El ascenso de Noelia Núñez, la ‘Ayuso de Fuenlabrada’ cuya carrera universitaria nunca existió

El caso de Noelia Núñez, diputada del Partido Popular y figura ascendente apadrinada por Isabel Díaz Ayuso, ha desatado un debate incómodo sobre el valor real de la formación académica en la política española. 
Noelia Núñez, diputada. / @noelia_n.
Noelia Núñez, diputada. / @noelia_n.

Noelia Núñez, una de las figuras emergentes del Partido Popular, ha protagonizado en los últimos días un episodio que, más allá de su superficialidad aparente, arroja luz sobre una cuestión de fondo: el desprestigio del mérito en la esfera pública. Lo que comenzó como una confusión menor en torno a la universidad que supuestamente la tituló, ha acabado revelando un currículum con más versiones que certezas y una actitud política más preocupada por la imagen que por la verdad.

La joven diputada madrileña, aupada por Isabel Díaz Ayuso y respaldada por el aparato nacional del PP, ha cultivado una presencia mediática poderosa, sobre todo en redes sociales, donde sus vídeos acumulan millones de visualizaciones. Su marca personal —la “Ayuso de Fuenlabrada”, como la han apodado algunos— ha sido construida con eficacia digital, contundencia verbal y un ideario liberal sin matices. Sin embargo, el relato de su formación académica ha resultado ser una construcción mucho menos sólida.

Durante días, diferentes plataformas oficiales y biografías públicas atribuían a Núñez estudios concluidos en Derecho, Filología Inglesa y hasta un doble grado en Derecho y Ciencias Jurídicas de las Administraciones Públicas. No se citaban universidades con claridad, y donde sí se hacía, como en el caso de la Universidad Francisco Marroquín —institución privada guatemalteca con fuerte arraigo liberal—, se incurrió en errores notables: se le atribuía una licenciatura en la Universidad Central de Missouri que, en realidad, correspondía a la Complutense de Madrid, aunque tampoco finalizada.

El episodio ha sido elevado al foco mediático por las denuncias públicas del ministro Óscar Puente, quien cuestionó, con sorna y datos en la mano, las incoherencias del perfil académico de la diputada. La respuesta del entorno del PP ha sido doble: desde la dirección nacional, silencio; desde Madrid, un cerrado apoyo. Alfonso Serrano, secretario general del partido en la región, ha preferido presentar a Núñez como víctima de “acoso” por parte de un miembro del Gobierno, en lugar de afrontar la falta de rigor de su compañera. 

La protagonista, por su parte, ha terminado reconociendo que no ha terminado ninguna carrera universitaria. En una larga explicación en redes sociales, ha hablado de una “equivocación” sin intención de engañar a nadie, culpando al desorden de sus propios traslados de expediente y cambios de grado. El problema no radica únicamente en que no posea títulos universitarios (algo perfectamente legítimo en democracia), sino en que durante años ha permitido —o incluso alentado— la circulación de versiones adornadas, vagas o directamente incorrectas de su formación. Una estrategia de relato, más que de transparencia.

Este caso no es aislado. Forma parte de una tendencia preocupante donde el acceso a cargos de responsabilidad pública se ha vuelto cada vez menos exigente en términos de formación y más dependiente de la proyección mediática, la fidelidad interna o la capacidad de movilización digital. En un país donde los títulos universitarios siguen siendo una carta de presentación fundamental para miles de ciudadanos, ver cómo ciertos políticos pueden escalar en la jerarquía institucional sin que se verifiquen sus méritos objetivos produce una mezcla de indignación y desencanto.

Los estatutos del propio PP contemplan como causa de sanción o expulsión la falsificación de currículums. La dirección nacional, sin embargo, ha optado por cerrar filas en torno a Núñez, quizá temerosa de perder un perfil que conecta bien con las nuevas generaciones de votantes, particularmente en las redes. El PSOE ha exigido su dimisión. Pero más allá de la batalla partidista, lo esencial es recuperar la idea de que los cargos públicos no son escaparates para influencias digitales, sino espacios de responsabilidad al servicio de todos.

Noelia Núñez es, sin duda, una política con proyección. Pero si su carrera quiere sostenerse más allá del impacto momentáneo de un vídeo viral o del respaldo de figuras como Ayuso, deberá cimentarse sobre la verdad y no sobre la ambigüedad. El caso de su currículum es una oportunidad —quizá la última— para redefinir su relato no en función de lo que proyecta, sino de lo que representa. Y el Partido Popular, si aspira a recuperar la centralidad institucional, haría bien en recordar que la ejemplaridad no es una opción, sino una obligación. @mundiario

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