Que sean pelotas azules en lugar de bombas las que caigan sobre Gaza
Con qué estómago los dirigentes políticos de aquel país pueden digerir lo que comen sabiendo que están devorando la ingenuidad de tantas criaturas indefensas que crecen al abrigo del terror y la sangre.
Con qué estómago los dirigentes políticos de aquel país pueden digerir lo que comen sabiendo que están devorando la ingenuidad de tantas criaturas indefensas que crecen al abrigo del terror y la sangre.
En la memoria colectiva de muchos de nosotros todavía queda el recuerdo de aquellos balones de Nivea cayendo de una avioneta sobre las playas para hacer publicidad. Durante la infancia, cualquier hecho inesperado, por minúsculo que sea, puede vivirse como una auténtica fiesta. Así que escuchar aquel motor, que sobrevolaba nuestras cabezas en pleno verano, y ver descender desde el cielo aquellas enormes pelotas azules, con la esperanza de que alguna de ellas fuera a parar a tus manos, era el no va más. Darte un baño hasta que los labios quedaban amoratados y los dedos se arrugaban hasta el infinito, estirarte en la toalla al abrigo del sol, quitarle el papel de plata al bocadillo de chorizo y apurar el primer mordisco, se convertía en todo un acontecimiento. Momento tan solo superable por el polo de limón el cual te dejaban ir a comprar al chiringuito de turno al terminar la merienda.
El paraíso perdido, en fin, está precisamente conformado por esos minúsculos paréntesis de gozo, esos parpadeos infinitesimales de dicha, esos segundos repletos de inocencia que nunca volverán a repetirse.

Me pregunto qué tesoro podrán guardar en su mente para el futuro los niños palestinos que estos días, y los de más atrás, han sido heridos o han perdido a miembros de su familia por los ataques israelíes.
Con qué estómago los dirigentes políticos de aquel país pueden digerir lo que comen sabiendo que están devorando la ingenuidad de tantas criaturas indefensas que crecen al abrigo del terror y la sangre. Y pienso en esos cuatro chiquillos que jugaban en la orilla de una playa de Gaza al atardecer cuando dos misiles acabaron con sus vidas de un modo tan atroz. Entonces es cuando maldigo la obstinación, la indolencia y la inquina de cada uno de los responsables de esta absurda masacre, de aquellos que no están dispuestos a que, de una vez por todas, sean pelotas azules en lugar de bombas las que caigan sobre la arena de ese lado del mundo.