Muerte cerebral y ciencia: el nuevo dilema ético del siglo XXI
La frontera entre la vida y la muerte nunca ha sido tan delgada. Cuatro prestigiosos científicos de las universidades de California y Nueva York han lanzado un llamamiento que podría marcar un antes y un después en la investigación médica: proponen utilizar cuerpos de personas en muerte cerebral —ya clínicamente fallecidas— como plataformas experimentales para probar fármacos, terapias genéticas y técnicas de edición de ADN. Lo han denominado modelo PMD (fallecidos mantenidos fisiológicamente) y lo presentan como una alternativa realista para acelerar descubrimientos que podrían salvar vidas.
La muerte cerebral no es un concepto ambiguo: implica la pérdida irreversible de toda función cerebral, incluso si los órganos siguen latiendo gracias a soporte artificial. Legal y médicamente, es muerte. Pero ¿es ético convertir ese cuerpo sin conciencia en un campo de pruebas científicas?
Los defensores de la propuesta aseguran que estos cuerpos ya han sido utilizados de forma excepcional en trasplantes pioneros —como los realizados con órganos de cerdos modificados genéticamente en EE. UU. y China—, y que su potencial está infrautilizado. Como bien apuntan, en un solo cuerpo se podrían realizar “cientos, si no miles” de experimentos simultáneos. En teoría, una auténtica mina de oro para la medicina.
Pero la teoría rara vez se ajusta sin fricciones a la realidad ética y legal. ¿Qué ocurre si la persona fallecida no dejó constancia expresa de su voluntad de donar su cuerpo? ¿Puede decidirlo un familiar? ¿Debería aplicarse un modelo “opt-out”, donde todos seamos donantes salvo que digamos lo contrario? Federico de Montalvo, ex presidente del Comité de Bioética de España, sugiere que sí, siempre que la investigación tenga interés público y se respete la legislación vigente sobre donación.
Un debate antiguo
No se trata de ciencia ficción ni de distopías al estilo Matrix. Estos cuerpos no estarían almacenados en sótanos ocultos ni utilizados sin control, sino en unidades de cuidados intensivos, bajo supervisión médica y ética. Y aun así, la imagen inquieta. Nos incomoda porque desafía una noción fundamental: que el cuerpo humano —incluso muerto— merece respeto.
El debate no es nuevo. En 1988 y en 2002 ya se realizaron experimentos similares, que desataron polémica. Pero la diferencia es que hoy la tecnología ha avanzado lo suficiente como para hacer esta práctica mucho más eficaz… y más frecuente.
Los detractores, como el cirujano Pablo Ramírez, argumentan que estos cuerpos deberían usarse primero para donar órganos y solo después, si es viable, para investigación. Además, el tiempo útil de un cuerpo en estas condiciones es limitado: días o semanas como mucho. No es un modelo válido para estudios a largo plazo, pero sí podría servir como trampolín para experimentos previos a los ensayos clínicos con humanos vivos.
¿Debe la sociedad aceptar esta vía si puede acelerar la cura del cáncer, del Alzheimer o de enfermedades raras? ¿O hay un umbral ético que nunca deberíamos cruzar, por mucho que la ciencia lo permita? @mundiario
