Los nacionalismos radicales fundamentan su radicalismo en una Historia a la carta

La transición española abrió un diálogo generoso con los movimientos centrífugos, asentados en el País Vasco y Cataluña, para relajar la tensa convivencia en este país.
Los nacionalismos radicales fundamentan su radicalismo en una Historia a la carta

La Historia de España de finales del XIX y siglo XX está marcada por la idea obsesiva de la nación étnica y racial, consecuencia más de un ejercicio preconcebido que del verdadero análisis de la realidad social de este país. Esta obsesión por una única identidad provocó reiteradamente la acción-reacción que condujeron a nuestro país a repetidas convulsiones internas. Las nacientes ciencias, como la Arqueología y la Antropología se instrumentalizaban como soporte de esta concepción monolítica. Mientras la Arqueología daba los primeros pasos centrada en Sagunto y Numancia, símbolos de la raza guerrera, Telesforo de Aranzadi en el País Vasco se servía de la Antropología para fundamentar la propia etnia, afirmando que “los cráneos vascos eran de la raza pura, distintos por su configuración geométrica de todos los demás pueblos de Europa”. Esta doble corriente de acción centrípeta y reacción centrífuga marcó muchas tensiones de nuestra reciente historia.

En torno a 1930 y desde el exterior John Hustable Elliot describe nuestra tierra “dividida, diversa,un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas; eso era y es España”. Por el contrario, desde el púlpito nacional se proclama reiteradamente la jaculatoria de Una Y Grande, y constantemente se invoca la raza.

La transición política hizo añicos este discurso monolítico. Pretendió ser el momento de las identidades en la identidad. Se abrió un diálogo generoso con los movimientos centrífugos, asentados en el País Vasco y Cataluña, con la pretensión de relajar la tensa convivencia en nuestro país. Pero el deseo y la realidad no siempre fueron juntas. La cadena del corredor siempre estuvo tensa, porque el ciclista sabe que si sea para, se cae.

Dado el tiempo transcurrido, La Transición española ya no es una crónica, y debe analizarse con perspectiva histórica. El leitmotiv de aquel momento era garantizar la convivencia de los españoles, objetivo cumplido, pero ello supuso otros efectos colaterales. Los latentes movimientos nacionalistas aprovecharon los espacios de apertura para consolidarse, organizarse y sustantivarse. La mano tendida con la que se elaboró la Constitución del 78 dio como resultado una Ley Fundamental que cumplía el objetivo de crear espacios de convivencia, pero resultó un documento de perfiles indefinidos, de posibles múltiples lecturas, cediendo al Tribunal Constitucional el papel protagonista para su interpretación, en el marco de tensiones controvertidas.

El marco constitucional escasamente definido fue especialmente significativo en el Titulo VIII. En la perspectiva del tiempo se echa de menos un segundo pacto de los Partidos, en especial los mayoritarios, que perfilaran su desarrollo, pero la estrategia electoral primó sobre la política de Estado. Tras los primeros pactos autonómicos con las Comunidades vasca y catalana, se estimuló un artificial agravio comparativo, con el que hábilmente el Partido Socialista rentabilizó el referendum andaluz en los últimos días de febrero de 1980. Fue la antesala de su llegada el poder. El Titulo VIII de la Constitución, que intentaba frenar la amenaza secesionista de Cataluña y País Vasco, tuvo un desarrollo dubitativo, sinuoso, improvisado, y a veces con efectos contrarios a los pretendidos. En definitiva, sigue vigente la afirmación de Ramiro de Maetzu hecha a principios del siglo pasado: “España no se nos aparece como una afirmación, ni como una negación, sino como un problema”.

¿Y cuál es la solución? El primer envite en todo este proceso con carga profunda fue el Plan Ibarretxe hace 8 años, que pese a su tozudez, se encontró con la respuesta rocosa del Gobierno de España. Fue un ejercicio inútil, que no resolvió nada en ningún sentido. Fue un cierre en falso. En estos momentos, aprovechando el caldo de cultivo de la crisis, corresponde el turno al envite catalán. La carga emocional, fácil en el contexto crítico que vivimos, fue determinante para los impulsos mesiánicos en la mente de Artur Mas. La borrachera mesiánica le arrastró a desafiar cualquier principio de legalidad que pudiera interponerse en el camino hacia la tierra prometida. Aunque tenemos la sensación de que responde más a una huida hacia adelante, porque la meta se desdibuja.

Recordando el dicho de que “otros vendrán que bueno te harán”, es tiempo oportuno de recordar la figura de Tarradellas, un nacionalista con madera de estadista, que con afinidades y divergencias, aportó sabias reflexiones en los momentos bajos e inquietantes de 1980: “No se puede vivir en un estado permanente de decepción, desconfianza y desilusión. Hay que buscar un proyecto nacional que haga que los españoles recuperen la confianza y el destino de su pais y el patriotismo necesario para que este paso a un sistema democrático y pluralista no quede como un victoria pírrica”. Curioso: Un catalán nacionalista que también habla de España y los españoles. El largo periodo posterior de Jordi Pujol estará marcado por la ambigüedad calculada, y que desemboca en esta ciclogenesis explosiva, que nos recuerda al Companys de 1934. Hemos sido testigos del sí o sí del referendum soberanista, en el que Artur Mas, burlando hasta límites insospechados el principio de legalidad, hace un profundo ejercicio de voluntarismo político, muy alejado del liderazgo reflexivo, y huyendo hacia ninguna parte.

El futuro de esta aventura patriótica lo despejará la capacidad de respuesta de dos incidencias: En primer lugar el principio de realidad. Cuando los hechos manifiesten el verdadero rostro de un mundo complejo, global, interrelacionado, interdependiente, la emoción original cambia sus matices, porque hoy día no somos islas. Alguien ha decidido un largo viaje, y ha olvidado la intendencia. Y eso no funciona. En segundo lugar, llegará el momento de las voces silenciosas, las voces conscientes de que el Estado no es una superestructura vacía, de escasa consistencia. Es un Estado-Nación, porque detrás hay Historia. Y como dice Cicerón “Historia testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae”. Los nacionalismos radicales fundamentan su radicalismo en una Historia a la carta. La instrumentalizan, como veíamos se instrumentalizaban la Arqueología y la Antropología en sus primeros pasos. Hacen las funciones de un Ministerio de la Propaganda, especializadas en crear afeccion-desafección y extraños agravios comparativos. Perfiles dictatoriales.

No olvidemos que patria y libertad siempre van juntas. “Ubi libertas, ibi patria”.

Los nacionalismos radicales fundamentan su radicalismo en una Historia a la carta
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