Feijóo y Ayuso se indignan por México mientras el Gobierno apuesta por la reconciliación histórica

El reconocimiento del ministro Albares del daño causado a los pueblos originarios de México reabre un debate pendiente sobre la memoria histórica. Mientras el PP exige su dimisión, el gesto diplomático busca acercar posturas entre dos países unidos por una historia común.
Alberto Núñez Feijóo, líder del PP ante la Junta Directiva Nacional. - Partido Popular(2)
Alberto Núñez Feijóo, líder del PP ante la Junta Directiva Nacional. - Partido Popular

El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha reabierto un debate que España nunca terminó de cerrar: el de su papel en la conquista de América y las heridas que todavía laten en la memoria de los pueblos originarios. Durante un acto reciente, Albares reconoció el “dolor y la injusticia” causados en México durante la colonización. Sus palabras fueron interpretadas por el Gobierno mexicano como un gesto de acercamiento y respeto. Sin embargo, en la derecha española, el mensaje cayó como una ofensa.

Feijóo y Ayuso reaccionaron con la misma rapidez con la que se defiende un símbolo: exigiendo la dimisión del ministro y acusando al Gobierno de “hablar mal de España”. La paradoja es evidente: en su afán por defender la patria, terminan negando parte de su historia. Reconocer los errores del pasado no equivale a denigrar a un país, sino a hacerlo más maduro. Solo una nación insegura teme mirarse al espejo.

El valor de reconocer y no repetir

En 2019, el entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador pidió disculpas formales por la conquista. España respondió con frialdad, y el gesto quedó en suspenso. Ahora, con el cambio político en México, el ministro Albares ha querido tender un puente que no tiene que ver con la culpa, sino con la responsabilidad histórica.

El reconocimiento del daño no borra el pasado, pero sí permite comprenderlo. Cuando una sociedad asume su historia con todas sus luces y sombras, demuestra que ha aprendido. Negarse a ello es como querer curar una herida sin limpiarla primero. No se trata de “avergonzarse” de la historia, como sostiene Feijóo, sino de evitar que el orgullo nuble la empatía.

México no pidió un castigo ni una condena, sino un acto simbólico de madurez compartida. Y en política exterior, los gestos cuentan tanto como los tratados.

Una historia que necesita serenidad

La reacción airada del PP responde más a una estrategia de desgaste interno que a un debate serio sobre la memoria histórica. Convertir cada gesto diplomático en un arma partidista solo aleja a España del diálogo con América Latina, un espacio con el que comparte lengua, vínculos culturales y un pasado común que exige comprensión, no soberbia.

España tiene la oportunidad de ser un ejemplo de reconciliación histórica, no de negacionismo. La memoria no se reescribe, pero sí puede reinterpretarse con empatía. Negar el dolor de otros pueblos solo nos hace más pequeños. A veces, reconocer el pasado no es un signo de debilidad, sino de fortaleza moral. Y en tiempos de ruido político, ese gesto vale más que mil consignas. @mundiario

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