La historia de los perros en América: ADN antiguo revela cómo y cuándo llegaron al continente
Aunque aún no se dispone de un censo preciso, se estima que en América viven hoy cerca de 200 millones de perros, una presencia tan extendida como diversa en tamaño, forma, temperamento y función social. Sin embargo, su camino hasta convertirse en parte fundamental de la vida humana en el continente fue largo, complejo y repleto de obstáculos. Así lo revela un nuevo y amplio estudio internacional publicado en la revista Proceedings B de la Royal Society de Londres, que ofrece la reconstrucción genética más detallada hasta la fecha del pasado canino en América Central y Sudamérica.
La investigación, liderada por la zooarqueóloga Aurélie Manin, de la Universidad de Oxford, y con la participación de 47 científicos de 10 países, analizó el ADN de 70 perros antiguos y modernos, trazando con precisión sus orígenes y rutas de dispersión. El análisis se centró en material genético extraído de restos arqueológicos de Argentina, Chile, México, Perú, Bolivia y otros países, con el fin de comprender cuándo y cómo llegaron los perros al continente americano.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es el desfase temporal entre la llegada de los humanos a Sudamérica y la de los perros. Aunque las poblaciones humanas cruzaron desde Asia por el estrecho de Bering hace más de 20.000 años y se establecieron en el sur del continente hace unos 14.000 años, los perros no llegaron a estas regiones australes hasta 8.000 años después. Esta evidencia pone en cuestión teorías anteriores que sostenían que los perros habrían ayudado a los humanos en la caza de megafauna o en la colonización de nuevos territorios.
“El hecho de que los perros no acompañaran a las primeras oleadas humanas nos obliga a replantear su rol en la expansión inicial por América”, señala el arqueólogo argentino Lucio González Venanzi, uno de los coautores del estudio. A través del análisis de ADN mitocondrial —una forma de material genético que se hereda exclusivamente por vía materna—, los investigadores lograron reconstruir las líneas genéticas caninas con una resolución sin precedentes.
La agricultura marcó el punto de inflexión
La gran expansión de los perros por el continente coincide con la aparición de la agricultura, especialmente con el cultivo intensivo de maíz, hace entre 7.000 y 5.000 años. Las comunidades sedentarias encontraron nuevas funciones para los perros, desde la compañía y protección hasta su uso como fuente de alimento o animal de carga. El desarrollo agrícola generó excedentes que facilitaron la crianza de perros y propiciaron su presencia estable en diversos entornos.
“El perro acompañó a las sociedades agrícolas en su transformación”, explica el paleontólogo Francisco Prevosti, especialista en cánidos. A partir de su llegada a la región andina, los perros se dispersaron hacia el sur, el este y la Patagonia entre hace 3.000 y 2.000 años. Su éxito en estos ambientes contrastó con su limitada presencia inicial en América Central y del Sur, posiblemente debido a barreras ecológicas, enfermedades tropicales o la competencia con fauna local.
Perros con estatus simbólico y roles múltiples
Lejos de ser solo animales utilitarios, los perros ocuparon roles simbólicos y sociales dentro de muchas culturas originarias de América. En México, civilizaciones como la tolteca y la azteca criaban razas como el tlalchichi —antecesor del actual chihuahua— o el xoloitzcuintle, considerado un guía espiritual para el tránsito al más allá. Estos perros eran representados en cerámica y enterrados junto a sus dueños en rituales que sugerían vínculos afectivos y simbólicos profundos.
Los hallazgos arqueológicos también documentan usos diversos: desde su empleo en la caza de ñandúes por los tehuelches en el sur de Argentina, hasta su papel como fuente de abrigo y alimento en pueblos del sur de Chile, según crónicas coloniales. En los Andes, incluso se les utilizaba para pastorear llamas y alpacas. En algunos casos, los perros eran enterrados con honores comparables a los de los humanos, como en un hallazgo de La Pampa, donde un perro fue sepultado cuidadosamente junto a un niño.
El impacto de la conquista y la desaparición de linajes ancestrales
La llegada de los europeos en el siglo XVI supuso una ruptura drástica en la historia genética de los perros americanos. Con ellos llegaron nuevas razas caninas euroasiáticas que se reprodujeron rápidamente y desplazaron a los perros indígenas, muchos de los cuales desaparecieron sin dejar rastro. Las campañas de envenenamiento urbano, como la que erradicó al tlalchichi en la Nueva España, y el uso de perros como arma de guerra por parte de los conquistadores contribuyeron a esta desaparición.
“Es posible que los perros europeos atacaran también a los perros nativos, facilitando su desaparición”, sostiene Manin. Sin embargo, algunos linajes lograron sobrevivir. El chihuahua aún conserva ADN mitocondrial ancestral, lo que sugiere que en zonas aisladas del norte de México se mantuvieron razas autóctonas hasta el siglo XIX. Otro caso notable es el xoloitzcuintle, declarado en 2016 patrimonio cultural de la Ciudad de México y que ha ganado popularidad global gracias a la cultura popular.
Más allá de su valor científico, este estudio ofrece una mirada al pasado compartido entre humanos y perros, una historia de cooperación, adaptación y mutuo beneficio que se remonta a milenios. Como subraya González Venanzi, “estudiar a los perros es estudiar a las poblaciones humanas; nos permite conocernos a nosotros mismos”.
A través del ADN antiguo, la arqueología y la genética, los científicos continúan desentrañando una historia que, lejos de haber concluido, sigue viva en cada rincón del continente, en cada perro callejero, mascota o guardián rural. El perro, primer compañero del ser humano, ha recorrido el continente con nosotros, y su historia sigue dando claves para entender la nuestra. @mundiario





