La diputada del PP Noelia Núñez dimite de sus cargos tras falsear su currículum
La política, en teoría, debería basarse en la confianza y el mérito. En la práctica, a menudo se mueve entre la opacidad y el marketing. El caso de Noelia Núñez es paradigmático no por su excepcionalidad, sino por su frecuencia. Que una dirigente nacional del Partido Popular —diputada en el Congreso y vicesecretaria de Organización— haya estado durante meses exhibiendo una formación académica que no posee no sorprende a nadie en realidad. Lo verdaderamente sorprendente es que haya dimitido.
Núñez, de 33 años, se había atribuido un doble grado universitario en Derecho y Ciencias Jurídicas de la Administración Pública, una formación que, como se ha sabido ahora, no completó. La información aparecía publicada en el Portal de Transparencia del Congreso de los Diputados, una fuente oficial que debería servir precisamente para combatir la desinformación. Es decir, mintió en el lugar donde más obligada estaba a decir la verdad.
¿Error o engaño? La propia Núñez ha intentado suavizar la situación hablando de una “información incorrecta” y una “equivocación” sin “ánimo de engaño”. Pero este tipo de justificaciones ya no cuelan. No estamos ante una errata ni ante una confusión burocrática. Se trata de una atribución deliberada de titulaciones que no tiene, y que probablemente influyeron en su posicionamiento dentro del partido. El PSOE ha pedido, con razón, que se elimine su currículum del Congreso, y ha señalado que los estatutos del PP consideran esta conducta motivo de sanción. Es decir, el partido sabía —y sabe— que esto no es un detalle menor.
Cabe preguntarse cómo hemos llegado a este punto. En un país con miles de titulados que luchan por oportunidades profesionales sin falsear su expediente, que una representante pública pueda inventarse un currículum y no ser descubierta hasta que la presión mediática lo revela es un fallo sistémico. Nadie verificó su formación antes de darle un escaño. Nadie dentro del propio partido, se supone, cuestionó su trayectoria académica. O, peor aún, quizá sí lo sabían y decidieron mirar para otro lado.
La reacción de Núñez, todo hay que decirlo, contrasta con la actitud habitual de muchos políticos que se atrincheran, niegan lo evidente o echan la culpa al mensajero. “La responsabilidad es la esencia de la libertad”, escribió en su mensaje de despedida. Tiene razón. Y su renuncia, aunque tardía y forzada, debería marcar un precedente: mentir sobre el currículum es motivo de dimisión inmediata. Pero si no va acompañado de una reforma que impida que estos casos se repitan, quedará como un gesto aislado, más estético que ético.
La responsabilidad es la esencia de la libertad y yo asumo la mía.
— Noelia Núñez (@noelia_n) July 23, 2025
No, no somos como ellos. pic.twitter.com/Ysw0cMMqIh
Hay que ir más allá del caso personal. El problema no es Noelia Núñez, sino la tolerancia estructural hacia este tipo de fraudes. Hay políticos en activo que han inflado sus biografías sin consecuencia alguna. Se han visto másteres inexistentes, tesis plagiadas, títulos inventados, cursos convertidos en licenciaturas. Y no hablamos de errores, sino de una cultura de la impunidad donde el relato importa más que los hechos.
Por ello, la solución no es solo una dimisión. Es imprescindible establecer mecanismos independientes de verificación de los datos académicos y profesionales que los representantes públicos declaran en sus fichas oficiales. No se trata de desconfiar por defecto, sino de garantizar la transparencia. Un diputado no puede presentarse como jurista si no ha terminado Derecho. Un concejal no puede autoproclamarse ingeniero si no lo es. Y los partidos no pueden esperar a que estalle la polémica para tomar medidas.
España no puede permitirse seguir normalizando el engaño como herramienta política. La confianza pública está demasiado erosionada como para seguir tolerando estos episodios con resignación. La salida de Núñez debería servir como punto de inflexión, no como anécdota. Y el primer paso es evidente: dejar de llamar “errores” a lo que, en realidad, son mentiras. @mundiario

