Dobles grados: entre la excelencia y la trampa del marketing académico
Elegir carrera se ha convertido en una decisión de alto voltaje. Entre más de 4.500 títulos universitarios —más de un millar de ellos combinados— los estudiantes con mejores notas se enfrentan a una presión silenciosa: si puedes con todo, ¿por qué conformarte con uno solo? La respuesta más habitual: el doble grado. La nueva joya de la corona del sistema universitario español promete más oportunidades laborales, una formación integral y un halo de élite. Pero ¿realmente renta el esfuerzo? ¿Cuánto hay de calidad y cuánto de marketing universitario?
La fiebre del doble grado ha calado hondo, especialmente entre quienes arrastran un expediente brillante desde el instituto. En 2025, como en años anteriores, muchos de los mejores resultados en la PAU se dirigen con paso firme hacia Medicina… o hacia algún doble grado. Es un fenómeno casi exclusivamente español: un 23,6% de las titulaciones ofertadas son dobles, frente a su escasa presencia en el resto de Europa. Algunas universidades, como las madrileñas, han convertido esta fórmula en su seña de identidad. Pero tras el brillo de los nombres compuestos, empieza a aflorar un malestar que debería invitar a la reflexión.
Porque lo que venden como una ventaja competitiva a menudo esconde una carga de trabajo abrumadora, una vida universitaria desdibujada y un diseño curricular que, por abarcarlo todo, corre el riesgo de diluirlo todo. Son itinerarios reducidos que no suman los créditos de dos grados completos, pero sí la presión de cursarlos a toda velocidad. De hecho, buena parte del estudiantado termina sintiendo que no domina en profundidad ni una disciplina ni la otra. A eso se suma un aislamiento académico preocupante: muchos dobles grados se imparten en grupos separados, convertidos en burbujas de excelencia que ahondan la brecha entre estudiantes.
Más marketing que vocación: la trampa de los títulos dobles
Las universidades, sobre todo las privadas, han encontrado en el doble grado una estrategia para atraer talento, diferenciarse de la competencia y reforzar su prestigio institucional. En algunos casos, la oferta responde más a criterios de captación que a una verdadera necesidad formativa. Las combinaciones a veces rozan lo forzado y se montan sobre estructuras ya existentes, sin una coordinación real entre facultades ni una integración sólida de los planes de estudio. No es casual que muchos alumnos se quejen de horarios imposibles, solapamientos de exámenes y una burocracia agotadora.
Detrás del fenómeno, hay una narrativa muy eficaz: el doble grado como garantía de empleabilidad. Las consultoras y empresas lo valoran, sí, pero sobre todo por el perfil de quien lo cursa: jóvenes brillantes, disciplinados, con capacidad de sacrificio. ¿El resultado? El título doble funciona casi como una etiqueta social que valida no tanto el conocimiento adquirido, sino el esfuerzo sostenido y la resiliencia. En palabras de algunos empleadores al diario El País, más que conocimientos concretos, lo que buscan es “gente que haya demostrado aguantar el ritmo”. Un mensaje que, lejos de democratizar la educación, puede consolidar nuevas formas de elitismo.
El precio invisible: salud mental y desigualdad
El relato de éxito que acompaña al doble grado suele ocultar su reverso: agotamiento físico y emocional, ansiedad, renuncias. Según el estudio sobre salud mental universitaria impulsado por los ministerios de Universidades y Sanidad durante la pandemia, estos estudiantes soportan una presión extra: menos tiempo libre, más dificultad para obtener matrículas de honor y menos acceso a asignaturas optativas, donde muchos descubren su verdadera vocación. A menudo son empujados por familias que ven en estas titulaciones una forma de “sacar partido” a las buenas notas de sus hijos, sin tener en cuenta su bienestar.
Además, no todos pueden permitírselo. Estudiar durante cinco o seis años —y muchas veces sin beca, porque los umbrales de renta son bajos— es un lujo al alcance de pocos. El caso del doble grado de Matemáticas y Física en la Complutense es ilustrativo: el 90% de los alumnos tienen una madre universitaria y una situación económica holgada, según un informe de su observatorio del estudiante. En cambio, en grados como Educación, menos del 40% proceden de familias con estudios superiores. Esta segmentación socioeconómica reproduce desigualdades y cuestiona el supuesto mérito que se asocia a los dobles grados.
Los defensores de estos programas insisten en su valor: permiten una visión transversal, aumentan la empleabilidad y forman profesionales capaces de adaptarse a un mundo cambiante. Pero esa versatilidad tiene un precio: menos especialización, menos espacio para la reflexión y una pérdida de identidad disciplinar. Quienes cursan Filosofía o Historia en combinación con Derecho o Económicas se ven obligados a renunciar a gran parte del pensamiento crítico que esas carreras ofrecen por sí solas. Lo que podría ser una apuesta por el conocimiento, termina siendo una carrera de obstáculos hacia el currículum más largo.
No se trata de eliminar los dobles grados, sino de repensarlos. De entender que no todo lo que brilla es oro y que la excelencia académica no puede medirse solo en títulos acumulados. Que un estudiante brillante también necesita tiempo, libertad y espacio para equivocarse. Y que el valor de una carrera no debería depender de su rentabilidad inmediata ni de su prestigio en los rankings. @mundiario



