Hasta que no haya nada que me recuerde aquel maldito último carnaval...
Mientras contempla unas máscaras, una anciana recuerda con nostalgia y despecho otro Carnaval que cambió su vida para siempre más de medio siglo atrás...
Mientras contempla unas máscaras, una anciana recuerda con nostalgia y despecho otro Carnaval que cambió su vida para siempre más de medio siglo atrás...
Absurdos siempre
Apuré mi vaso y te miré. Estabas sentado frente a mí, tu rostro impasible como una máscara y me rehuías la mirada. No querías decirme lo que te quemaba en la lengua: Que ya estaba bien. Que iba por el tercer vermut blanco en menos de una hora. Pero, ¡qué quieres!, el vermut ayudaba. Ayudaba a que aquella multitud absurda y gesticulante me dejara indiferente. Tú les contemplabas a través de la ventana del mirador, mientras que yo, con toda intención, había girado la butaca y fijaba la vista en el hielo que se derretía lentamente en el vaso acompañando a una aceituna solitaria.
El mirador…¡cuántos recuerdos! y cuantas veces nos escondimos de niños pensando que aquella era nuestra fortaleza , donde nadie sería capaz de descubrirnos. Donde nos descubrimos en aquel maldito último carnaval.
Ocultos tras caretas
Era el día grande de las Carnestolendas. El baúl del desván me había prestado mil maravillas y me sentía una reina porque sabía que me encontraría contigo en la calle, en el lugar convenido. Dos máscaras más entre la multitud y nos perderíamos y huiríamos a alguna parte donde fuera posible que estuviéramos juntos. Donde nadie sospechara que yo era hija de amo y tú de criada.
Llovía. Llovía a raudales sobre mi vestido de reina y las lágrimas se me deslizaban por las mejillas. Lloraba la máscara y sus lágrimas rojas dejaban una huella sangrienta en mi vestido de reina.
¿Fue cobardía? Me juraste que no, pero eso fue mucho más tarde, casi al otro lado de la vida.
Mundo ajeno
Años vacíos, yermos. Los empleé en cumplir con lo que se esperaba de mí: casé con el hombre adecuado, parí los hijos necesarios para perpetuar apellidos y negocios de familia. Serví de adorno en reuniones y festejos. Fui la anfitriona perfecta. Años vacíos en un mundo ajeno.
Y luego un día, por fin, regresé a la casa. Y allí, desde el mirador, como en una atalaya, volví a contemplar las calles de mi niñez. Y creía verte corriendo con otros chavales mientras tocabas los timbres de los portales y salías huyendo. Hasta que un día te hallé. Ya no eras el muchacho erguido que yo recordaba. La juventud te había abandonado, lo mismo que a mí.
Entonces fue cuando me lo juraste. Y escogí creerte. Y regresamos a nuestra fortaleza, a nuestro mirador donde nadie sería capaz de descubrirnos.
Tú y yo y nuestro vermut blanco. Sí, no digas nada y sírveme otro más. Hasta que todo esté en calma. Hasta que no haya nada que me recuerde aquel maldito último carnaval.