La raíz del problema educativo está en la falta de docentes
Cuando se habla de crisis educativa, solemos mirar hacia el alumnado: resultados bajos, falta de motivación, desigualdad. Pero pocas veces se pone el foco donde verdaderamente duele: en quienes sostienen el sistema con su esfuerzo diario. La reciente publicación del Informe Mundial sobre el Personal Docente, elaborada por la UNESCO y presentada este martes en Madrid, arroja una verdad incómoda para España: no hay suficientes profesores. Y lo más grave no es solo la escasez, sino la falta de voluntad política para revertirla.
Más de 720 plazas de Matemáticas quedaron sin cubrir en 2023, y materias como Filosofía, Formación Profesional o las lenguas autonómicas arrastran carencias similares. ¿Qué mensaje lanzamos como sociedad cuando permitimos que asignaturas fundamentales queden huérfanas de docentes? ¿Qué futuro queremos construir si las nuevas generaciones no tienen acceso garantizado a una formación completa y rigurosa?
Los motivos de esta crisis son tantos como evidentes: salarios poco competitivos, alta temporalidad (uno de cada cinco profesores tiene contrato eventual), falta de incentivos reales, escaso reconocimiento social y un sistema que castiga más que recompensa. Es comprensible que muchos jóvenes con talento y vocación miren hacia otros sectores, donde su esfuerzo es más valorado y mejor retribuido. El resultado es una deserción silenciosa de la profesión docente, agravada por un envejecimiento generalizado del profesorado.
Y no hablamos solo de números. El informe también alerta sobre una preocupante desmotivación generalizada. Dos de cada cinco docentes afrontan su labor con indiferencia; uno de cada tres ha perdido la ilusión por enseñar. No es casualidad. Educar es una tarea compleja, emocionalmente exigente, y quienes la ejercen necesitan más que palmaditas en la espalda.
No solo es un problema logístico
La educación no se salva con discursos grandilocuentes, sino con decisiones valientes. Necesitamos una política educativa que no sea rehén de presupuestos raquíticos ni de intereses partidistas. Hace falta elevar el estatus de la docencia con condiciones laborales dignas, carreras atractivas, acceso real al desarrollo profesional y una financiación pública que esté a la altura del reto: al menos el 6% del PIB, como recomiendan los organismos internacionales. España, en 2022, apenas alcanzó el 4,7%.
La ausencia de profesores en materias como Filosofía no solo es un problema logístico; es también una renuncia simbólica. Renunciar a la Filosofía es aceptar una ciudadanía menos crítica. Renunciar a las Matemáticas es resignarse a un país menos competitivo. Y permitir que la vocación educativa se marchite, es hipotecar el porvenir.
Si no queremos que esta tendencia se convierta en una condena estructural, debemos dejar de tratar la falta de docentes como una anécdota y asumirla como lo que realmente es: una emergencia nacional. Porque sin profesores no hay escuela, y sin escuela no hay futuro. @mundiario


