¿Sería Felipe VI rey de España si el episodio de Botsuana no hubiera trascendido?

Portada del libro Final de partida, de Ana Romero.
Portada del libro Final de partida, de Ana Romero.

Ana Romero, profunda conocedora de la Casa Real, araña la historia oculta de una institución de la que los españoles apenas saben nada que no convenga.

¿Sería Felipe VI rey de España si el episodio de Botsuana no hubiera trascendido?

Ana Romero, profunda conocedora de la Casa Real, araña la historia oculta de una institución de la que los españoles apenas saben nada que no convenga.

De vez en cuando, los compañeros de la 3ª promoción de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, casi todos jubilados tras diversas y provechosas carreras en la comunicación, nos reunimos en una serie de aquelarres en diversos puntos de España, generalmente en la capital del reino. Estas reuniones tienen en común que suelen acabar con una queimada de la que soy oficiante, y que –sobre todo en Madrid- se suele traer como invitado a algún personaje relevante de la vida nacional. Estos encuentros tienen sus reglas: Las cosas de las que allí nos enteramos son exclusivamente para nuestro buen gobierno, o sea, se respeta el off the record; pero vale confirmar cosas que sabíamos, a no ser que el invitado disponga otra cosa.

Esta última vez asistió un alto, altísimo cargo que fue, de la seguridad del Estado, que  no me es permitido revelar. Hicimos buenas migas rápidamente, por tratarse de una personalidad, en todos los sentidos, parecida a la mía, y además tuve la suerte de que nos sentaran juntos. Hacia el final de la comida salió en conversación en impacto que estaba causando el libro de la bien informada periodista Ana Romero, titulado Final de Partida, que es una documentada crónica de los últimos años del reinado de Juan Carlos I. Aunque reproduce y ordena datos conocidos, los amplía y documenta de modo que confirma el penoso recorrido del hombre que sucedió al Caudillo y tuvo que dejar el cetro abrumado por sus propios actos, en contra de lo que repetidamente había anunciado.

Cuando salió el asunto del libro, nuestro invitado se echó a reír y nos espetó: “Pero si no cuenta  nada! Eso apenas es arañar una realidad mucho peor que los españoles es mejor que no lleguen a conocer”. A ver nuestra cara de asombro añadió: “Os puedo asegurar que si no llega a trascender el incidente de Botsuana, como se ocultaron otros, Juan Carlos I seguiría siendo Rey, pese a todo lo que se diga. Las torpezas sucesivas no hicieron otra cosa que precipitar lo que no estaba previsto. Todo lo que se cuenta del proceso que llevó a la abdicación se fue montando sobre la marcha”. Alguno de nosotros replicó que eso se sospechaba.

Visto que nuestro personaje se ponía a tiro, cargué la escopeta y aproveché para pedirle que me confirmara lo que hace tiempo que me contó un alto mando de la Guardia Civil con respecto a la conocida rijosidad borbónica del suegro de Letizia Ortiz. Me habían contado que cuando el personaje central de esta historia iba a esquiar a Baqueira Beret, se le solía proporcionar compañía femenina a la carta desde la ciudad condal, y que era expedida como si fueran amigas de los escoltas. Al igual que sus antepasados por parte de tatarabuela, Fernando VII y Alfonso XII le agradaba la carne común y proletaria, aunque sus edecanes la buscaran en las mejores agencias “scort” de Barcelona. “No te engañaron –me dijo por toda respuesta-, pero no intentes que te cuente más. Por ejemplo, cómo se pagaba, pero te lo puedes imaginar”.

Episodios impresentables

Volviendo al libro de Ana Romero, una de las periodistas con mejor información y perspectiva sobre la Casa Real, a medida que uno avanza en el libro se pasa del asombro a la perplejidad y de ésta a la indignación. Ninguno de nuestros peores monarcas se había atrevido como lo hizo el emérito a instalar a su barragana o manceba de turno en el propio recinto donde habitaba, como se hizo con la falsa princesa alemana en el recinto de la Zarzuela, en una casa habilitada a tal fin.  Nadie se atrevió a llevarla en su cortejo oficial como hizo Juan Carlos en viajes de Estado en aviones de nuestra Fuerza Aérea, o permitir que fuera tratada como su esposa en sus visitas a los estados árabes o que ésta se reclamase como agente oficial del Estado español en delicadas “misiones clasificadas”. ¿Y qué decir que el propio jefe de nuestra inteligencia la visitara en Londres o que la Corinna se reuniera con el de nuestra diplomacia, o lo peor de todo, que en uno de los momentos críticos de Juan Carlos sustituyera a la propia Reina en una clínica de Barcelona velando al ilustre paciente.

Ana apunta, pero no remata del todo el origen de la fortuna que los medios internacionales le atribuyen a Juan Carlos I, cuyo origen principal –según reveló uno de los encargados de liquidarla por parte de una de nuestras petroleras- es la propia comisión derivada de la llamada “renta del petróleo”, ni tampoco el origen de la cuantiosa herencia del Conde de Barcelona, aparecida en Suiza, sin que los españoles sepamos cómo llegó allí o si se pagaron los debidos impuestos.

Pero en cualquier caso es un libro documentado, impecable y terrible, que se debe leer, aunque apena arañe y revele una pequeña parte del reinado de Juan Carlos I, sucesor de Franco a título de Rey.

¿Sería Felipe VI rey de España si el episodio de Botsuana no hubiera trascendido?
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