Cómo el ascenso ultras descoloca al PP y reconfigura el tablero político español
Hay partidos que avanzan sin moverse. Vox es, hoy, el mejor ejemplo de ello. Sin apenas exposición mediática, con un Santiago Abascal casi invisible y un discurso político repetitivo, la formación de extrema derecha ha logrado alterar el equilibrio de fuerzas entre los grandes partidos españoles. Lo ha hecho apelando al descontento social, a la indignación digital y a la nostalgia de certezas en un mundo convulso. El resultado: un PP desorientado, una izquierda expectante y un clima político donde la crispación se ha convertido en la nueva normalidad.
En los despachos de Génova, el nerviosismo es palpable. Las encuestas internas dibujan un escenario inquietante: el mordisco de Vox supera ya el millón de votantes y amenaza con arrebatar a los populares el liderazgo de la oposición. El fenómeno recuerda, con inquietante simetría, lo que sufrió el PSOE con el primer Podemos: un competidor que nació a su izquierda y que, por momentos, pareció capaz de devorarlo. Hoy, el PP vive su propio “sorpasso fantasma”, empujado por un partido que le disputa el alma desde la derecha.
El error del Ayuntamiento de Madrid al respaldar —aunque solo fuera por unas horas— la propuesta de Vox sobre el inexistente “síndrome posaborto” no fue un simple tropiezo municipal: fue la prueba más visible de hasta qué punto el PP ha perdido el control de su narrativa. Cuando un partido se deja marcar la agenda por otro, empieza a perder la batalla ideológica. Vox ha logrado lo que buscaba: obligar a los populares a moverse en su terreno, entre la desconfianza hacia la inmigración, la nostalgia de valores “tradicionales” y una concepción restrictiva de los derechos individuales.
Desde La Moncloa, la situación se observa con una mezcla de prudencia y cálculo. Sánchez no tiene intención de adelantar las elecciones generales: 2026 será, según su entorno, “el año de los fondos europeos”, el cierre de un ciclo político y económico que el presidente quiere capitalizar antes de volver a las urnas. Pero el Ejecutivo no ignora el peligro que entraña el crecimiento de Vox. Si bien su auge puede dividir el voto de la derecha y dar aire al PSOE, también representa una amenaza sistémica: cuanto más se normaliza el discurso ultra, más se tensionan los consensos básicos que sostienen la democracia española desde 1978.
La paradoja es que tanto el PP como el PSOE se benefician, en distinta medida, de la existencia de Vox. El primero lo necesita para gobernar en varias autonomías; el segundo, para mantener fragmentada a la oposición. Pero ambos corren riesgos: el PP porque cada concesión al discurso de Abascal erosiona su credibilidad centrista; el PSOE porque un auge excesivo del populismo ultra puede desbordar las reglas del juego democrático.
En el fondo, lo que se dirime no es una cuestión electoral, sino cultural. Vox ha sabido conectar con un malestar difuso —una sensación de pérdida, de agravio y de hartazgo— que la política tradicional no ha sabido canalizar. En una sociedad cansada de tecnocracia y corrección política, el discurso simplista y emocional encuentra terreno fértil. Los ultras no ofrecen soluciones, pero sí una narrativa: ellos son los “únicos que dicen la verdad”, frente a un sistema que “traiciona” al ciudadano común. Es el mismo combustible que alimenta a Le Pen en Francia, a Meloni en Italia o a Milei en Argentina.
El PP, por su parte, parece atrapado en una trampa que no sabe desactivar. Si se distancia de Vox, corre el riesgo de perder a su base más conservadora; si se le acerca, pierde al electorado moderado que necesita para gobernar. Feijóo llegó a la política nacional prometiendo sensatez y centralidad, pero su discurso se ha ido endureciendo, empujado por el vértigo de las encuestas. El resultado es un partido sin relato propio, rehén de los temas y tonos que impone su adversario.
El Gobierno, mientras tanto, aprovecha cada torpeza del PP para reforzar su posición. La rectificación de Almeida en Madrid permitió a Sánchez reabrir el debate sobre el aborto como derecho constitucional, desplazando de nuevo el foco hacia un terreno ideológicamente favorable al progresismo. No es solo táctica: es una estrategia de desgaste prolongado. En política, quien marca la agenda gana, y ahora mismo Vox marca la de la derecha y Sánchez la del país.
La pregunta es cuánto puede durar este equilibrio inestable. Si Vox sigue creciendo, no solo alterará la correlación de fuerzas en la derecha, sino que redefinirá el tono del debate público. Las campañas se harán más emocionales, las propuestas más extremas y el diálogo más difícil. El PP se enfrenta al dilema de siempre: o reconstruye un proyecto político propio, capaz de atraer al centro sin renunciar a la derecha, o acabará siendo arrastrado por la ola que dice querer contener.
Y quizá, en ese espejo incómodo que le tiende Vox, el PP vea reflejado su mayor problema: haber perdido la confianza en su propia identidad. Porque en política, como en la vida, cuando uno deja que otro decida de qué se habla y cómo se habla, ya ha empezado a perder. @mundiario


