Anecdotario de un geólogo (XVI). Un trabajo cargado de recuerdos

Un interesante trabajo, de condición científico-económica, me llevó de nuevo a Asturias; una tierra especialmente distinguida entre mis afectos y en la que me hice geólogo…
Entrada a la “guía” de una mina de montaña ─en el caso de la foto, ya abandonada─, muy similar a cualquiera de las que hube de visitar para el trabajo aquí aludido. / Foto de Diktana, en Pixabay.
Entrada a la “guía” de una mina de montaña ─en el caso de la foto, ya abandonada─, muy similar a cualquiera de las que hube de visitar para el trabajo aquí aludido. / Foto de Diktana, en Pixabay.

No mucho tiempo después del encuentro con los lobos en el límite provincial La Coruña-Lugo, se me encargó un trabajo que me iba a permitir poner en práctica los conocimientos geológico-económicos que Jim Hillebrand, mi buen colega —y maestro en dichos aspectos—, me había ido transmitiendo.

Se trataba de inspeccionar las minas de caolín chamotero que, en Asturias, explotaba una empresa del sector, y que habían sido ofertadas —creo recordar que en venta— a una entidad bancaria. Interesaba, por tanto, a la aludida entidad, conocer las características y el estado de cada una de las explotaciones, las condiciones tecto-estructurales de los yacimientos que beneficiaban, las reservas de mineral existentes, la calidad del mismo… En fin, todos aquellos parámetros que permitieran establecer su valor real y, en consecuencia, la oportunidad de aceptar o no la oferta.

En esta ocasión, al tratarse de una tierra especialmente querida por mí y en la que ambos tenemos familia, animé a mi mujer, Mary Cruz, a que se viniera conmigo; y realicé el viaje con la placentera sensación de disfrutar de un auténtico reencuentro. Iba a tener ocasión de volver a “hacer” geología por los mismos parajes (o muy cercanos) en los que, de estudiante, había destrozado varios pares de “chirucas” y manejado la primera piqueta profesional con la que me hice.

Nos alojamos en Oviedo, donde nos había reservado estancia el delegado de la empresa minera ofertante, el cual, tras recibirnos con amabilidad, concertó conmigo el plan de trabajo para el día siguiente.

—Ahora —nos recomendó—, aprovechad. Yo os dejo. Vosotros disfrutad de la ciudad, daos un buen paseo y, si os parece, “echad unos culines”, que la sidra está en buena época —y, mirando a mi mujer, añadió—: Jorge estudió aquí y estoy seguro que sabrá a dónde llevarte.

Un buen paseo y aluvión de recuerdos

Así que, sin prisa, saboreando los recuerdos que cada rincón conocido traía a mi mente y que yo le contaba a Mary Cruz: «En ese “chigre”, en cierta ocasión…»; paseamos Oviedo, ciudad a la que siempre guardaré un gran cariño y que, en la época de aquel trabajo, aún no había sido sometida a la profunda transformación que, hoy en día, la ha convertido en una de las más atractivas de España.

Al final del día, cansados del viaje y del largo paseo, después de una discreta cena a base de tapeo por la calle San Bernabé, nos fuimos al hotel y nos acostamos, rendidos de tan prolongada jornada.

Yo, no obstante, no conseguía dormirme; lo intentaba y daba continuas vueltas en el lecho, pero a mi mente —impidiéndomelo— acudían en tropel, como en un atemporal travelling cinematográfico, imágenes de mi vida de estudiante.

Veía el grupo de cola de la excursión a la Ventana del Río Colón: «Seve —descansa en paz—, ¡la bota!». Contemplaba la nevada que nos “pilló” a Blas y a mí en Barrios de Luna: «¿Crees que nos acogerán en aquel caserío y nos darán algo de comer?». Aplaudía las verónicas de Emilio del Riego —descansa tú también en paz, compañero—, el único torero (“El Parameño”) con gabardina por capote y botas militares en lugar de manoletinas. Casi podía percibir el aroma de los generosos langostinos que algunas de las niñas del curso llevaron para diseccionar a la clase de doña María —¡qué desperdicio!—. Recordaba, en un examen, mi desesperada búsqueda cartográfica de la ciudad de Santander; hasta que un “compa”, más avispado, me sacó del apuro: «¡No te líes, amigo, que los mapas que nos han facilitado son de Colombia!... Busca Bucaramanga, la capital del departamento de Santander, y olvídate de la costa, que allí no la hay».

—¿Duermes, Jorge?—. La pregunta de mi mujer me llegó como distorsionada y lejana… muy lejana. Mas no recibió respuesta alguna. El sueño, por fin, había conseguido vencer a mis recuerdos.

Cuando al día siguiente, temprano, bajé a la cafetería del hotel, mi anfitrión —el representante de la empresa minera— ya me esperaba, puesto que, como me había advertido al recibirnos, se iba a encargar de llevarme, personalmente, a todas las explotaciones que habría de visitar. El reconocimiento del interior de cada una de ellas, lo llevaría a cabo con un hombre de su confianza.

En el tajo

Aquellas instalaciones extractivas llevaban su laboreo en minería de montaña, puesto que así lo permitía y aconsejaba el relieve. Los niveles productivos de caolín —de entre setenta centímetros y poco más de un metro de potencia— poseían una gran continuidad lateral, armaban en las cuarcitas armoricanas y éstas, a su vez, dibujaban los rasgos morfológicos más acusados de cada entorno.

