Perfect days: de la rutina de los días, de su perfección insuficiente

Wim Wenders narra magistralmente la cíclica circularidad de los días de Hirayama.
Fotograma de "Perfect days", de Wim Wenders
photo_camera Fotograma de "Perfect days", de Wim Wenders. / Productora.

Con Perfect days (2023) Wim Wenders, a sus setenta y ocho años, ha regresado al nivel de películas tan memorables como El amigo americano, El cielo sobre Berlín o París Texas, entre otras, aparte de los documentales bellísimos e impresionantes que realizó, como La sal de la tierra. De la fascinación que tenía por la nación americana en sus primeros tiempos, situando sus historias en los decorados de la naturaleza y la cultura de aquel país, ahora se ha trasladado a un ámbito también relativamente exótico como es Japón, a otros escenarios interiorizados desde sus veneraciones cinéfilas, vividos a través de directores mayúsculos como Ozu, Kurosawa, Mizoguchi, o Kore-eda.

La historia que plantea Wenders es la de un personaje muy singular. Hirayama es un hombre maduro cuyo trabajo es el de limpiar los baños públicos; un ser extremadamente solitario, cerrilmente lacónico (tal vez no pronuncie más de cincuenta palabras en toda la película). A lo que asistimos es a la sucesión de sus días, unos ciclos temporales a los que se enfrenta desde la coraza de una rutina inflexible, a través de la cual se cuelan destellos de sucinta pero intensa felicidad. Otra característica suya es la de vivir rodeado de elementos analógicos —como las cintas de casete, la cámara de fotos de carrete, el móvil antiguo— que contradicen la modernidad de la que se presume en un país tan orgulloso de sus avanzadas tecnologías, tan adicto a ellas.

Hirayama no precisa de elementos externos que marquen su ritmo. Cada madrugada se despierta por el ruido que hace el barrendero y rápidamente ejecuta los pasos que han de llevarlo a salir de esa casa humildísima, que carece de comodidades, de un buen sillón para poder leer los libros que le entusiasman, de insignes autores como Faulkner o Highsmith, o ese otro cuyo título es Árbol, ese elemento de la naturaleza que fotografía y ama en los pequeños recesos que se permite en los parques donde trabaja.

Su vida es de un ascetismo extremo que solo parece romper con su diaria visita a unos baños públicos, con la música que escucha en el coche o en casa —antológicos discos del pop rock de  los años sesenta y setenta: Otis Redding, The Animals, Lou Reed, Patti Smith. The Kinks, etc.—, con la mirada alzada a las ramas de los árboles, o con alguna sonrisa que se permite ante algún niño o adulto al que le encuentra su inocente y simpática comicidad. Pero también con esa bebida que se toma en un bar impersonal, la que el camarero le sirve puntualmente, bajo las invariables palabras que reconocen el merecimiento de esa recompensa para su cliente tras una dura jornada. De ese ascetismo forma parte también un celo extremo en el cumplimiento de su desagradable trabajo, del que no se avergüenza, sino que muy probablemente se ufana de su meritorio valor servicial.

Esa rutina que sigue, de otra manera, también en los días que libra del trabajo, le sirve para no sentir una carencia que, junto a él, vamos descubriendo cada vez más, y es que por las grietas de esa fortaleza que se ha construido, entra de vez en cuando la conciencia de una vida afectiva inexistente. El disimulo de su ser interior ante el mundo y ante sí mismo llega a ser tan rígido que solo al final comprobaremos que siente cierto enamoramiento hacia la mujer de un bar más íntimo que también visita. Antes, la presencia en su casa de la sobrina, una adolescente que ha huido de sus padres, también actuará como una piedra de toque para sus sentimientos reprimidos, y finalmente lo llevará a un inédito gesto con su hermana, a la que, para su sorpresa, llega a abrazar. Como le había dicho antes a su sobrina, la explicación no sería exactamente la de  que los dos hermanos se lleven mal, sino que hay muchos mundos distintos, cada uno tiene el suyo, y a veces esos mundos no resultan convergentes.

Wenders narra magistralmente esa cíclica circularidad de los días de Hirayama. Lo vemos, cada mañana, tomar de un repisa junto a la puerta de salida, los elementos que le hacen falta para su día laboral, las llaves de los aseos, de su casa, el anacrónico móvil, la obsoleta cámara de fotos cuyos carretes cada semana lleva a revelar, pero lo que deja siempre es el reloj, ese elemento que no le hace falta, porque él lleva el tiempo dentro de sí. Y son un acierto también esas imágenes de sus sueños sombríos, de ese periodo nocturno que actúa como oscura bisagra entre sus días.

Perfect days es, por una parte, un canto a la vida sencilla, a la vida directa, despojada de dependencias ajenas, aferrada a cierta pureza —Hirayama no ve la tele ni escucha la radio, está desconectado de las imposiciones informativas de su tiempo—, pero también la denuncia de una existencia encerrada en el miedo a traspasar la seguridad, a arriesgarse a un generoso contacto afectivo que sobrepase el simple civismo. La escena final, bajo la cálida voz de Nina Simone, en su Feeling Good, es una abertura a la esperanza, el comienzo de una desinhibida alegría, libre para los afectos, el broche de una película finalmente reconfortante y emotiva. @mundiario