Podemos ha entrado por el aro del injusto y parcial sistema fiscal español
¿Por qué Monedero no distribuyó la pasta que debía al fisco entre españoles en apuros, en vez de contribuir a las chapuzas presupuestarias de Montoro? ¿Se ha hecho caca, con perdón?
¿Por qué Monedero no distribuyó la pasta que debía al fisco entre españoles en apuros, en vez de contribuir a las chapuzas presupuestarias de Montoro? ¿Se ha hecho caca, con perdón?
Ya no quedan héroes de los pueblos como los de antes, oye. Aquellas Juanas de Arco que preferían arder en una hoguera que renegar de sus principios; aquellos Gandhis que practicaban largas, tortuosas y desnutridas resistencias pasivas; aquellos chinos anónimos que detenían tanques en una avenida que desembocaba en la plaza de Tiananmen, ¿recuerdas?, que ya es una plaza mayor de la humanidad. Los héroes de los pueblos de ahora, verás, hacen un amago verbal ante las columnas blindadas de inspectores de Hacienda, “¡no te tengo miedo Montoro!”, y en el último segundo se baten en retirada con una oportuna declaración complementaria; les ponen en la encrucijada de renegar de sus ideas o someterse a la hoguera inquisitoria de la difusa opinión publicada y la confusa opinión pública, y, oye, de verdad, les da un repentino ataque de amnesia en menos tiempo que canta un gallo, como el célebre ataque de amnesia de Pedro cuando aquel embarazoso asunto de Jesús; ante el mínimo indicio de tener que pasar hambre electoral, dejan su retiro espiritual e ideológico y pasan por el aro de Hacienda.
El día que Monedero claudicó ante Montoro
Lejos de mí la funesta manía de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero también confieso que, el día antes de la claudicación exprés de Juan Carlos Monedero ante Cristóbal Montoro Torquemada, me apasionaba algo más el futuro que el día después, la verdad. Deben ser secuelas de aquella película de James Dean que plantó la semilla de la melancolía en mi cándida adolescencia ¡Qué sensación de inutilidad, qué tristeza, qué vacío dejan los escenarios y las escenas en las que un actor hace el papel, a veces el papelón, de rebelde sin causa.
De Soraya Sáenz de Santamaría era de esperar que se sacase su predecible as de la manga: “Si todos los españoles hicieran lo que hace Monedero a ver cómo íbamos a pagar los servicios públicos, la sanidad o la educación” La señora Vicepresidenta es que por un lado tiene muchos reflejos y por otro más ovarios que atributos masculinos el caballo de Espartero. Porque, claro, su certero tiro verbal pudo acabar saliéndole por la culata si en las ruedas de prensa posteriores a los Consejos de Ministros hubiese turno de réplica: “Y si todos los Ministros de Hacienda españoles hiciesen lo que hace Montoro a ver cómo íbamos a mantener los servicios públicos, la sanidad o la educación”. El PSOE, en su calvario hacia las urnas, se limitó a despachar la cuestión bautizando a Monedero como el Bárcenas de Podemos. ¡Muy bueno lo tuyo, Antonio Hernando! Y Podemos, en su auto complacencia y entre los vapores de la resaca crónica que le producen las orgías del CIS y distintas y distantes predicciones demoscópicas, se aferra al viejo refrán español de muerto el perro se acabó la rabia, o sea, presentada la declaración complementaria se acabó el escándalo, los sermones mediáticos, los gritos y susurros de un pueblo que, por sentido de la ética, sentimiento de agravio o pura en insana envidia cochina, estaba a punto de empezar a gritar: ¡crucificadle, crucificadle!
Rectificar, algunas veces es de sabios y otras de cobardes
Cuando me brotan artículos como este, Director, me invaden serias dudas de si no seré un marciano cuya nave le dejó olvidado en el planeta Tierra. Porque, a un servidor, lo que le ha defraudado de Monedero, de Podemos, no ha sido el olvido voluntario o involuntario de eso que llaman, que llamamos, las obligaciones con Hacienda, sino la forma convencional, aburguesada y sumisa de proceder a la rectificación, que suele ser cosa de sabios pero a veces es de cobardes. Lo que me huele mal es que hayan aceptado la delirante legislación de una España, en permanente y vergonzosos estado de excepción fiscal, como animal de compañía. Lo que me deja flipando es que los indignados, los hooligan, los acoplados, los conversos que hacen en los círculos crecientes de Pablo Iglesias, ¡todo por los votos!, hayan dormido esta noche más tranquilos sabiendo que Mondero ha dejado de mear fuera del tiesto de la Agencia Tributaria y ha rellenado una cívica y cínica declaración complementaria.
¡Qué oportunidad para prender la mecha de una revolución fiscal?
Por lo visto, la revolución integral fiscal no entra en los planes de Podemos. Se conforman con anunciar voluntaristas y a veces demagógicas exhibiciones de tiro con arco a los Robin Hood para desplumar a los ricos sin garantías de distribuir equitativamente el botín entre los pobres. La revolución no consiste sólo en recaudar más a los que tienen más para mayor gloria de un gobierno, de un Estado y del bienestar impersonal generalizado. La revolución consiste en recaudar más a los que tienen más, menos o nada a los que tienen menos, y proceder a una redistribución que contemple las circunstancias personales, los avatares temporales o crónicos, los históricos de todos y cada uno de los hogares españoles donde en pocas ocasiones brotan sonrisas, en muchas brotan lágrimas y en la inmensa mayoría de las veces se escucha el siniestro, desolador y penetrante sonido del silencio de los corderos.
Monedero se ha hecho caca, con perdón
Si Juan Carlos Monedero hubiese cogido los 200 mil euros del ala que le ha entregado a Montoro, ¡cuidado con las carteras!, y los hubiese destinado insumisamente, directamente, a paliar casos sangrantes de tantos ciudadanos de la cepa hispana, es posible que se convirtiese en un villano para esa media España cínica e hipócrita que se aferra a la idea de que Hacienda, esta hacienda, somos todos, pero quizá sería un héroe tangible, creíble, para esa otra media que se aferra a Podemos como a un clavo ardiendo. Tal vez ahora sería polvo mediático, pasto de la voraz e insaciable opinión pública, más polvo capaz de enamorar a una España que se enfrenta a una encrucijada histórica: renovarse o morir. Incluso podría rescatar del escepticismo a casos perdidos como un servidor, ¡tanto escepticismo!, y volver a hacernos creer que existe el heroísmo coherente y consecuente que tantas veces ha cambiado la historia.