Fordow: la fortaleza nuclear de Irán que ni Israel puede tocar, pero EE UU sí
Desde que se reveló en 2009 la existencia de la planta de enriquecimiento de uranio de Fordow, al sur de Teherán y cerca de la ciudad sagrada de Qom, el complejo ha sido una obsesión para las agencias de inteligencia occidentales y, especialmente, para Israel. Esta instalación subterránea, construida con el objetivo explícito de resistir ataques aéreos, es hoy el núcleo simbólico y técnico del desafío nuclear iraní.
Fordow no es solo una planta nuclear más. Es una instalación construida para sobrevivir. Oculta bajo 80 a 90 metros de roca sólida, con túneles camuflados y estructuras de soporte de gran escala, representa una sofisticación arquitectónica diseñada para frustrar incluso los bombardeos más avanzados. Sus casi 3.000 centrifugadoras, algunas de última generación, le permiten a Irán enriquecer uranio hasta niveles cercanos al umbral armamentístico, y, según expertos, acumular material suficiente para varias armas nucleares en cuestión de semanas.
En términos estratégicos, Fordow es el seguro de vida del programa nuclear iraní. Su valor no radica únicamente en su capacidad productiva, sino en su condición de baluarte inexpugnable. Fue concebida precisamente tras las amenazas israelíes y estadounidenses contra otras instalaciones, como la de Natanz (uno de los objetivos principales de la ofensiva israelí del viernes), y funciona como respaldo en caso de un ataque devastador.
Pero también es un símbolo. Mientras Irán insiste en el carácter pacífico de su programa, documentos filtrados por Israel en 2018 revelaron que Fordow formaba parte de un proyecto más amplio orientado a la producción de uranio enriquecido con fines militares. Desde entonces, el temor de que esta planta albergue actividades encubiertas ha crecido, especialmente tras la salida de EE UU del acuerdo nuclear (JCPOA) en 2018, lo que relajó las restricciones internacionales.
¿Por qué Israel no puede destruirla?
Israel ha demostrado una notable capacidad para desarticular programas nucleares enemigos: lo hizo en Irak en 1981 y en Siria en 2007. Sin embargo, esta instalación representa un nivel completamente distinto. Ninguna bomba convencional israelí, ni siquiera las bombas antibúnkeres que posee, tienen la capacidad de penetrar la profundidad y fortificación de Fordow.
La única arma actualmente conocida capaz de causar daños críticos a esta instalación es la GBU-57, una bomba antibúnker estadounidense de 14 toneladas, diseñada específicamente para destruir infraestructuras profundamente enterradas. Este artefacto —que solo puede ser transportado por bombarderos estratégicos como el B-2 estadounidense— no está en manos de Israel, por el momento.
Por tanto, la opción de eliminar Fordow desde el aire escapa hoy por completo a las capacidades autónomas de Israel, lo que ha obligado a Tel Aviv a considerar otras alternativas: desde sabotajes internos hasta ciberataques, pasando por la presión diplomática sobre Washington para un eventual ataque coordinado.
El intento de involucrar a EE UU al conflicto
En este contexto, resulta comprensible por qué Israel, en sus acciones recientes, parece buscar algo más que retrasar el avance del programa iraní. Está intentando mover las líneas rojas de Estados Unidos para involucrarlo directamente. Los ataques israelíes recientes contra otras instalaciones, como Natanz e Isfahán, fueron diseñados no solo para infligir daño material, sino también intelectual, al eliminar a los científicos a cargo del proyecto (una práctica común entre ambos países).
Sin embargo, esto provocó una reacción iraní lo suficientemente contundente: oleadas masivas de misiles y drones que han ido saturando poco a poco La Cúpula de Hierro israelí, su emblemático sistema de defensa antiaérea. Ante esta situación, es evidente que Washington no puede permanecer neutral.
El dilema es profundo: solo Estados Unidos posee los medios para destruir Fordow, pero su implicación directa podría arrastrar a la región a una guerra de mayores dimensiones. Donald Trump, a pesar de su retórica belicosa, había evitado hasta ahora comprometerse militarmente en esta confrontación.
Según los reportes de múltiples medios estadounidenses, Trump ha estudiado en la sala de crisis, junto a su equipo de seguridad nacional, diversas alternativas para el conflicto, incluido un potencial ataque de Washington sobre Irán. De acuerdo con dichas fuentes, el mandatario parece inclinarse por esta última opción.
Por ello, es muy probable que uno de los objetivos de un posible ataque estadounidense sean las instalaciones de Fordow. Este ataque sería necesario para Israel, ya que neutralizaría en gran medida el programa nuclear iraní y, al mismo tiempo, ejercería la presión necesaria para empujar al régimen iraní a aceptar la "rendición total" que exige el presidente estadounidense.
Según reporta CBS News, no hay un acuerdo total entre los asesores más cercanos del presidente sobre cómo proceder. Se esperaba que el tema se discutiera en una reunión con el equipo de seguridad nacional, a la que asistieron el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth, la directora de Inteligencia Nacional Tulsi Gabbard y el enviado especial para Oriente Próximo Steve Witkoff.
De entre todos ellos, es probable que los dos últimos aporten mayor resistencia. Gabbard tiene un historial de simpatías con Teherán; además, la jefa de la inteligencia estadounidense fue categórica al afirmar que el país "no estaba construyendo un arma nuclear" y que el proyecto se encontraba inactivo, durante su comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos sobre el programa nuclear de Irán a principios de este año.
Esta evaluación contradice directamente las valoraciones de Israel y ha sido desestimada por el propio Trump. “No me importa lo que ella dijo”, declaró Trump a los periodistas cuando fue consultado este martes. En su opinión, Irán está “muy cerca” de tener una bomba nuclear.
¿Puede EE UU destruir Fordow?
Técnicamente, sí. La bomba GBU-57, diseñada para penetrar más de 60 metros de roca antes de detonar, podría alcanzar el núcleo de Fordow. El problema no es la capacidad, sino la voluntad política. Un ataque de este tipo requeriría una operación aérea de gran escala, difícil de ocultar y con un alto riesgo de escalada. Además, provocaría inevitablemente una respuesta iraní, directa o por medio de sus aliados regionales contra instalaciones estadounidenses en la región.
El impacto geopolítico sería inmediato: aumento del precio del petróleo, desestabilización en Oriente Próximo, tensión con Rusia y China, y posibles consecuencias dentro del propio territorio estadounidense o en sus bases. Por eso, hasta ahora, la opción militar directa ha sido solo una carta sobre la mesa, nunca jugada.
Fordow representa el límite físico y estratégico de las acciones de Israel contra el programa nuclear iraní. Su destrucción requeriría una intervención estadounidense, lo que convierte esta instalación en el punto de inflexión de una posible guerra mayor en la región. La posibilidad de un ataque estadounidense no garantiza que ocurra ni que su objetivo sea este complejo atómico, pero sí plantea una cuestión de cálculo: ¿cuánto está dispuesto Trump a arriesgar para impedir que Irán cruce el umbral nuclear y cuánto está dispuesto el resto de Estados Unidos a involucrarse en esa apuesta? @mundiario