Mis jornadas de trabajo eran duras y muy largas, por lo que solía regresar al hotel —ante la reprobatoria mirada de Mary Cruz, harta de esperar— prácticamente a la hora de la cena, sin más ánimo que el de darme una reparadora ducha y meterme en la cama.

Las visitas, sistemáticamente, seguían un reconocimiento inicial (exterior) del dominio minero de la concesión administrativa y, después, un recorrido por el interior de la mina. Para realizarlo, me acompañaba, como ya he comentado, un experto —normalmente el capataz, un vigilante o un minero veterano— que, en su particular lenguaje, me ponía al tanto de algunos pormenores de la explotación: «¿Ves? ─me detallaba, por ejemplo─, aquí la capa “repuelgó” y, por eso, el “pastión” de techo está en el muro»…, queriendo indicarme con ello que nos hallábamos en el flanco invertido de un pliegue (como, de hecho, sucedía en una explotación de la zona de Teverga).

Uno de los días —recuerdo que cerca de La Espina— me vi en la necesidad de bajar, desde el nivel superior al nivel “guía” de la mina, haciéndolo a través del frente de avance de la explotación —un negro agujero que la lámpara de mi casco sólo alcanzaba a iluminar unos cuantos pasos, pero que, en realidad, era un estrechísimo plano inclinado (más de sesenta grados), con una amenazadora caída al vacío de varias decenas de metros—. Realizamos el descenso, dirigido por mi experto acompañante, semirrecostándonos en el muro de la cavidad y bajando un escalonado de puntales de pino y piquetes de eucalipto; un entramado muy elástico que —eso, al menos, me parecía a mí— ofrecía una dudosa seguridad. Tardamos en el recorrido casi veinte minutos y, si he de ser sincero, confesaré que me vi bastante apurado en su práctica, ya que nunca había realizado un ejercicio similar.

Mi acompañante me felicitó calurosamente —en ese mundillo no hay medias tintas— y me prometió que, a la salida, iríamos a celebrarlo. Y cumplió… En un “chigre” cercano, en presencia de mi anfitrión —que ya me esperaba— y de varios hombres de la mina, nos despacharon una merienda-cena más que regular. “Echamos” unos cuantos vasos e incluso, en un momento dado, un espontáneo ataviado con un deslucido mono de trabajo y botas de goma, pulgares al cinto, se lanzó con voz potente.

Comporteru dame “jaula”

quiero baxar a la mina

tengo un hermano enterrau

quiero sacalu con vida.

Terminados los reconocimientos previstos e impregnado de nostalgia, me despedí de aquella querida tierra, así como de las personas que, amén de atenderme con cercanía y facilitarme la labor muy amablemente, me entregaron, sin problema de ningún tipo, la documentación relativa a sus producciones de caolín que, por necesaria, les había requerido.

Una reunión de mucho fuste

Ya de regreso en Madrid, me entregué con ahínco a la redacción del Informe sobre la visita, procurando otorgarle el tono más objetivo posible. El asunto parecía muy serio y yo era consciente de que se podía estar jugando, por ambas partes —sociedad bancaria y empresa minera—, una operación económica de mucha importancia.

A los pocos días recibí una llamada telefónica de Bilbao.

—López-Prado —me hablaban desde la entidad crediticia—. ¿Ha finalizado el Informe?

Contesté afirmativamente y, en consecuencia, me citaron para que expusiese mis conclusiones, dos días después, en las oficinas de su sede central. Así que a la ciudad vasca me trasladé y, a la hora convenida, un uniformado ujier me introdujo en el salón del Consejo de Administración del banco.

Allí charlaban ya, en dos grupos bien diferenciados: por un lado, unos trajeados personajes, que supuse consejeros de la entidad, y, por otro, un grupo de tres o cuatro personas, entre las que identifiqué a mi anfitrión de Oviedo; evidentemente, los mineros.

Me acerqué por tanto a estos últimos, para que mi conocido me presentase a sus acompañantes y, tras unos convencionales saludos, comenzamos a dialogar. No obstante, en seguida, pude cerciorarme de que, desde el otro grupo, un señor de edad avanzada me hacía señas.

—Es usted el señor López-Prado, ¿verdad? —me preguntó al comprobar que había captado mi atención—, pues véngase a este lado de la mesa, hombre… ¡qué usted es de los nuestros!

Así lo hice y, tras unas protocolarias palabras de aquel buen señor y a instancias de su invitación a intervenir, expuse verbalmente, en el tono más objetivo que encontré —tal y como me había propuesto—, las generalidades de mi visita y las conclusiones que de la misma había alcanzado.

—El detalle y los datos complementarios a lo que les acabo de exponer —concluí— figuran en el Informe que aquí les entrego —y puse en manos de mi presentador el mencionado documento.

La reunión siguió por cauces de los que ni me acuerdo con detalle, ni, a mi juicio, tienen interés para el lector…

Lo importante, eso sí, fue que, según llegó a mi conocimiento, al final, la operación no llegó a cuajar y, a fuer de sincero, debo decir que lo sentí; pero, en asuntos económicos ─tuve que aceptar─… ¡los bancos sabrán! @mundiario

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