Hoy no concluye esta historia. Hoy comienza. Hoy trazamos el camino del futuro

Mariano Rajoy durante la sesión de investidura del sábado 29 de octubre. / Twitter
Mariano Rajoy durante la sesión de investidura del sábado 29 de octubre. / Twitter

Discurso de Mariano Rajoy, líder del PP, en la sesión de investidura que le ha proclamado presidente del Gobierno de España.

Hoy no concluye esta historia. Hoy comienza. Hoy trazamos el camino del futuro

Señora presidenta, señorías:

Tomo de nuevo la palabra, en el proceso de esta investidura, con la confianza de que, al término de la sesión, podamos anunciar a los españoles que España cuenta con un gobierno; que ha concluido el periodo de provisionalidad; que ha desaparecido la principal fuente de incertidumbre; que estamos, por fin, en condiciones de reiniciar la marcha.

No voy a entretenerles mucho tiempo, señorías; sólo el indispensable para hacer algunas consideraciones sobre el sentido y la responsabilidad del voto.

Antes quiero volver a expresar mi reconocimiento al grupo de Ciudadanos y a su líder, Albert Rivera, así como a Ana Oramas, de Coalición Canaria, que han ayudado a poner fin a este periodo de incertidumbre. También al Partido Popular y a las formaciones con las que estamos en coalición y que me han acompañado en todo este tiempo, UPN, Foro Asturias y Partido Aragonés. Quiero añadir, además, que soy plenamente consciente de lo que significa la votación del jueves pasado, en todos su extremos, así como la que otros han anunciado para el día de hoy.

Dicho esto, la primera consideración que quiero trasladar a todos ustedes es que España necesita algo más que una simple investidura. Necesita un gobierno que esté en condiciones de gobernar. No de ser gobernado, sino de gobernar. No pido un cheque en blanco, como sus señorías saben. Me limito a reclamar un gobierno, que no es lo mismo.

Hoy no concluye esta historia, señorías. Hoy comienza. Hoy trazamos el camino del futuro. De ese futuro del que, la falta de mayoría, nos hace a todos responsables. A todos nos compete asegurar para España, no sólo el instrumento de gobierno que precisa, sino su capacidad, que es tanto como decir, su eficacia. El voto de investidura no es un descargo de responsabilidad. No es eso. Debe ser, sobre todo, un compromiso de futuro y un compromiso para todos.

La política de cualquier gobierno sensato no admite más que un rumbo, y ha de marcarlo el gobierno. Está para eso y se le vota para eso. Va implícito en el gesto de votar, si es que estamos ante un gesto responsable. Todo el mundo es consciente de que no cabe gobernar con varios criterios a la vez, como no es posible gobernar con dos presupuestos simultáneos.

Hemos sobrevivido a 300 días de gobierno «en funciones», pero no podríamos sobrevivir a un gobierno que no gobierne porque le faltaran apoyos o le sobraran obstáculos. El precio sería ruinoso.

Votar responsablemente a favor de la investidura implica, pues, comprometerse a intentar construir, especialmente en aquellas materias que son trascendentales para el bienestar de los españoles. Materias que, por cierto, no tienen nada que ver con el color del gobierno, como ocurre con los compromisos europeos o la estabilidad presupuestaria.

¿Acaso si gobernara otra formación política no se cumplirían los compromisos adquiridos? ¿Es que si gobernaran otros se quebraría la estabilidad presupuestaria? Esto es una responsabilidad de todos, no sólo mía.

Añado que, como es obvio, cuando no se pueden controlar los ingresos ni el gasto público, sencillamente no se puede gobernar. Ustedes y yo sabemos que no es razonable gobernar sin Presupuestos y todos debemos ser consecuentes. Carece de sentido proclamar que se va a facilitar que España tenga un gobierno si no se está dispuesto a dotarlo de su principal herramienta de trabajo.

Lo repetí en mi discurso del jueves pasado hasta la saciedad. Nada de esto que reclamo será posible sin acuerdos. He ofrecido una disposición abierta al diálogo y una sincera voluntad de entendimiento.

Y no lo he hecho hoy por primera vez, ni hace 48 horas; lo hice el 21 de diciembre, el día después de las elecciones. Comprendí entonces dónde estábamos, tomé buena nota de la voluntad de los españoles y actué en consecuencia. Desde entonces, insisto, no he dejado de plantear la necesidad de entendernos.

Soy el principal interesado en que busquemos y alcancemos acuerdos. Estoy dispuesto a corregir todo lo que merezca corrección, a mejorar todo lo que sea mejorable y a ceder en todo lo que sea razonable; no escatimaré ni tiempo ni dedicación. Necesitamos un gobierno que gobierne y trabajaré cada día esa gobernabilidad.

Diálogo sí, todo. Pero no nos equivoquemos, señorías, ni pretendamos llevar las cosas más allá de lo que las circunstancias permiten. Hemos de negociar dentro de los límites que la realidad nos impone a todos, que no tienen nada que ver ni con el color del gobierno ni con su fortaleza o su debilidad. Los límites no varían.

