¿Puede la atmósfera de la Tierra albergar vida microbiana activa?
La atmósfera de la Tierra actúa como un vasto sistema de transporte para diminutas formas de vida celular como esporas de hongos, granos de polen, bacterias e incluso virus. Durante sus desplazamientos, estos organismos se enfrentan a condiciones extremas: bajas temperaturas, intensa radiación ultravioleta y escasez de nutrientes.
La pregunta que plantea un reciente estudio publicado en el Journal of Geophysical Research: Biogeosciences es si estos microorganismos simplemente resisten hasta encontrar un ambiente más favorable, o si algunos de ellos pueden prosperar en pleno aire.
Hasta ahora, la visión predominante era que la atmósfera es más un medio de paso que un verdadero hábitat. Investigaciones previas habían mostrado que ciertos microorganismos pueden mantenerse viables en un estado de latencia, soportando las adversidades hasta que son depositados en suelos, cuerpos de agua u otros entornos propicios. Sin embargo, la posibilidad de que existan comunidades microbianas residentes, adaptadas y metabólicamente activas en el aire, sigue siendo un terreno científico apenas explorado.
El campo encargado de estudiar estas formas de vida flotantes se conoce como aerobiología. Uno de sus principales retos es metodológico: no existe un protocolo estándar para muestrear el aeromicrobioma, los riesgos de contaminación son elevados y reproducir en laboratorio las condiciones exactas de la atmósfera resulta complejo. Esto ha limitado la cantidad y la calidad de los datos disponibles, dificultando avanzar hacia conclusiones sólidas.
El equipo, liderado por el Dr. Eloi Martínez-Rabert, investigador asociado de la Universidad de Aix-Marsella, propone una vía distinta: el uso de modelos teóricos y simulaciones computacionales como complemento a la observación directa. A partir de información ya conocida sobre el metabolismo microbiano en entornos extremos, así como sobre la física y la química de la atmósfera, es posible desarrollar marcos de modelización capaces de estimar el potencial de actividad biológica en diferentes capas y condiciones atmosféricas.
Esta estrategia permitiría, por ejemplo, probar de forma virtual cómo afectaría a la proliferación microbiana un cambio en la composición química del aire o en el nivel de humedad. También abriría la puerta a responder preguntas clave: ¿se adaptan mejor los microorganismos viviendo libres en gases atmosféricos, dentro de diminutas gotas de agua o adheridos a partículas sólidas? ¿Qué fuentes de energía pueden aprovechar en ese entorno?
Los investigadores sugieren que la combinación de este enfoque “de abajo hacia arriba” con datos empíricos obtenidos mediante muestreo, experimentos y observaciones podría permitir evaluar la capacidad de la atmósfera para sostener una auténtica biosfera microbiana.
Aunque por ahora la evidencia apunta más a la supervivencia pasiva que a la proliferación activa, el trabajo de Martinez-Rabert y su equipo marca un paso importante hacia una comprensión más detallada del aeromicrobioma. Si la atmósfera llegara a confirmarse como un ecosistema microbiano funcional, sería necesario reconsiderar su papel no solo como medio de transporte, sino también como un componente vivo que interactúa con la química y la dinámica del planeta. @mundiario


