El pulso entre Page y Puente se intensifica: una batalla interna con ecos externos
La batalla dialéctica entre Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, y el ministro de Transportes, Óscar Puente, ha escalado de manera vertiginosa tras el choque en el Comité Federal del PSOE, ampliando una grieta cada vez más visible en la formación socialista, en plena crisis por el desgaste provocado por los escándalos de sus últimos secretarios de Organización, Santos Cerdán y José Luis Ábalos. Lejos de apaciguarse tras su intercambio en el evento, los reproches mutuos han ganado fuerza en declaraciones públicas que dejan entrever una lucha de visiones sobre el rumbo que debe tomar el partido para hacer frente a la situación.
Page, reconocido como una de las voces críticas más constantes y con mayor peso institucional dentro de la formación, se reafirma como un contrapeso a la línea oficialista del secretario general y presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Tras un agrio intercambio con Puente durante el cónclave del pasado sábado, el presidente manchego convocó a la prensa desde un pequeño municipio de Cuenca para responder con dureza: “Yo, desde luego, no tengo un puto amo”, y agregó que “la inmensa mayoría del partido no piensa como el ministro”.
Esta frase, cargada de simbolismo y contundencia, recupera una expresión utilizada meses atrás por Puente en un mitin para elogiar al presidente del Gobierno. Page la reinterpreta ahora como un síntoma de sumisión que, según él, pone en peligro la identidad plural del PSOE. Lejos de retractarse, ha recalcado que no defiende una organización que “se vanagloria de tener un puto amo”, subrayando su rechazo a cualquier forma de culto personalista dentro de la política.
Óscar Puente, por su parte, ha acusado a Page de "hipocresía" y de no hacer críticas constructivas, sino de atacar frontalmente la línea política del partido desde una “posición minoritaria”. En una entrevista en el programa Mañaneros 360 de TVE, el ministro señaló que Page es un habitual en medios “hostiles al PSOE”, mientras que dentro del partido “no se atreve a presentar un proyecto alternativo”, convencido de que sería ampliamente "rechazado" por la militancia.
Este cruce de acusaciones, sin embargo, no se limita a lo personal. Refleja un desacuerdo profundo sobre el estado actual del PSOE y su orientación futura. Page insiste en que su postura no busca desestabilizar al partido, sino alertar sobre lo que considera una preocupante falta de autocrítica. “La situación es tan grave porque es la etapa en la que menos crítica he escuchado en mi vida”, ha dicho, aludiendo a un clima interno que, a su juicio, sofoca la disidencia legítima.
El presidente castellanomanchego se ha mostrado especialmente crítico con la forma en que el liderazgo socialista ha enfrentado escándalos como el “caso Koldo”, y asegura que hay dirigentes más preocupados por hacer callar a los críticos que por responsabilizar a quienes generan los problemas. En una alegoría sobre el derrumbe de un edificio, advirtió: “con que una piedra se mueva, se tambalea todo el edificio”, insinuando que el inmovilismo podría precipitar el declive electoral del PSOE.
A pesar del ruido mediático y político, tanto Page como Puente parecen reconocer que la confrontación es también una disputa por el relato: mientras uno reivindica el derecho a disentir y abrir debate dentro del partido, el otro defiende la disciplina orgánica como garantía de estabilidad. La paradoja es evidente: lo que para unos es un gesto de valentía crítica, para otros es una amenaza desleal al proyecto colectivo.
La tensión entre ambos no es nueva, pero sí es más explícita que nunca. El Comité Federal del sábado, previsto como un acto de reafirmación del liderazgo de Sánchez tras semanas turbulentas por el "caso Cerdán", ha terminado siendo, en parte, el escenario de este desencuentro que ha reavivado un debate latente sobre la dirección del partido, su apertura al pluralismo interno y el margen para voces discordantes.
El futuro del PSOE no parece amenazado a corto plazo por esta confrontación, pero el pulso entre Page y Puente funciona como termómetro de una incomodidad que no se disipa. Con las elecciones europeas recién celebradas y el horizonte político nacional aún incierto, la dirección socialista deberá decidir si gestos como los de Page son un obstáculo que debe neutralizarse o una oportunidad para revisar su rumbo.
Lo que está claro es que la fractura no se ha cerrado y que, más allá de las palabras gruesas, subyace una pugna por el alma del partido.@mundiario

