El rápido despliegue de infraestructuras para la IA multiplica el consumo de agua y energía
España y Europa compiten por atraer proyectos sin aclarar aún su sostenibilidad, cuando resulta que el auge de los centros de datos tensiona los recursos hídricos y energéticos en plena crisis climática.
Google lanzó hace poco una advertencia tan breve como inquietante: “Si la burbuja estalla, ninguna empresa será inmune”. La compañía, al mismo tiempo, alertó de las enormes necesidades energéticas de la inteligencia artificial, que ya representaron el 1,5% del consumo mundial de electricidad el año pasado. En un momento de euforia tecnológica y opacidad creciente, conviene detenerse —como plantea Ramón Varela Díaz, catedrático de Biología y Geología, doctor en Biología y antiguo presidente de Adega— en los riesgos reales de una industria que avanza a un ritmo que supera al debate público y a la capacidad de regulación.
Los centros de datos, corazón físico de la IA, requieren disipar cantidades masivas de calor y dependen de sistemas de refrigeración líquida. El agua deja de ser un recurso auxiliar para convertirse en un límite físico a su expansión. A ello se suma la necesidad de mantener niveles constantes de humedad para evitar descargas electrostáticas que podrían inutilizar equipos valorados en millones. Esta combinación hace que no puedan instalarse en cualquier territorio: necesitan grandes volúmenes de agua… y mucha energía.
Las cifras ayudan a entender la magnitud del problema. Un centro pequeño de 1 MW puede consumir unos 26.000 metros cúbicos de agua al año. Uno de tamaño medio —como los que sostienen servicios en la nube y plataformas digitales globales— puede llegar a 766.500 m³, el equivalente al consumo de 17.000 personas. Los megacentros multiplican aún más ese impacto.
El caso de Zaragoza es paradigmático, según alerta Ramón Varela en un artículo en gallego que publica en la edición Galicia de MUNDIARIO. El proyecto de Microsoft prevé tres centros de 300 MW cada uno. La empresa habla de consumos anuales próximos a los 30.000 m³, o de apenas 4.000 m³ si operan en circuito cerrado. Son cifras sorprendentemente bajas comparadas con las habituales en el sector. Mientras tanto, Aragón encadena una decena de proyectos: dos de Google, otro en Huesca, varias propuestas del fondo Blackstone… y los tres centros de Amazon ya en funcionamiento. ¿Es razonable impulsar esta concentración de infraestructura hídrica y energética en una región especialmente vulnerable a las sequías?
El panorama global no invita al optimismo
La contradicción con los objetivos europeos es evidente. El Pacto Verde aspira a mejorar en un 10% la eficiencia en el uso del agua y a promover la reutilización. Sin embargo, la carrera por atraer centros de datos discurre en dirección opuesta.
El panorama global tampoco invita al optimismo. Microsoft consumió 6,4 millones de m³ de agua en 2022. Google alcanzó los 24 millones en 2023. Según el Pew Research Center, los centros de datos de Estados Unidos utilizan más de 64 millones de m³ al año, cifra que podría duplicarse en 2028. Todo ello mientras 4.000 millones de personas carecen de acceso garantizado a agua potable. La pregunta, por sencilla, es contundente: ¿puede el planeta sostener este modelo?
El insaciable consumo energético
La energía renovable, diseñada para facilitar la transición verde, está siendo absorbida por la expansión de los centros de datos. La Agencia Internacional de la Energía describe una tendencia preocupante: el consumo eléctrico global crece a un ritmo que desborda previsiones.
Las consultas basadas en IA generativa requieren unas diez veces más electricidad que una búsqueda tradicional. ChatGPT consume unos 2,9 Wh por consulta, frente a los 0,3 Wh de Google. En 2024, los centros de datos consumieron 415 TWh, una cifra comparable al consumo anual total de Alemania y muy superior al de España. La AIE calcula que en 2025 superarán los 1.000 TWh.
España no es ajena a esta dinámica. Solo los tres centros de Microsoft en Zaragoza necesitarían 900 MW de potencia. Irlanda ilustra hacia dónde se encamina este modelo: en 2023, los centros de datos consumieron más energía que todos los hogares del país y absorbieron un tercio del nuevo desarrollo eólico. El Gobierno irlandés ha frenado nuevos proyectos en Dublín ante el riesgo de colapso energético.
Mientras tanto, en Estados Unidos, los centros de datos dependen mayoritariamente de combustibles fósiles y energía nuclear: 40% gas, 15% carbón, 20% nuclear. Las renovables no alcanzan ni una cuarta parte del total. ¿Se dirige Europa por ese camino?
Presión sobre las tarifas eléctricas
La presión sobre las tarifas eléctricas es ya evidente. En varios estados norteamericanos se prevé un incremento del 8% antes de 2030 y del 25% en zonas de alta demanda, como Virginia. España, inmersa en una competición por atraer centros de datos, podría enfrentar un escenario similar.
La falta de transparencia agrava los riesgos. Las empresas apenas hacen públicos los consumos indirectos: extracción de materias primas, fabricación de chips, construcción de infraestructuras, transporte, investigación. Esa huella oculta multiplica varias veces los consumos oficiales.
Las emisiones asociadas tampoco son menores. La huella de carbono indirecta —la vinculada a toda la cadena de suministro— representa más del 70% del total. Mientras no se emplee únicamente energía renovable, los centros de datos seguirán contribuindo al cambio climático. Y aun empleándola, estarían desviando recursos escasos desde industrias que llevan años trabajando en su propia transición ecológica.
España, en la carrera sin reglas claras
España ocupa ya el puesto 14 del mundo en número de centros de datos, concentrados en Madrid, Cataluña y Aragón. Aspira a convertirse en un hub europeo de IA, por delante de Alemania o el Reino Unido. Lo que no está claro es bajo qué condiciones. No se habla de límites, ni de eficiencia obligatoria, ni de mecanismos de supervisión independiente. Tampoco de los efectos sobre la disponibilidad de agua subterránea, cuya disminución advierte la comunidad científica desde hace décadas.
El riesgo es evidente: en un contexto de sequías recurrentes y cambio climático acelerado, los centros de datos pueden convertirse en sumideros masivos de agua y energía, con impactos ecológicos y sociales de gran envergadura.
Como recuerda Ramón Varela Díaz, conviene actuar con realismo y planificación antes de hipotecar el futuro en nombre de una carrera tecnológica que, sin un marco sólido, puede convertirse en una peligrosa huida hacia adelante. @mundiario



