Pedro Sánchez esquivó la bala de plata del “liberal” mercado eléctrico europeo

António Costa y Pedro Sánchez. / Mundiario
António Costa y Pedro Sánchez. / Mundiario
En nombre del axioma del “mercado marginalista” se habían cometido en nuestro país aberraciones como el que algunas eléctricas habían vaciado embalses para poder vender energía barata al precio más costoso.
Pedro Sánchez esquivó la bala de plata del “liberal” mercado eléctrico europeo

Desde que la Unión Europea abandonó su avance hacia la Europa Social, entre burócratas comunitarios y lobbies de empresas lograron implantar el dictado del liberalismo, que con la crisis financiera del 2008 dejó al descubierto nuestras vergüenzas, y con la crisis del covid puso en evidencia las insuficiencias de la Europa de las deslocalizaciones y del mundo globalizado.

A principios de los noventa me tocó sufrir, en los Consejos de ministros de Comunicaciones de la UE, los inicios de los estragos de la doctrina “liberalista”, bajo el inquisitorial comisario de la Competencia Briten. Cualquier posición que pusiera en duda la liberalización a ultranza era una herejía. De ahí mi sorpresa cuando nos hemos topado con el dogma del llamado “mercado marginalista” en el impuesto mercado único de la energía. Porque es una amalgama entre principios liberales intocables y proteccionismo a las empresas que, por su tamaño, sus métodos y su dedicación, tienen mucho de monopolistas.

Un mercado proteccionista con las productoras de energía, que para blindarse de las fugas “liberales” en la venta de energía a terceros mercados, impone que el precio más caro que sale cada día a la venta en la mesa de la energía sea el que marca el precio final de toda la energía vendida. Incluso aunque esa energía más cara sea absolutamente minoritaria en el mercado suyo de cada día.

Los trucos de la burocracia

No sabría decirles por qué arte de magia o, mejor dicho, por qué truco, un ejército de economistas y técnicos de empresas eléctricas y un ejército de técnicos y economistas de la burocracia de Bruselas llagaron a una normativa tan rígida, contra la cual España ha tenido que luchar durante siete meses antes de lograr esquivarla. Y que conste que estoy seguro de que las mismas sabias huestes que han urdido el intríngulis pueden en cualquier momento salir a tacharme de ignorante.

Lo único que sé es que, tras múltiples y continuados razonamientos a favor de desvincular entre sí los precios de la energía para que cada uno se venda según el precio de coste de su generación, que se rige por el más absoluto principio de la lógica, hizo falta que el presidente del Gobierno de España diera un educado, y casi teatral, puñetazo sobre la mesa, para que todos los axiomas técnicos y económicos lograran una excepción política, que si la miramos bien debería ser no la excepción, sino la regla.

Hasta ese momento, y tras una gira por las cancillerías de toda Europa, Pedro Sánchez era un derrotado (don Quijote le llamaban, porque eso sí: en los mentideros de Bruselas, a fuer de desoficiados, suele haber mucho gracioso). Y casi como tal entró en el Consejo Europeo del pasado viernes, con sus pasos guiados a trompicones, por el presidente portugués Antonio Costa como lazarillo.

La fuerza de la política

Pues bien. Pese a quien pese -y hay que ser un malnacido para que pese semejante resultado- España y Portugal inventaron in extremis la fórmula de la Península Ibérica transformada en isla energética, gracias a su despreciable 3% de interconexión eléctrica con terceros países. Y obtuvieron la desvinculación de los precios de la energía, de modo que no sea la fuente de más alto coste de producción (léase el gas) la que marque el precio de toda la electricidad.

Por cierto, en nombre del axioma del “mercado marginalista” se habían cometido en nuestro país aberraciones como la de que algunas eléctricas llegaron a vaciar embalses para poder vender energía barata al precio más costoso; y no quiero ni imaginarme otras muchas trampas bárbaras que se hayan estado practicando en el sector eléctrico europeo, mientras el populismo de turno repetía lo de “porco governo”.

Ahora habrá que andar con mucho cuidado para evitar que los expertos en duelos y quebrantos (que abundan en las compañías eléctricas) comiencen a mendigar compensaciones y otras añagazas para recuperar una parte del terreno perdido, si no todo, si es que no nos andamos con ojo.

Coherencia frente a rígida burocracia

El pasado viernes, una vez desatada la sensatez en las decisiones políticas, comenzaron, en la misma sesión, a verse como coherentes otras propuestas que durante meses España venía sugiriendo en Bruselas. Tales como, por ejemplo, que, ya que todos los países de la Unión tenían que comprar gas, qué menos que en un conjunto de países que se llaman mercado único, o “mercado común” se junten para negociar unidos la compra. Que, por la simple ley de la oferta y la demanda, lo más lógico es que se obtendrán mejores precios comprando juntos que por separado.

O, para seguir aplicando la lógica, que los países de la Unión se las apañen para almacenar juntos el gas, para aplicar una mejor administración de sus reservas y de sus costes, cuando se acaba de descubrir que -en manos de los vendedores- las reservas de gas de Gazprom en Europa, casualmente en el año de la guerra, están a la tercera parte de lo que acostumbraban.

Siempre he pensado que el endiosado aparato comunitario de Bruselas, y el encorbatado y engominado mercado persa que pulula a su alrededor, deberían bajar de su pedestal cargado de falacias, y simplificar los mecanismos de gobierno y los enredos de esa torre de Babel donde se sigue hablando inglés después del Brexit, y donde su parlamento no termina de cumplir por completo sus funciones representativas con los poderes que debían acompañarle.

Por encima de los axiomas de enredo está la política

De pronto los veintisiete, al ver a Pedro Sánchez esquivar la envenenada bala de plata de la burocracia europea, se dieron cuenta de que lo de la bala de plata es un mito, y de que, por encima de los axiomas de economistas, técnicos y lobbistas empresariales, está la política, que debe gobernar y velar por el bienestar de los ciudadanos. Y comenzaron a surgir propuestas y sugerencias como, por ejemplo, las de limitar los precios máximos del gas. De forma que el que comenzó siendo un sombrío viernes, casi de dolores, se terminó convirtiendo en una especie de pentecostés, en el que se empezó a vislumbrar cierta clarividencia capaz de desbaratar las brumas de la burocracia comunitaria.

No todo está ganado, por supuesto. Pero se ha abierto la esperanza de que en Europa la política se imponga, y de que representantes legítimos de Estados miembro y parlamentarios pierdan el miedo a la leyenda urbana de la invencible “bala de plata”, que a menudo manejan los ejércitos de lobbistas y burócratas, demasiado acostumbrados a mirar la realidad a través de caleidoscopios sofisticados y cargados de intereses, en lugar de asomarse a la ventana y observar y escuchar a los paisanos que cada día construyen Europa con su trabajo. @mundiario

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