Naufragio urbano con GPS de lujo, o cómo París me expulsa a punta de coordenadas erróneas
Yo, que soy de patear ciudades con zapatilla de marca y alma abierta, terminé subido a taxis con aire acondicionado y conductores con aliento a ajo y sueños de piloto de Fórmula 1.
Dicen que perderse en París es una forma sublime de encontrarse a uno mismo (o eso he oído yo por algún sitio). Esos lo dicen, claro, los que no han pagado mil euros por un GPS de última generación, con voz sedosa y mirada satelital, solo para acabar en un callejón sin salida entre un puesto de crepes y un burdel reciclado como tienda de productos veganos.
Yo, que soy de patear ciudades con zapatilla de marca y alma abierta, terminé subido a taxis con aire acondicionado y conductores con aliento a ajo y sueños de piloto de Fórmula 1. Porque si algo me sobra en cada visita a la Ciudad de la Luz, es tiempo invertido en dar vueltas innecesarias… y dinero evaporado en desplazamientos absolutamente evitables.
Mi GPS, que prometía precisión militar y “reconocimiento contextual urbano en tiempo real” (sea lo que coño signifique eso), tiene una peculiar relación con París: parece que se enamora de cada farola, de cada giro incorrecto, de cada oportunidad de humillarme frente a los parisinos. ¿Dónde está ese callejón con encanto que vi en Earth?: “en la rotonda, en la décima salida, gire a la derecha”, me dice la voz cálida del aparato, probablemente grabada por alguna actriz francesa retirada que ahora se dedica a hundir turistas. Giro. Sigo.
Y descubro que estoy frente a un contenedor, una obra en construcción y una banda de adolescentes fumando porros que, muy amablemente, me indican en qué idioma debo irme a tomar por atrás
UN GPS CON VOLUNTAD PROPIA Y SENTIDO DEL HUMOR CRUEL
El dispositivo, que me vendieron como «el más fiable del mercado», tiene sentido del humor. Pero es ese tipo de humor que uno no encuentra gracioso cuando lleva caminando 40 minutos bajo una llovizna ácida, con un paraguas comprado en una tienda china de souvenirs por el precio de un menú degustación. Lo encendí ilusionado, en la Plaza de la Bastilla, creyendo que de ahí me llevaría sin sobresaltos a un encantador bistró en el Marais. Resultado: terminé en las afueras, en una zona industrial que huele a neumático derretido y desesperación.
La peor parte no es perderme. La peor parte es que el GPS se recalcula con la condescendencia de un profesor que ya ha perdido toda esperanza contigo. Esa pausa burlona. Esa nueva dirección dada con fingida paciencia: “Recalculando…, gire en U cuando sea posible.” ¿Una U? Estoy en un puente, criatura satelital. ¿Quieres que haga un looping aéreo o qué?
EL DILEMA DEL CAMINANTE. ROMANTICISMO VS. LA MADRE QUE PARIÓ A GARMIN
Siempre he creído que para conocer una ciudad hay que caminarla. Patearla como si fuera tuya. Desgastarte las suelas y los prejuicios. Observar cómo cambia el ritmo del paso de los niños al del flâneur, y cómo se mezclan los olores de pan recién hecho con el perfume embriagador de las parisinas. Pero claro, eso era antes de entrar en guerra con mi GPS.
Ahora camino menos que la ministra de Sanidad (Mónica García, se entiende) en una huelga de médicos. ¿La razón? El trauma. Mi paseo más reciente acabó en un cementerio, buscando una pastelería. No una metáfora: realmente acabé en el cementerio de Montparnasse, preguntando a un señor que visitaba la tumba de Sartre si sabía dónde vendían éclairs. Su mirada de conmiseración solo fue superada por la de mi GPS, que insistía con voz neutra: “Ha llegado a su destino.”
EL DRAMA DEL TAXI. CONFESIONES DE UN PEATÓN FRACASADO
Y entonces uno, ya sudado, frustrado y con los gemelos en huelga, se rinde. Baja la cabeza. Pide un taxi. El primero lo ignora. El segundo está ocupado. El tercero se detiene, me mira, y sin preguntar me lleva, porque ya sabe —por experiencia o por mi cara de derrota— que vengo de un fracaso cartográfico de primer nivel. El problema es que en París los taxis no son baratos. Son directamente una forma legalizada de extorsión emocional.
Entre el aeropuerto, las escapadas forzadas por malinterpretaciones topográficas y los “desvíos estratégicos” de algunos conductores avezados, he gastado más en taxis que en hoteles.
