La iglesia y los abusos sexuales: la necesidad de un cambio profundo en la escucha
El Papa León XIV sorprendió al detenerse en un asunto doloroso durante su reciente encuentro con 170 cardenales en el Vaticano: los abusos sexuales cometidos por miembros del clero y la respuesta insuficiente de la Iglesia. Aunque la reunión estaba prevista para hablar de sinodalidad y unidad, el pontífice no pudo evitar abordar la herida abierta que supone el maltrato a menores y adultos vulnerables. Con palabras claras, admitió que la Iglesia “cerró la puerta” a las víctimas, multiplicando su dolor.
Este reconocimiento, aunque tardío, es crucial. La magnitud del problema no solo afecta a los individuos que sufrieron los abusos, sino también a la credibilidad moral de la institución. Muchos creyentes y ciudadanos comunes han visto cómo la falta de acción prolongaba el sufrimiento y generaba una sensación de impunidad. Admitir el error es el primer paso para reconstruir confianza, pero no basta con palabras.
La escucha como principio transformador
León XIV no se quedó en la autocrítica. Subrayó la necesidad de formación para los obispos y seminaristas en la escucha, una herramienta que va más allá de la empatía superficial: implica comprender y acompañar a quienes han sido heridos. Una víctima con la que se reunió recientemente le contó que lo más doloroso no fue el abuso en sí, sino que ningún obispo la escuchara. Esta confesión ilustra un punto clave: la falta de respuesta institucional agrava las heridas.
El Papa ha propuesto que los cardenales transmitan esta reflexión a los obispos en todo el mundo, reforzando la idea de que escuchar no es un acto opcional, sino una obligación moral y pastoral. La metáfora del “cerrar la puerta” se transforma aquí en un llamado a abrir ventanas, a permitir que la luz entre en los rincones más oscuros de la institución. Una cultura de tolerancia cero solo será posible si se combina vigilancia activa, transparencia y acompañamiento sincero.
Más allá de la denuncia, hacia la acción
La historia reciente ofrece ejemplos de que el cambio es posible. El Papa, desde su etapa como obispo en Perú, apoyó a víctimas y periodistas que denunciaron abusos del grupo Sodalicio, hoy disuelto. También ha mantenido reuniones prolongadas con víctimas de distintos países, buscando comprender sus experiencias y marcar un camino hacia la justicia y la reparación.
No obstante, la verdadera transformación exige algo más que encuentros puntuales. Es necesario establecer protocolos claros, formación continua en las diócesis y mecanismos efectivos de acompañamiento. La Iglesia tiene la oportunidad de convertirse en un espacio donde la palabra de las víctimas no sea solo escuchada, sino que impulse cambios reales. Este es un reto de carácter estructural: solo enfrentando la raíz de los problemas se podrá cerrar la puerta a los abusos, y abrirla a la justicia y la confianza.
En un momento en que la credibilidad de las instituciones religiosas se mide no solo por su doctrina, sino por su capacidad de proteger a los vulnerables, las palabras del Papa son un recordatorio de que el camino de la reparación comienza con la escucha, pero no termina allí. La coherencia entre palabra y acción será el verdadero termómetro de la renovación. @mundiario