A mí no me está permitido negociar la unidad de España, o la igualdad de los españoles. Tampoco incumplir nuestros compromisos con la UE; lo mismo que no me está permitido quebrar la estabilidad presupuestaria. Sería inútil pretender que estas materias se sometan a negociación. Ni lo puedo hacer yo, ni lo puede hacer nadie. Digo más: es responsabilidad de todos que no se sometan a discusión, que cumplamos las leyes, que respetemos las reglas y seamos leales a nuestros compromisos.

A todo esto añado que existe un límite que no depende más que de mí. Un límite que me impongo rápidamente. No pretendo acceder al gobierno para realizar cualquier clase de política. No estoy dispuesto a derribar lo construido. Se puede mejorar, sin duda, pero no puedo aceptar su demolición. Que nadie espere que yo contribuya a lesionar la recuperación económica y la creación de empleo. No haré ese daño a los españoles.

No tiene ningún sentido liquidar todas las reformas. Mejoremos lo mejorable, pero no impidamos que España siga siendo el país que más crece en Europa y el que más empleo crea. ¿Acaso esto es malo?

Accedo al gobierno para perseverar. Algunos me lo reprochan. Ya sé que alguno de ustedes quieren «darle la vuelta a las políticas» que hemos desarrollado, pero para eso “otros” tendrían que hacerse cargo del gobierno. No se puede pretender que gobierne yo y traicione mi propio proyecto político, que además fue el más apoyado por los españoles. No me pidan ni pretendan imponerme lo que yo no puedo aceptar.

Como les he dicho al principio, entiendo perfectamente la situación sin precedentes en que nos encontramos, pero espero que entiendan ustedes también que no se sostiene dar paso a la investidura y desamparar al gobierno que resulte de ella.

Lo digo hoy para que nadie nos llamemos a engaño y para que tampoco engañemos a los españoles. No estoy pidiendo el voto para un gobierno multiusos o carente de orientación. Tengo una tarea a la espalda, unos resultados en la mano y un propósito al frente. Eso es lo que estamos resolviendo en este trámite de la investidura. No el apoyo a un gobierno en abstracto, no cubrir el hueco de una vacante, no reemplazar una pieza inerte en la Administración del Estado. Se vota la investidura a un candidato que acude con un proyecto. Es con ese proyecto con el que solicito la confianza de la Cámara. Es a ese proyecto al que se le otorga la confianza.

No pido la luna, señorías: pido un gobierno previsible, lo cual significa que sus grandes líneas sean conocidas desde el principio, que anuncie de antemano lo que va a ocurrir y, especialmente, lo que no va a ocurrir, para que todo el mundo sepa a qué atenerse.

Termino ya, señora presidenta.

Se abren ante todos los españoles grandes perspectiva, si no las estropeamos, bien porque no haya gobierno, bien porque no se le deje gobernar, que tanto da lo uno como lo otro.

No sólo se pondrá en marcha el gobierno, señorías. Lo hará España entera. Son incontables las decisiones empresariales, inversiones de capital, iniciativas de emprendedores que llevan meses en suspenso, pendientes de que se despeje el panorama. Repito: pendientes de que se despeje el panorama, es decir, de que se ofrezca algo más que una investidura desnuda.

Seamos consecuentes, señorías. Quien piense que las mayorías absolutas de los demás no son buenas —y creo que aquí hay muchos que así lo piensan— debería preocuparse más que nadie para demostrar que España puede ser gobernada y bien gobernada, aunque no exista mayoría absoluta.

Quien piense que las mayorías absolutas son perjudiciales, debería ser el primero en hacer ver que los políticos españoles somos capaces de ponernos de acuerdo porque en la Cámara no han de faltarle apoyos para desarrollar las tareas.

Les invito a que veamos la manera de que las cosas vayan lo mejor posible para que los españoles, dentro de lo que permiten unas circunstancias que no son fáciles para nadie.

No pido, vuelvo a reiterarlo, un cheque en blanco. Pido madurez, pido que cuando se dé un paso se acepten las consecuencias de ese paso, pido que podamos decir todos a los españoles que van a contar con un gobierno que gobierna, no por su propia fortaleza, sino porque en la Cámara no han de faltarle apoyos para desarrollar esa tarea.

A eso se llama en Europa ejercer una oposición responsable. Por mi parte, insisto, hay dos errores en los que incurriré, el primero olvidar las limitaciones que la realidad me impone; y el segundo desperdiciar las oportunidades que la coyuntura nos ofrece.

Solicito, señorías, un gobierno que no arruine las buenas perspectivas que nos ofrecen los próximos años.

Porque nuestra primera finalidad debe ser consolidar lo obtenido, continuar mejorando, sostener el ritmo del empleo, aprovechar las oportunidades y no defraudar el crédito que todavía se nos otorga.

Con ese propósito, solicito la confianza de la Cámara para el programa de gobierno que mi candidatura representa.

Nada más y muchas gracias, señoras y señores diputados, señora presidenta.

Hoy no concluye esta historia. Hoy comienza. Hoy trazamos el camino del futuro
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