Proliferan los estilos victimistas de mostrarse ante los demás

Esta forma de distinción, basada en supuestos agravios, tiende a confundir y exige a los demás ciudadanos privilegios excepcionales.
Victima. / Pixabay.
Victima. / Pixabay.

El victimismo es una plaga que carcome la confianza, actitud esencial para la dignidad democrática. Los largos años del Antiguo Régimen, sumados a formas alternantes de colonialismos autoritarios de la vida política, nunca hicieron desaparecer del todo aquellas maneras de la distinción. A medida que la burguesía afianzó sus maneras de control rentable del sistema productivo, conformó también las de control político, sus gustos y preferencias de libertad. Buena parte de lo acontecido en el siglo XIX y del XX ha legado a este siglo una herencia en que el gran debate es ver en qué medida, haciendo como que no existe la clase trabajadora, las llamadas genéricamente clases medias  imitan libremente –sin aparente coacción- a los dueños de cuanto genera valor.

No ha cesado de repetirse en este tránsito que “Todo es bueno para el convento” o “todo viene bien para el convento”, apotegma generado en las luchas de los llamados “apostólicos” con quienes les disputaban la civilidad del poder. Al parecer, aludía a la excusa de un fraile que llevaba a cuestas a una mujer que había recogido en alguna parte, y cumple también a lo que se ve, oye y predica desde noticiarios y tertulias diversas. En el tiempo presente, en que han crecido las formas en que cierto aristocratismo de aspecto benevolente, echa mano del populismo. Esta supuesta proximidad reitera episodios en que los sujetos activos no necesariamente son clérigos ni aristócratas fetén; “todo” les vale y ante cualquier situación política juegan a proteger su poder. Hay cúspides partidistas que los coaligan para que no tengan reparos en nada si conviene para vencer al contrario y, por un tiempo, darse la razón a sí mismos.

En la escena internacional, dentro de unos días se verá en el Gotha, el triunfo de este estilo político. Por primera vez en la historia del Norte alcanza la presidencia un señor convicto de 35 delitos, al que, gracias a haber logrado el favor ciudadano, le eximen de cuanto chanchullo golpista montó en 2021. Su proyecto, propagado a cuenta de supuestos victimismos de colectivos ajenos al suyo,  no tiene inconveniente ético en alardear de cuanto se le antoja. Pronto veremos qué pasa, incluso, con las relaciones internacionales, supuestamente pacíficas desde la IIªGM. No admite la existencia de una hegemonía en declive y pregona que su geopolítica expansionista  reconfigurará la estrategia americana bajo nuevos pretextos de seguridad. El siempre aleatorio Oriente Medio ya está siendo reformulado en el ajedrez internacional; se va Biden queriendo dejar recosido el tablero de juego, y Trump se ocupa de garantizar su provisionalidad en un mundo cambiante, cuando a escala mundial las piezas fuertes del poder ya se mueven en los escaques del Pacífico. Antes de que el día 20 de enero se traspase la presidencia de Washington, una cohorte de multimillonarios está encantada de tener la ocasión de expandir sus monopolios en el nuevo mapa de relaciones. El PIB particular de plutócratas como Zuckerberg y Elon Musk supera el de países enteros de la UE, y se aviene con los alardes del populismo trumpista. Su capacidad de interferir en la ignorancia o el conocimiento a través plataformas tecnológicas y recursos es abrumadora y ya han mostrado al resto de los humanos la poca capacidad que tienen de ejercitar razonablemente su libertad. En la legislatura que empieza, sus gestos de cercanía esperan acrecentar la rentabilidad de sus negocios, y en Los Ángeles, mientras arden miles de casas, la élite de los millonarios luce sus propios bomberos.

Simulaciones en torno a la Moncloa

En el microespacio hispano nunca han dejado de existir simulaciones similares. La picaresca, original aportación española a la narrativa literaria, se está convirtiendo con los vientos que soplan de América en plagio del populismo victimista. Desde que una moción de censura desbancó a Rajoy en 2018, los que perdieron el envite han cogido afición a los relatos con altas dosis de este componente; lo esgrimen para que crezca su número de fieles y que el reconocimiento mutuo embargue a cuantos, por variopintas razones, se inquieten por que su posición socioeconómica pueda decaer. Las solemnes declaraciones de sus líderes denotan un desparpajo de gran reverberación cuando logran que el periodismo de micrófono  reproduzca su arrojo en directo para los noticiarios. La última de estas revelaciones, a cargo de Nacho Cano, fue que era un perseguido de la Moncloa. Los adjetivos que empleó y la nombradía de sus amistades y labores procuraron  que el resto de los mortales se pusiera de su lado sin preguntar si “se podía levantar”. Todo ayudaba a que el televidente –especialmente si se sentía agraviado por algo- asintiera al cabreo que el locuaz entrevistado expresaba. También en democracia existen situaciones conflictivas y ahí estaba esta educación informal tratando de sintonizar con las audiencias sin desmejorar la posición de los selectos.

Esta tendencia ya estaba de moda antes de que la presidenta madrileña, sus allegados y servidores, se hicieran cargo de emitir mensajes oscurecedores de lo que hacen cada vez que les ponen un micrófono delante. Como alumno bien educado, Feijóo, contraprograma a la Moncloa y trata de obedecer lo que le dicen que haga; para progresar adecuadamente, todo le vale. Amnistías, desastres, agua, inmigrantes o vivienda, son cuestiones a las que, incluso el puente hacia Junts per Catalunya deja en la irrelevancia  la larga dedicación de un juzgado a los mails del la Fiscalía del Estado. Desviada la atención de Dña. Isabel y su novio, el victimismo de este con Hacienda puede permitirle  irse “de rositas”, como dice Rosa Villacastín. El método seguido, una joya del esperpento, es obra de un M.A.R. que ya “peina canas”, responsable de haber elevado de Valladolid a la Moncloa al actual oráculo de FAES, el profeta  nostálgico de la alta misión de que “el que pueda hacer que haga”, porque Sánchez es “un peligro para la democracia”.

La primera víctima de tan aristocratizante victimismo se advierte en algunos gestos del presidente actual del Gobierno y su entorno. No es para menos: el resto de los españoles lo sufre desde casi siempre. A la mayoría, el supuesto derecho escolar a la educación no los ha facultado –según reiteran los informes PISA- para discriminar lo verdadero de lo falso; se informan como pueden, pero la rutina de sobrevivir no les deja tiempo, ni medios. Quienes también peinan canas, educados en la austeridad de que “vanitas vanitatum et omnia vanitas” (Eclesiastés, 1, 2), no entienden lo que está pasando, pero puede que el ritmo victimista de los dueños de las vanidades mundanas logre este mes de enero hacer entender para qué quieren el Estado. @mundiario

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