Trump y Maduro: presión máxima, ultimátum fallido y un giro peligroso en el Caribe

Ilustración de Donald Trump y Nicolás Maduro hablando por teléfono. / Mundiario

La escalada militar y diplomática entre Washington y Caracas exhibe más incertidumbres que certezas, mientras crece la polémica por los ataques a narcolanchas y se diluye la opción de una salida negociada.

La política estadounidense hacia Venezuela ha vuelto a una zona roja en la que se mezclan ultimátums fallidos, operaciones militares de dudosa legalidad y gestos diplomáticos que empiezan y terminan sin dejar rastro. Según reveló la agencia Reuters, Donald Trump exigió a Nicolás Maduro en una llamada telefónica que abandonara el poder antes del 28 de noviembre a cambio de garantías de seguridad y traslado a un tercer país. El plazo expiró sin resultados y la oferta se evaporó tan rápido como se hizo pública. En reacción, Washington anunció el cierre del espacio aéreo venezolano, un movimiento que elevó la tensión sin aportar una hoja de ruta.

Mientras tanto, la Casa Blanca confirmaba un dato inquietante: tras hundir una narcolancha en el Caribe el 2 de septiembre, las fuerzas estadounidenses ejecutaron un segundo ataque que mató a los dos supervivientes del primer golpe. La portavoz Karoline Leavitt atribuyó la decisión al almirante Frank Bradley, jefe de Operaciones Especiales, apelando a la “defensa propia” en aguas internacionales. Pero la explicación choca con el propio manual del Pentágono, que cita expresamente estas situaciones —atacar a náufragos— como ejemplos de órdenes que deben ser rechazadas. La polémica ha atrapado al secretario de Defensa, Pete Hegseth, acusado por fuentes citadas por The Washington Post de haber pronunciado la orden de “matadlos a todos”. Él lo niega; Trump, ambiguo, promete “aclararlo”.

Este episodio revela el verdadero trasfondo de la estrategia estadounidense: una campaña antidroga, la Operación Lanza del Sur, que desde septiembre ha dejado al menos 83 muertos en más de una veintena de ataques. Washington insiste en que se trata de una ofensiva contra el “narcoterrorismo” y el llamado cartel de los Soles, que incluye a altos cargos civiles y militares venezolanos. Pero la intensidad de la operación —y especialmente la mortalidad asociada— abre preguntas legales, éticas y políticas que la Administración evita responder.

La reunión celebrada este lunes en la Oficina Oval, con todo el núcleo duro de seguridad nacional de Trump —Marco Rubio, Dan Caine, Susie Wiles, Stephen Miller y el propio Hegseth— no ha arrojado datos clarificadores. Ni hoja de ruta ni señales de una estrategia coherente. Solo la certeza de que se evalúan “los próximos pasos” y que Venezuela sigue en el centro de la escena militar y geopolítica estadounidense.

El margen de Maduro se estrecha

En este contexto, Maduro tampoco ha mostrado voluntad real de avanzar hacia una transición. Según Reuters, planteó condiciones tan amplias —amnistía para él y su familia, fin de sanciones, retirada de cargos ante la Corte Penal Internacional, y un Gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez— que difícilmente podían prosperar. Su margen se estrecha y busca una segunda llamada con Trump que, por ahora, no llega.

La tentación de interpretar esta combinación de amenazas, filtraciones y operaciones militares como la antesala de una intervención directa es comprensible. Pero sería un error. Atacar militarmente a Venezuela no es tan sencillo como algunos creen, ni su beneficio político es evidente. Trump ha construido buena parte de su relato sobre no haber iniciado ninguna guerra; romper ese récord a meses de una nueva campaña electoral sería una apuesta arriesgada.

El cierre del espacio aéreo, los contactos preliminares entre ambas administraciones y el aumento del despliegue militar indican una fase de presión intensificada

Lo que sí es evidente es que algo se mueve: el cierre del espacio aéreo, los contactos preliminares entre ambas administraciones y el aumento del despliegue militar indican una fase de presión intensificada. Pero hablar de negociación es excesivo. No hay conversaciones estructuradas, ni mediación creíble, ni señales de un acuerdo en ciernes. Solo una tentativa de diálogo que podría morir antes de nacer.

El riesgo, en cambio, sí es tangible. Las operaciones en el Caribe —de opacidad notable y recuento letal elevado— erosionan la legitimidad estadounidense y refuerzan la narrativa victimista del chavismo. El ultimátum fallido, lejos de debilitar a Maduro, le ha permitido mostrar que sigue en control del aparato estatal y que el extranjero no impone sus tiempos.

En definitiva, Washington y Caracas han entrado en una dinámica de presión sin brújula, donde cada gesto se interpreta como preludio de algo mayor y, paradójicamente, nada acaba de pasar. Una política-espectáculo en la que abundan los titulares y escasean las soluciones. En ese terreno, y ante dos líderes acostumbrados a la retórica inflamable, el riesgo no está en lo que dicen sino en lo que, en algún momento, decidan hacer. @mundiario