Mi último trayecto de siete minutos costó treinta y cuatro euros. Treinta y cuatro. Eso es lo que uno paga por una cena de tres tiempos en un restaurante donde sirven codornices con nombre propio. Todo por culpa de un GPS de élite que cree que la Rúe du Faubourg Saint-Honoré está en Lyon.
He empezado a hablarle al GPS. Le insulto. Le imploro. Le ironizo. Le suplico. A veces incluso le miento, diciéndole que voy a actualizarlo, cuando en realidad estoy a un clic de lanzarlo al Sena con una piedra atada. Hay un momento particularmente degradante, cuando el aparato dice “Continúe recto durante dos kilómetros hacia el sud-suroeste” y sabes, sin margen de error, que eso no puede ser. Que estás en un parque. Que hay un lago. Que el siguiente kilómetro lo harías nadando entre patos y niños con barquitos. Pero él insiste. Como una mala novia, se aferra a su error y espera que seas tú el que se adapte.
He probado todo: mapas impresos (ineficaces e indescifrables), preguntar a transeúntes (respuestas en clave), seguir multitudes (fui a dar a una manifestación contra la gentrificación, que no tengo ni puñetera idea de lo que es). Nada. París tiene esa cualidad de moverse bajo tus pies, de cambiar de lugar sus plazas, de esconder sus nombres callejeros detrás de enredaderas románticas. Es como si la ciudad misma conspirara con el GPS para burlarse de mí.
LAS EXCUSAS DEL FABRICANTE: CIENCIA FICCIÓN CON GARANTÍA LIMITADA
Intenté devolver el aparato. Llamé al servicio técnico. Me atendió un muchacho amable con acento latino, desde algún lugar donde no sabían lo que era un bulevar. Le expliqué la situación: “Mire, señor, el GPS me llevó a los Bois de Boulogne cuando yo quería ir al Museo Rodin. Acabé entre travestis y farolas fundidas.” Su respuesta: “Eso debe ser una interferencia geomagnética momentánea provocada por estructuras metálicas.”
Claro, Rodin y los campos magnéticos, todo me cuadra ahora.
Le pregunté si había alguna actualización posible. Me sugirió descargar una nueva versión del firmware, reiniciar el sistema y colocar el dispositivo en una superficie plana, alejado de objetos metálicos y emociones humanas. También recomendó dejarlo “reposar” antes de encenderlo de nuevo. ¿Reposar? ¿Como un lomo de buey?
PARÍS, ESE LABERINTO SIN TESEO
He visitado París en multitud de ocasiones; unas veces por motivos profesionales y otras de guiri puro. Al final, he llegado a una conclusión amarga: yo no paseo París. París me pasea a mí. Me empuja, me enreda, me cambia las señales. Es una amante cruel, caprichosa y bellísima, que se burla de mi deseo de conocerla a pie. Cada intento de callejear acaba en un ataque de ansiedad, una carrera contra el tiempo y un nuevo récord de gasto en taxi. Y aun así, sigo volviendo.
Porque eso es lo peor: París no solo me pierde. Me encanta perderme en ella, aunque sea a regañadientes.
A veces, cuando finalmente llego al sitio correcto, después de tres taxis, dos berrinches y una caminata sin sentido, me siento en una terraza con esquina, pido un café y contemplo la calle. Entonces aparece la magia: una señora con boina acariciando a su perro, un niño con una baguette que parece más grande que él, un acordeonista que desafina con elegancia.
Y pienso: vale la pena. Aunque el café cueste seis euros y el GPS esté en la mochila, callado, soñando con su próxima emboscada.
CONCLUSIÓN (O ADVERTENCIA FINAL)
Si usted, lector amable, ha llegado hasta aquí esperando una solución, no la tengo. Solo tengo una certeza: París no es ciudad para GPS. Es ciudad de perderse y, con suerte, reencontrarse. Aunque cueste cien euros diarios en taxis, un buen par de zapatillas arruinadas y la pérdida gradual de la fe en la tecnología.
Yo seguiré yendo, claro. Volveré a caer en las garras de ese aparato de diseño elegante y precisión desastrosa. Porque uno no escarmienta en ciudad ajena. Pero la próxima vez… tal vez lleve una brújula.
Y un buen seguro de viaje. Y efectivo para taxis. Porque, al final, eso es París: belleza infinita, desorientación permanente… y transporte alternativo.
Y que el GPS se vaya al carajo. Con todos sus satélites incluidos. @mundiario


