Legionela, la bacteria invisible que se fortalece con el cambio climático
A medida que el planeta se calienta, no solo suben las temperaturas: también lo hacen los riesgos. Uno de los más invisibles, pero más letales, es el aumento de casos graves de legionelosis, una infección pulmonar que mata al 6,2% de quienes la contraen en su forma más severa. La combinación de calor extremo, lluvias intensas y tormentas no solo pone a prueba nuestras infraestructuras; también activa condiciones perfectas para que esta bacteria encuentre nuevas rutas de expansión. Las cifras son contundentes: hasta un 35% más de riesgo tras estos episodios. Y lo peor es que, para la ciudadanía, la prevención resulta casi imposible.
En un país como España, donde el cambio climático ya no es una predicción sino una realidad, esta amenaza no puede seguir pasando desapercibida. En los últimos doce años, los casos de legionela se han multiplicado por 2,4. Y no hablamos de brotes mediáticos que llenan titulares, sino de casos esporádicos, silenciosos, sin foco de origen identificado. Más del 70% de los diagnósticos no pueden vincularse a ningún brote concreto. Son infecciones que surgen en cualquier parte, tras una ola de calor, una tormenta inesperada o una acumulación puntual de lluvia. Son invisibles… hasta que obligan a ingresar a alguien en la UCI.
El reciente estudio del Centro Nacional de Epidemiología (CNE) no deja lugar a dudas: los avisos meteorológicos por fenómenos extremos van seguidos, entre dos y catorce días después, de un pico de hospitalizaciones por legionelosis. Las temperaturas extremas están asociadas a un aumento del 27% en el riesgo; las lluvias intensas, hasta un 35%. Esta correlación no es solo estadística. Es una llamada de emergencia para anticipar lo que viene.
La legionela no se contagia entre personas. Se transmite por aerosoles: diminutas gotas de agua que respiramos sin saberlo. Están en el vapor de fuentes ornamentales, en los lavaderos de coches, en las torres de refrigeración, en los aires acondicionados mal mantenidos… incluso en el salpicón de un coche al pasar sobre un charco. Basta con que el entorno esté húmedo, estancado y cálido —más de 20 grados, mejor si son 35— para que la bacteria se reproduzca. Y España, en 2025, es un terreno abonado para ello.
Un enemigo perfecto para un clima imperfecto
Con cada ola de calor, con cada tormenta de verano, la legionela gana terreno. Las condiciones meteorológicas que antes eran esporádicas hoy son la nueva normalidad. Y los sistemas de prevención —pensados para un clima más estable— se están quedando atrás. La investigación presentada en el último congreso de la Sociedad Española de Medicina Preventiva ha sido clara: los eventos extremos han crecido un 63% entre 2019 y 2023. La bacteria ha sabido adaptarse mejor que nosotros.
Resulta alarmante, además, la vulnerabilidad de ciertos grupos: mayores, fumadores, pacientes crónicos o inmunodeprimidos. En ellos, la neumonía causada por la legionela es brutal: entre el 80% y el 90% requieren ingreso hospitalario, y muchos acaban en la UCI. Pero el resto no está a salvo. Las infecciones leves, como la fiebre de Pontiac, pueden pasar desapercibidas y no ser diagnosticadas jamás, perpetuando la invisibilidad de esta amenaza.
No es paranoia, es previsión
Si bien no podemos evitar respirar estos aerosoles, sí podemos actuar a otro nivel: reforzar las normativas, fiscalizar el mantenimiento de instalaciones, educar a las empresas sobre los riesgos de torres de refrigeración sin control. También debemos promover la creación de sistemas de alerta que vinculen avisos meteorológicos con riesgos sanitarios, como propone el equipo investigador. Lo que no se puede medir, no se puede prevenir. Y lo que no se quiere ver, nos explotará en la cara.
Según señala El País, este no es un problema del futuro. Es del presente. Y no hay vacuna posible, ni mascarilla que nos proteja. Solo queda el control ambiental y la anticipación. Si el cambio climático va a seguir convirtiendo el paisaje en un caldo de cultivo para enfermedades infecciosas, más nos vale dejar de ignorarlas.
La legionela representa mucho más que una enfermedad infecciosa: es el ejemplo perfecto de cómo el cambio climático altera los patrones tradicionales de salud pública. No basta con reforzar hospitales; hay que intervenir sobre el origen del problema. Y eso implica decisiones políticas: desde urbanismo sostenible hasta inversión en ciencia, desde vigilancia meteorológica hasta educación sanitaria.
Cada aviso de la Aemet debería ser una alerta también para el sistema sanitario. Cada ola de calor debería activar protocolos de prevención. Porque mientras se sigue debatiendo sobre la emergencia climática, la bacteria ya se ha adaptado. @mundiario


