Toda contemporaneidad conlleva temporalidades encontradas

La linealidad del tiempo explica poco lo que sucede: la pura cronología se queda corta para contar qué es un avance o un retroceso.
Donald Trump vota en Florida. /RR.SS
Donald Trump. /RR.SS

El nuevo acceso de Trump a la Casa Blanca está cargado de confusión, especialmente para cuantos acumulan años. No es esta la única generación que vive perpleja ante cuanto le toca vivir; abundan en las desconcertadas y no faltan las que creyeron de verdad que el tiempo se acababa. No se explican de otro modo las repeticiones de rasgos de algunos profetas del Antiguo Testamento ni, en el Nuevo, que el Apocalipsis fuera incluido entre los libros canónicos de la primitiva comunidad cristiana. De la inminencia del fin del mundo –esperada por múltiples razones- , hay mucha presencia en el arte medieval, especialmente en el cambio del milenio. Lo reflejan los Beatos: el de Liébana y el de la Biblioteca Nacional son fieles testigos de  esa creencia recurrente. En los últimos ocho siglos, las pestes, las guerras, los cambios del “orden” vigente -fueran económicos o políticos-  han seguido dando pie  a variadas expresiones del mismo cariz. El miedo y el ansia de encontrar sentido  a lo que ocurre –o parece  que va a ocurrir- animan todo tipo de sugestiones. En fin, los soportes del cine y del cómic, de índole a veces distópica y muchas otras utópica, crecen con este mismo horizonte temático. Siempre la confluencia de lo nuevo y lo viejo atraen apreciaciones subjetivas, en que el afán de seguridad acoge variadas maneras de hacer convivir lo que pasa por la imaginación y lo que acontece.

Los desajustes entre cronología y la Historia también son frecuentes. En la información cotidiana, es recurrente que la continuidad de hechos y personas no indique, por sí misma, avance o retroceso. Observada en detalle  y bajo el prisma de los beneficios o pérdidas y sus afectados, en el transcurso de la cronología se advierten patrones de continuidad y discontinuidad cuyo contraste permite advertir aspectos cualitativos de gran relevancia. Esta precaución, básica para distinguir unos tiempos de otros, permite advertir cambios significativos, pasos hacia adelante y atrás, progresos, melancolías y desesperanzas. Retiradas las consideraciones de valor, muchas veces aparecerá una rara disparidad entre lo que consigna la Cronología  -un antes y un después físico- y la Historia, es decir, lo que realmente acontece en cuanto mejora o deterioro la vida humana. Es decir, que el tiempo histórico no es mera cronología. Los historiadores de la Escuela de Annales (1929), por ejemplo, distinguían por tal motivo la existencia de tiempos ”largos” y tiempos “cortos” que pudiera encerrar su configuración. Hegel (1807) por su parte, había distinguido, en su filosofía del tiempo, tres  fases dialécticas en su tránsito, más idelista que cronológico. Y mucho antes, Agustín de Hipona había dejado constancia en sus Confesiones (398 d.C.) de que el hecho de escribir lo hacía “en el tiempo”, y que “hace mucho tiempo que hablo del tiempo, que este mucho tiempo no es sino un trayecto del tiempo”, pero ignorando “qué es el tiempo”.

Volver y volver

Tales reflexiones, experiencias y expectativas, desengaños, esperanzas y atisbos de escepticismo, vuelven a acumularse en el inicio de la que se ha llamado “Era Trump”, de cronología precisa y valores inciertos cara a estos cuatro años que siguen. Sin apenas haberse iniciado, la simple catalogación temporal difumina el valor de lo que haya acontecido antes, y quiere exaltar el que aportará a la Historia común de los humanos. La falta de suficiente contraste explica  el desasosiego más que razonable de cuantos leen en los gestos y palabras –ampliamente divulgados por los amigos del personaje- que el conservadurismo ultra ganará más peso en las decisiones que tome.

No hay duda de que tendrán repercusión bastante lejos de Washington, incluida España, donde es relevante destacar que, a cada ciudadano no le será fácil comprobar, por sí mismo, el justo valor histórico de cuanto acontezca en esa capital a partir de este 20 de enero. En el material a que habitualmente tenga acceso –especialmente a través de redes de dudosa neutralidad- encontrará criterios y versiones encontradas. Las pugnas mediáticas, siempre interesadas, poco le ayudarán y verá, incluso, que una gran mayoría de personas, pasadas a la indiferencia, no habrán advertido esa carencia. En todo caso, es raro que la educación recibida no se haya ocupado en proporcionarle una capacidad crítica suficiente para distinguir lo que merece la pena de lo que no, cuando ningún argumento  hay, salvo la desidia, que justifique la indolencia de las políticas educativas en este sentido. Los años de escolaridad debieran, al menos, desarrollar cierta capacidad comprensiva para la lectura de la prensa que, en papel o en pantalla, está al alcance ordinario de todo ciudadano.

Contrasta este objetivo del derecho a la educación, con lo que el pasado día 13 cpnfirmó un evento en el Ateneo de Madrid, en que se puso de manifiesto que el reparto de competencias educativas en los años noventa había generado, en algunas Comunidades, la desregulación del sistema escolar. Los datos allí aportados, indicaron que, como si de una cadena de montaje se tratara, proletarizan a sus trabajadores docentes de tal modo que, más taylorizados que nunca, su intensa burocratización no les deja tiempo ni incentivos para construir un modelo crítico y moderno. Por esencial que sea a una democracia sólida, el utilitarismo tecnocrático que estarían imponiendo a este trabajo muchos gestores  de las políticas educativas españolas, no precisa la ejemplaridad de los nuevos inquilinos de la Casa Blanca. Llevan años financiando lo público-público a la baja y venden como selecto un sistema en que los fracasos que induce incumplen el artc. 27 de la CE78. Robando dignidad educativa a muchos chicos y chicas en edad escolar, esta gestión, heredera de un pasado deficitario,  protege en su estructura dual marcas de desigualdad. Afectan especialmente a quienes más necesitan un digno sistema que enseñe a “leer” del modo adecuado a los tiempos que corren e, indirectamente, generan abulia democrática.

Que al calor que inspire Washington sea un “progreso” porque sucede en 2025, es difícil de admitir por cuantos entienden que los valores comunitarios a sostener y ampliar son otros. En particular, “la libertad”, imprescindible para cualquier conversación democrática. Ante cuantos hacen la ola a los plutócratas americanos, revertir los desajustes de esta coyuntura entre cronología y contemporaneidad educadora exigirá resistencias similares a las que, según Fray Toribio de Benavente, ponían los indios a la invasión cultural de los españoles. @mundiario

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