¿Familias y autoridades pueden hacer algo más por evitar el botellón?
De nada sirve la legislación existente, si no se vigila su cumplimiento y se eluden las acciones de responsabilidad contra los padres de los menores, señala este autor.
Desperdicios, mobiliario urbano destrozado, gritos a horas intempestivas, comas etílicos, son algunas de las consecuencias inmediatas del “botellón”, porque los efectos a largo plazo los sufriremos en el futuro.
Sus motivaciones son diversas. La intoxicación etílica como objetivo, máximo exponente de diversión, modernidad, atrevimiento. Parece, según los expertos, que más de un 45 % de los jóvenes se inclinan por esta motivación.
Otros ven el fenómeno como acto de sociabilidad y pretexto para la identificación generacional: somos mayores y libres. Sin embargo, es frecuente verlos solos en compañía, sin hablar o aturdidos por la música.
Los hay que pretenden olvidar, durante unas horas, desengaños, frustraciones personales o un ambiente familiar inadecuado; convencidos de que, si no piensan en el problema, éste no existe.
Socialmente, el alcoholismo y la drogadicción están mal vistos, pero no la borrachera festiva, joven, simpática, bajo los argumentos “en algo tienen que divertirse”, “todos hemos sido jóvenes”, “¿quién no lo ha hecho alguna vez?”. Por otra parte, el alcohol se compra fácilmente, sus precios son razonables, es habitual en reuniones familiares, anuncios publicitarios, cine y televisión: queda bien una copa en la mano.
Añado la actitud complaciente de algunos partidos políticos que, en su deseo de congraciarse con la juventud, banalizan el botellón con frases como: “el botellón no siempre implica destrozos”, “ser joven no es un delito”, “no hay espacios de ocio alternativo”.
La realidad pone de manifiesto que los jóvenes se inician en el consumo de alcohol entre los 13 y los 14 años; puede generar dependencia, daños físicos y mentales y es frecuente simultanearlo con las drogas.
Aunque existen normas que regulan su adquisición y consumo, éstas se incumplen sistemáticamente, por creer que, si actúan, perderán clientela electoral. Mezquino argumento, porque legislar y no vigilar el cumplimiento es pura hipocresía.Actuar implica, además, hacerlo ante los padres de los menores de edad, para ejercer las correspondientes acciones de responsabilidad por los daños causados por sus hijos.
Es necesaria una educación en valores como respeto, tolerancia, responsabilidad, esfuerzo, renuncia y otros ya olvidados, con independencia de ideologías.