La crítica de The Economist a Pedro Sánchez: le invita a dejar la Moncloa
En política, la resistencia es una virtud. Pero cuando se convierte en inmovilismo, puede llegar a ser un lastre. Esta es, en esencia, la acusación que The Economist, uno de los semanarios más influyentes del mundo, lanza contra Pedro Sánchez. En su reciente editorial, la revista británica no se anda con rodeos: propone la dimisión del presidente del Gobierno como vía para recuperar la estabilidad institucional y restaurar la confianza en la democracia española.
Las razones no se encuentran exclusivamente en los últimos casos de corrupción que salpican al PSOE, sino en una lectura más amplia y severa del momento político que atraviesa España. Sánchez, aseguran, ha sobrevivido en Moncloa a base de pactos frágiles y cesiones forzadas, lo que ha derivado en una legislatura marcada por la parálisis, la polarización y un Ejecutivo cada vez más rehén de sus socios. Más que gobernar, el presidente gestiona equilibrios precarios, sometido a la agenda de los partidos que le garantizan la mayoría.
La crítica de The Economist puede incomodar, pero no carece de fundamento. Desde su llegada al poder mediante una moción de censura que tumbó a Mariano Rajoy —a raíz de una sentencia demoledora contra el PP por corrupción—, Sánchez ha consolidado una imagen de resiliencia táctica. Ha salido airoso de elecciones, conflictos territoriales, y una pandemia. Ha cosechado logros innegables como la reforma laboral pactada con los agentes sociales, el refuerzo del Estado del bienestar o el reconocimiento del Estado palestino en un contexto internacional polarizado. Incluso ha mantenido a flote una economía que, aunque con raíces previas, presenta cifras de crecimiento, empleo y atracción inversora destacables en el entorno europeo.
Sin embargo, en política, los éxitos pasados no garantizan inmunidad frente a los errores presentes. La sombra de los casos de corrupción en el PSOE —con dos exsecretarios de Organización imputados en apenas un año—, ha caído como una losa sobre la narrativa regeneradora del presidente. Más aún cuando su reacción ha sido tibia, limitada a declaraciones de confianza en la justicia y una defensa institucional poco contundente. Para una ciudadanía cada vez más escéptica, las excusas ya no valen: se exige ejemplaridad, y esta parece brillar por su ausencia.
A este desgaste se suma el cuestionamiento sobre su modelo de gobernabilidad. La amnistía a los implicados en el procés, medida que Sánchez rechazó tajantemente durante años, se ha convertido en el símbolo más evidente de su dependencia de los partidos independentistas catalanes. Una concesión que, aunque útil para desbloquear la investidura, ha alimentado la desafección de parte del electorado y ha generado un malestar transversal, incluso entre las bases socialistas.
The Economist no propone una única salida, sino dos caminos posibles: o Sánchez convoca un congreso del PSOE y cede el liderazgo a una figura veterana con capacidad de diálogo transversal, o se adelantan elecciones para devolver la palabra a la ciudadanía. En ambos casos, el objetivo es el mismo: desbloquear una política atenazada por las trincheras, los vetos cruzados y los equilibrios imposibles.
El artículo señala también una paradoja inquietante: Sánchez, que llegó al poder con una moción contra la corrupción, se enfrenta ahora a un escenario que recuerda demasiado al que justificó aquella maniobra. La diferencia, claro, es que ahora no hay una mayoría alternativa clara. El PP no suma sin Vox, y muchos partidos rechazan esa fórmula por el coste de normalizar a la extrema derecha. El miedo a esa alternativa es, en última instancia, lo que mantiene a Sánchez en la Moncloa.
Así, el presidente transita por una cuerda floja cada vez más desgastada. Su imagen, otrora asociada a la audacia y la modernización progresista, se diluye entre cesiones incómodas, reformas atascadas y una sensación creciente de agotamiento político. La reducción de la jornada laboral, el aumento del gasto en defensa o la reforma fiscal siguen empantanadas, sin apoyos suficientes. Y todo ello mientras la agenda la marcan socios que no ocultan su falta de sintonía ideológica con el PSOE.
No es que Pedro Sánchez haya dejado de ser útil; es que quizás ha dejado de ser viable. Su figura, que en algún momento representó un resurgir de la socialdemocracia en Europa, parece ahora encarnar las limitaciones de un modelo agotado. Uno en el que las líneas rojas se han borrado en nombre de la gobernabilidad, pero que ha terminado minando la confianza en las instituciones.
Tal vez por eso, The Economist apela a un gesto que no es solo político, sino también ético: la renuncia como forma de asumir responsabilidades, pero también de liberar al país de una espiral de enfrentamiento que amenaza con enquistarse. Puede que Sánchez no lo vea así. Pero cada día que pasa sin presupuestos, sin reformas y con más titulares judiciales que legislativos, se refuerza la sensación de que su permanencia en el cargo sirve más para resistir que para transformar.
El verano ofrece tiempo para pensar. Y también para decidir si el liderazgo actual suma o resta al futuro del país. A veces, la decisión más valiente no es seguir, sino saber cuándo parar. @mundiario



