sobre unas palabras muy elocuentes. (El guion es perfecto, no resbala en ningún momento por la pendiente de lo demasiado obvio, pero sí se mantiene adherido a lo significativo). Y encontramos, en esas furiosas palabras de los dos, lo de siempre: la frustración, las heridas que, como llamas que nos estuvieran quemando, lanzamos al otro; que convierten una convivencia en un infierno, y a los miembros que la componen en mezquinos defensores de sí mismos; y, muy lamentablemente, en seres que no pueden o rehúsan ser sanadores del otro o de sus propios traumas.    

Una de las virtudes de la película es que avanza sin que, en ningún momento, tengamos claro qué sucedió aquella tarde invernal, en aquella casa aislada en una pequeña colina. Vamos conociendo motivos para el suicidio de Samuel, pero también para la posibilidad de una última pelea que pudiese haber acabado con la precipitación del cuerpo de este sobre la nieve. El jurado emite un veredicto que no voy a desvelar, por ser una película tan reciente que animo a ver. (Hay que apoyar las pocas películas adultas que se exhiben, y el viernes pasado solo había diez personas en la sala). Lo seguro es que ese largo proceso judicial, que dura un año, ha trastocado fuertemente las vidas de Sandra y de su hijo mucho más allá de la pérdida de un marido y de un padre. En esa situación, ha tenido que aflorar el tremendo conflicto en el que Samuel y Sandra vivían, y que su hijo desconocía en su mayor, profunda y dolorosa parte. Al duelo por la muerte de un ser importante, se ha superpuesto el descabalgamiento de una relación filial ahora desvirtuada, la historia familiar difamada en los altavoces de los juzgados. Pero Anatomía de una caída ofrece muchos más matices. Las dos horas y media de metraje no han sido en vano, nos han conmocionado con una historia profunda y reveladora, llena de sentimientos, de incógnitas, de conocimiento tardío y de tristes consecuencias. @mundiario            

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