El PP redefine la nacionalidad como un mérito y no un derecho en su nuevo plan migratorio

El líder del Partido Popular ha decidido rearmar ideológicamente su partido en torno a la inmigración, un terreno resbaladizo donde busca diferenciarse del Gobierno sin ceder completamente a Vox.
Alberto Núñez Feijóo, líder del PP. / @NunezFeijoo
Alberto Núñez Feijóo, líder del PP. / @NunezFeijoo

Alberto Núñez Feijóo ha dado un paso que define un cambio profundo en la estrategia del Partido Popular: convertir la inmigración en un eje de identidad nacional. Su propuesta de “elevar el nivel de exigencia cultural y lingüístico” para acceder a la nacionalidad española no es una medida aislada, sino una pieza más en un relato que mezcla orden, pertenencia y temor a la alteridad. Con ella, el líder popular pretende demostrar firmeza ante su electorado más conservador, pero el resultado es una deriva retórica que lo acerca, más de lo que admite, a la ultraderecha.

El discurso que Feijóo pronunció en Barcelona deja entrever una voluntad clara: apropiarse del debate sobre inmigración para restarle terreno a Vox, sin caer abiertamente en su xenofobia. “La nacionalidad no se regala, se merece”, proclamó, como si la ciudadanía fuera un premio condicionado a un examen de valores y adhesión cultural. Detrás de esa afirmación late una concepción restrictiva de la pertenencia nacional, una visión en la que ser español no se define solo por derechos y deberes legales, sino por una especie de homogeneidad moral e histórica que difícilmente puede medirse en una prueba de idioma.

Feijóo asegura que no pretende ser “ni duro ni blando”, sino “firme y consistente”. Pero su diagnóstico de la inmigración como un fenómeno “fuera de control” reproduce casi palabra por palabra los marcos discursivos de la extrema derecha. En su intento de ocupar el espacio intermedio entre la izquierda y Vox, el PP se desliza hacia el mismo terreno simbólico que dice querer evitar: el de la sospecha permanente hacia el extranjero, el miedo al cambio cultural y la nostalgia de una España inmutable.

Más allá de los titulares, las medidas del plan popular dibujan un modelo de inmigración estrictamente utilitario: el extranjero es bienvenido mientras trabaje, cotice y no incomode. Quien no lo haga, “tendrá que irse”. Feijóo plantea un sistema de visado por puntos que prioriza el origen latinoamericano —apelando a la “Hispanidad” como comunidad cultural— y un endurecimiento de los criterios para obtener la nacionalidad, elevando el nivel de español exigido al B2 y añadiendo una prueba reforzada sobre historia y valores. La ciudadanía, según esta lógica, deja de ser un derecho basado en la convivencia y se convierte en una recompensa por la asimilación.

Este enfoque revela una paradoja: mientras el PP invoca la defensa de la legalidad y la integración, lo que propone en realidad es una política de exclusión preventiva. Al vincular el acceso a ayudas sociales, como el ingreso mínimo vital, al empleo o la búsqueda activa de trabajo de los extranjeros, el partido legitima la idea de que la pobreza migrante es sospechosa por defecto. El inmigrante deja de ser sujeto de derechos para convertirse en un potencial beneficiario condicionado por su productividad.

El discurso de Feijóo, cuidadosamente medido, busca proyectar liderazgo y autoridad. Pero al hacerlo, corre el riesgo de alimentar la misma dinámica de enfrentamiento cultural que dice querer contener. Cuando el líder popular advierte que no permitirá que “barrios enteros se conviertan en lugares irreconocibles”, no está describiendo una realidad demográfica, sino evocando un temor: el del cambio social percibido como amenaza. Es el mismo miedo que Vox explota con crudeza, solo que revestido de moderación institucional.

La política migratoria, convertida en eje de batalla ideológica, deja de centrarse en la gestión y pasa a ser un terreno de identidad. El PP ya no discute cómo integrar mejor, sino a quién permitir integrarse. En ese cambio de foco está la clave del viraje: Feijóo no busca tanto resolver un problema social como redefinir el sentido de “ser español” en un contexto de incertidumbre económica y cultural.

El Gobierno, por su parte, acusa al PP de promover una “limpieza étnica encubierta” en sus discursos, mientras Vox responde subiendo el listón: ningún inmigrante más mientras haya paro. Entre ambos extremos, Feijóo intenta presentarse como el garante del equilibrio, aunque cada paso que da parece empujarlo más hacia la retórica del miedo que hacia la gestión pragmática.

El debate sobre la inmigración en España ha oscilado históricamente entre la empatía y el control, entre la necesidad económica y la cohesión social. Feijóo ha decidido inclinar la balanza hacia el control, apelando a una idea de España que teme diluirse en la diversidad. Su apuesta por un discurso “firme y consistente” puede darle réditos electorales a corto plazo, pero también corre el riesgo de consolidar una frontera invisible: la que separa al ciudadano “auténtico” del “invitado permanente”.

En última instancia, el mensaje del líder del PP no es solo político, sino simbólico: España no puede ser reconocible si cambia demasiado. Pero esa defensa de lo propio frente a lo ajeno, presentada como sensatez, encierra una trampa. Porque un país que mide su identidad por la exclusión termina, inevitablemente, reconociéndose menos a sí mismo. @mundiario

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