Crisis de autoridad en un Congreso desbordado por la bronca

Pedro Sánchez, presidente de Gobierno; y Alberto Núñez Feijóo, líder del PP. / X.
La sesión de control al Gobierno en el Congreso ha mutado en un espectáculo desbordado, donde los argumentos se diluyen entre gritos, acusaciones cruzadas y abandonos teatrales.

Lo sucedido en el Congreso de los Diputados esta semana no es solo un episodio más del ya habitual ruido parlamentario; es la constatación de que la política española ha entrado en una fase de descomposición del debate. Pedro Sánchez, en su intento por salir ileso del cerco de escándalos que salpican al PSOE, ha encontrado refugio en el barro del enfrentamiento. En vez de ofrecer explicaciones sólidas o asumir responsabilidades políticas, optó por el viejo comodín de comparar los pecados propios con los ajenos. 

La sesión comenzó con un hemiciclo caldeado, tanto por el contexto —la reciente investigación de la UCO que apunta al entorno socialista— como por el tono elevado de los líderes de la oposición. Feijóo, cada vez más cómodo en el rol de azote gubernamental, arremetió con dureza. Pero lo sorprendente no fue su ataque, ni siquiera las invectivas de Abascal, que llegó a abandonar la sala para no "soportar la chulería" del presidente. Lo verdaderamente revelador fue la ruptura del cordón político que unía, aunque con alfileres, a Sánchez con sus socios de investidura.

La intervención de Gabriel Rufián marcó un antes y un después. El portavoz de ERC, tradicionalmente indulgente con el presidente, fue esta vez implacable. Le exigió, sin ambages, que jurase que el caso Cerdán no es la “Gürtel del PSOE”. La respuesta de Sánchez, visiblemente alterado, fue una mezcla de irritación y negación. Y aunque intentó revestir su réplica de firmeza ideológica (“la izquierda no roba”), su reacción sonó más a desespero que a convicción. Porque cuando un aliado te exige que jures tu inocencia en público, lo que se está erosionando no es solo una relación política, sino la legitimidad de tu relato.

Por su parte, los ministros de Sumar optaron por ausentarse del banco azul salvo aquellos obligados por su turno de preguntas. La vicepresidenta Yolanda Díaz, otrora aliada clave, brilló por su ausencia. El silencio, en política, también habla. Pablo Bustinduy, titular de Derechos Sociales, aprovechó su intervención para marcar diferencias: negó que la corrupción sea un mal inevitable y recordó que “ni un solo caso” ha salpicado a las organizaciones de izquierda que, como su partido, han sido víctimas del lawfare. Un dardo directo al corazón del relato socialista.

Todo ello se desarrolló en un Congreso convertido en circo, donde el respeto parlamentario fue la primera víctima. La presidenta de la Cámara, Francina Armengol, apenas logró hacerse oír entre los gritos, insultos y ovaciones coreografiadas. Las interrupciones fueron constantes, las formas se diluyeron en la bronca y el tono general dejó claro que el Parlamento, lejos de ser el templo del diálogo democrático, se ha transformado en una arena de confrontación primitiva.

Y en ese contexto, Pedro Sánchez parece haber agotado su repertorio. El escudo de los casos del PP ya no le protege, porque el escándalo ahora le salpica directamente. Las menciones al novio de Ayuso o al conselleiro gallego dimitido ya no neutralizan las preguntas que apuntan a su entorno personal: su esposa, su hermano, su exsecretario de Organización. Es entonces cuando el “y tú más” deja de ser una herramienta retórica y se convierte en un grito de supervivencia política.

El fondo del problema no es solo la corrupción, real o presunta. Es la percepción, cada vez más extendida, de que el Gobierno no gobierna, sino que resiste. Que la política española ya no se articula en torno a ideas, sino a estrategias de desgaste. Que en lugar de explicaciones, se ofrecen listas de agravios. Y que mientras los partidos se enzarzan en sus batallas de desgaste, la ciudadanía asiste, hastiada, a un espectáculo indigno de la democracia.

Sánchez aún conserva la aritmética parlamentaria, pero ha perdido parte del relato. Cuando el líder del Gobierno se enzarza con sus socios, cuando su bancada aplaude por inercia más que por convicción, y cuando la oposición se va del hemiciclo sin escuchar respuestas, el sistema entero da señales de fatiga. Lo que está en juego ya no es solo el futuro de este Ejecutivo, sino la credibilidad misma de las instituciones.

El Congreso se ha llenado de ruido. Pero en política, cuando el ruido tapa la palabra, es que algo mucho más profundo se está resquebrajando. @mundiario