Así se elige a un nuevo Papa: el ritual milenario de la sucesión en el Vaticano

Tras la muerte del Papa, la Iglesia católica activa un complejo y solemne procedimiento para nombrar a su sucesor, que culmina con el cónclave en la Capilla Sixtina.
Una imagen que evoca la celebración de un cónclave en la Iglesia católica. / Mundiario
Una imagen que evoca la celebración de un cónclave en la Iglesia católica. / Mundiario

Cuando muere un Papa, la Iglesia católica entra en un periodo especial conocido como sede vacante, durante el cual el trono de Pedro permanece vacío hasta la elección de un nuevo pontífice. Este proceso, regulado con precisión desde hace siglos, se basa en un equilibrio entre la tradición, el simbolismo y las normas canónicas vigentes.

El primer acto lo protagoniza el cardenal camarlengo, encargado de verificar la muerte del papa. Según la tradición, lo hace llamándolo tres veces por su nombre de pila mientras le golpea levemente la frente con un pequeño martillo de plata. En la actualidad, este rito se mantiene más como símbolo que como verificación real. Luego, el camarlengo toma posesión del anillo del Pescador y del sello papal, ambos destruidos ante el Colegio Cardenalicio como señal del fin del pontificado.

A partir de ahí, ciertos poderes limitados recaen en el Colegio de Cardenales, que se reúne en congregaciones generales para gestionar los asuntos urgentes de la Iglesia, organizar el funeral del papa –suele celebrarse entre cuatro y seis días después del fallecimiento– y fijar la fecha del cónclave. Este solemne encierro para la elección del nuevo papa tiene lugar normalmente entre 15 y 20 días después del fallecimiento, con el fin de permitir que todos los cardenales electores puedan llegar a Roma.

El cónclave, cuyo nombre proviene del latín cum clave (bajo llave), se celebra en la Capilla Sixtina, en el corazón del Vaticano. Durante su duración, los cardenales electores –todos aquellos menores de 80 años– se alojan en la Casa de Santa Marta, un edificio dentro del recinto vaticano. Desde 1970, los mayores de 80 años conservan su título cardenalicio pero no tienen derecho a voto.

Los cardenales deliberan en estricto secreto

El proceso de encierro fue instaurado por el papa Gregorio X en 1274 tras un largo interregno de casi tres años. Desde entonces, el sistema ha evolucionado, pero conserva elementos rituales fundamentales: los cardenales deliberan en estricto secreto y deben alcanzar una mayoría de dos tercios para elegir al nuevo papa. Esta norma está recogida en la constitución apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II en 1996 y modificada ligeramente por Benedicto XVI en 2007 y 2013.

Preside el cónclave el decano del Colegio Cardenalicio, salvo que tenga más de 80 años, en cuyo caso la tarea recae en el vicedecano o, en su defecto, en el cardenal obispo más antiguo. El proceso de votación es riguroso, con varias rondas al día y protocolos estrictos de confidencialidad. Al final de cada jornada, la quema de las papeletas da lugar a la famosa señal: si el humo que sale de la chimenea de la Capilla Sixtina es negro, no hay acuerdo; si es blanco, el mundo entero sabe que hay nuevo papa.

Aunque está mal visto hacer campaña para ser elegido, la especulación externa es inevitable. Los medios y los vaticanistas suelen elaborar listas de papables, es decir, cardenales con opciones reales de ser elegidos. El secretismo del cónclave, sin embargo, ha dado lugar a muchas sorpresas históricas, como la elección de Karol Wojtyła (Juan Pablo II) o Jorge Mario Bergoglio (Francisco).

Una vez alcanzado el consenso, el elegido debe aceptar el cargo. Si lo hace, se le pregunta qué nombre quiere tomar, y a partir de ese momento es oficialmente el nuevo obispo de Roma y, según la fe católica, el sucesor de san Pedro y cabeza visible de la Iglesia. Minutos después, un cardenal anuncia al mundo desde el balcón de San Pedro el ya célebre: Habemus Papam. @mundiario

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