Vox abandona el debate y abraza el delirio identitario
La democracia parlamentaria se basa, en esencia, en el diálogo, el respeto institucional y la búsqueda —aunque sea mínima— de consensos que mejoren la vida colectiva. Santiago Abascal, sin embargo, parece cada vez más decidido a dinamitar esa arquitectura desde dentro. En su última aparición en el Congreso, fugaz y desafiante, optó por reducir su papel a un ejercicio de provocación. Habló 15 minutos, atacó a todos y se marchó. Sin réplica, sin matices, sin intención alguna de construir nada. Porque Vox no quiere gobernar un país: quiere incendiarlo desde sus propias instituciones.
Abascal ha encontrado en el conflicto su terreno natural. Su discurso mezcla referencias a películas de Santiago Segura, ataques personales a la familia del presidente del Gobierno, descalificaciones a los diputados que no son de su cuerda y, sobre todo, un plan migratorio que roza la distopía. De la voz de su portavoz, Rocío de Meer, surgió esta semana una propuesta que, en cualquier país con memoria histórica o sentido del derecho, debería haber causado una alarma institucional inmediata: deportar entre siete y ocho millones de personas. No importa si nacieron aquí, si tienen nacionalidad española o si llevan décadas trabajando y contribuyendo. Para Vox, lo esencial no es la legalidad, ni la convivencia: es la pureza cultural. Un eufemismo inquietante para hablar, sin pudor, de exclusión masiva.
Pero el delirio no acaba ahí. Abascal niega que esa propuesta exista, a pesar de que fue pronunciada por su propia portavoz en sede parlamentaria. Acusa a los medios de manipular, como si las grabaciones no existieran. Insulta, ridiculiza, caricaturiza y abandona la sala como quien cree haber dejado una gran lección cuando, en realidad, solo ha escupido rencor. Su retórica se basa en el resentimiento y su proyecto, si se puede llamar así, consiste en levantar muros, expulsar personas y azuzar a los sectores más crispados de la sociedad contra el resto. Lo demás, sobra.
Que proponga deportaciones masivas sin saber siquiera “cuántos son” y que lo diga sin rubor desde el hemiciclo revela no solo una profunda ignorancia, sino una peligrosa indiferencia hacia el estado de derecho. La suya no es una política de datos, ni de propuestas: es una política de vísceras. Lo inquietante es que esa retórica extrema, en lugar de provocar un aislamiento inmediato por parte de las fuerzas democráticas, ha encontrado eco en sectores que creen que la radicalidad puede ser útil para desgastar al Gobierno. Pero el coste institucional y social de esa normalización puede ser irreparable.
Lo más paradójico de todo es que Abascal pretende erigirse en defensor de la ley y el orden mientras llama a subvertir las normas más elementales de la convivencia democrática. Acusa de traidor al presidente del Gobierno, lo tacha de mafioso y corrupto, y sugiere que la única salida válida para el país es su dimisión y su posterior procesamiento. Todo eso mientras su partido difunde propuestas autoritarias con olor a régimen. El plan, en realidad, es claro: cuanto peor, mejor.
En su afán por simplificar la realidad y señalar culpables, Abascal ha encontrado un blanco recurrente: la inmigración. Da igual que la mayoría de los datos oficiales desmientan su relato sobre criminalidad, integración o presión en los servicios públicos. La narrativa del miedo funciona mejor que la verdad, y Vox lo sabe. Construyen enemigos, no soluciones. Proponen expulsiones en masa como si fueran un trámite administrativo. Ignoran deliberadamente que muchos de esos supuestos “recién llegados” han nacido en España, trabajan en España y son ciudadanos españoles.
El populismo autoritario se alimenta del descrédito institucional y la desconfianza en el sistema. Cada intervención de Abascal no es solo un discurso: es un ladrillo más en la construcción de una realidad paralela donde la ley solo importa si la interpreta Vox, donde los jueces son válidos si acusan a los rivales, donde los medios son enemigos si no aplauden. Lo demás, es ruido. O mejor dicho, una función de circo, en sus propias palabras. Pero, ¿quién es aquí el payaso?
Lo más preocupante no es que existan discursos como el de Abascal. Es que ocupen un escaño, que hablen en nombre de millones, que contaminen el debate y lo arrastren al fango. La democracia puede tolerar la crítica más dura, pero no puede sobrevivir si se banalizan los derechos fundamentales, si se convierte en legítima la exclusión y el odio.
Abascal no necesita quedarse a escuchar a los demás. No cree en eso. Su intervención no es un discurso: es una amenaza. No viene a debatir. Viene a avisar. Y es responsabilidad del resto de actores políticos, medios y ciudadanos tomarse en serio ese aviso. Porque la historia ya ha demostrado lo que ocurre cuando los incendiarios encuentran demasiados oídos dispuestos a aplaudir las llamas. @mundiario


