Construir carriles bici, el antídoto que ahorraría 435.000 millones al año en salud
Construir carriles bici no es solo una cuestión de movilidad: es una apuesta directa por salvar vidas, mejorar la salud pública y reducir el colapso económico que generan las enfermedades derivadas del sedentarismo y la contaminación. Un nuevo y exhaustivo estudio publicado en PNAS concluye que rediseñar nuestras ciudades siguiendo el modelo ciclista de Copenhague podría evitar un gasto mundial de hasta 435.000 millones de dólares anuales en sanidad. ¿La receta? Espacio, seguridad y voluntad política.
Aunque pueda parecer una exageración, la evidencia es clara: el diseño urbano mata o salva. Calles pensadas solo para coches, aceras estrechas y ausencia total de carriles bici convierten a millones de ciudadanos en víctimas invisibles del aire tóxico, el estrés y la falta de actividad física. No se trata de idealizar a Copenhague, sino de aprender de lo que funciona. Esta ciudad danesa ha demostrado que, con infraestructura adecuada, la bicicleta puede convertirse en el medio de transporte más eficiente, saludable y equitativo. ¿Por qué cuesta tanto asumirlo?
El problema no es la falta de datos, sino la ceguera institucional. El estudio revisa los hábitos de transporte de más de 11.500 ciudades en seis continentes, donde viven 2.000 millones de personas. Con ayuda de un modelo jerárquico bayesiano —capaz de analizar variables como el clima, el precio de la gasolina o el PIB— se ha demostrado que cada kilómetro de carril bici adicional genera 13.400 kilómetros más de desplazamientos ciclistas. Es decir, no es solo una inversión en cemento y pintura: es una inversión en salud, sostenibilidad y calidad de vida.
Las excusas de siempre —el clima, la orografía, la cultura— ya no se sostienen. Hay ciudades donde llueve, nieva o hace calor todo el año y aun así millones de personas pedalean a diario. El problema no es la meteorología: es el miedo a morir atropellado. En urbes sin infraestructura ciclista, ese miedo es racional. Los carriles bici protegidos no solo atraen nuevos usuarios: reducen el riesgo y devuelven la confianza. Porque la gente quiere ir en bici, pero no a cualquier precio.
Ciudades que curan o que enferman
El modelo urbano actual, especialmente en países como España, está claramente desequilibrado. Según un informe reciente de la Red de Ciudades que Caminan, el 68% del espacio público en el país está reservado a los coches y solo un 32% para peatones. En la periferia, ese porcentaje baja al 25%. Mientras tanto, un 14% de las aceras no llega al metro de ancho. Nos obligan a caminar por bordillos intransitables mientras dejamos espacio de sobra para el aparcamiento gratuito.
Si se quiere impulsar la bicicleta, primero hay que humanizar las calles. No basta con pintar líneas en el asfalto: hacen falta carriles protegidos, cruces seguros, pacificación del tráfico y aceras anchas. Diseñar para las personas, no para los coches. Solo así será posible que caminar y pedalear dejen de ser actos de resistencia y pasen a ser opciones cómodas y seguras.
Densidad, la clave silenciosa del cambio
Otro hallazgo clave del estudio apunta a la densidad urbana como facilitadora del cambio. Las ciudades compactas, con más población viviendo cerca de los servicios, reducen la dependencia del coche y fomentan los desplazamientos a pie o en bici. En lugar de expandirnos con barrios dispersos que obligan a usar el coche, debemos apostar por una ciudad vertical, mixta y conectada. Es más eficiente, más verde y más humana.
Ciudades como Ciudad de México o São Paulo ya están eliminando la obligación de construir aparcamientos en nuevos desarrollos para fomentar una mayor densidad. También se replantean la altura de los edificios y la distancia entre estos y la calle. No es urbanismo radical: es urbanismo sensato.
Un retorno de inversión incuestionable
Invertir en carriles bici es barato si se compara con los beneficios. No hay tratamiento médico que genere un retorno de 435.000 millones anuales. No hay medicamento que combine tan bien salud cardiovascular, bienestar mental, reducción de emisiones y ahorro económico. Y lo mejor: no tiene efectos secundarios. Solo hace falta decisión.
Al final, se trata de elegir qué tipo de ciudad queremos: una que te obliga a usar el coche hasta para comprar el pan, o una que te invita a moverte libremente, sin miedo y sin humos. Si la bicicleta puede salvar vidas y economías enteras, ¿por qué no estamos pedaleando ya hacia ese futuro? @mundiario

