El Sáhara Occidental, de la geopolítica a la economía: la consolidación marroquí
En España, el Sáhara Occidental suele evocarse como un vestigio colonial o un dilema moral no resuelto. Pero para Marruecos –y cada vez más para las potencias occidentales– el territorio ha pasado a ser, sobre todo, una cuestión económica. Minería, energía y pesca son los pilares de un nuevo marco de intereses que ha desplazado el debate político hacia una lógica de control y rentabilidad.
El Sáhara Occidental posee una de las mayores reservas de fosfato del planeta. En Bucraa, la estatal marroquí OCP Group explota un yacimiento que alimenta la agricultura global y contiene trazas de uranio, recurso estratégico de creciente valor. Desde allí parte una cinta transportadora de más de cien kilómetros hasta el puerto de El Aaiún, símbolo visible de la integración del territorio en la economía marroquí.
A este factor minero se suma el potencial energético. Las prospecciones de hidrocarburos frente a Bojador, impulsadas por la Oficina Nacional de Hidrocarburos y Minas de Marruecos y diversas empresas extranjeras, apuntan a posibles reservas de petróleo y gas. Aunque todavía no hay explotación a gran escala, el interés de Rabat y de sus socios europeos y estadounidenses refleja la expectativa de un futuro energético propio.
El tercer pilar económico es el mar. El banco pesquero canario-sahariano, uno de los más ricos del Atlántico, ha sido fuente constante de acuerdos entre la Unión Europea y Marruecos. Sin embargo, su inclusión en esos tratados ha generado controversias jurídicas, ya que la ONU sigue considerando al Sáhara un territorio no autónomo pendiente de descolonización. La reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la UE, que subraya que el Sáhara es “separado y distinto” de Marruecos, contrasta con la práctica comercial europea, que continúa importando productos pesqueros y agrícolas saharauis a través de Rabat.
Un cambio de época
La resolución 2797 del Consejo de Seguridad, aprobada el 31 de octubre, no cierra el conflicto, pero sí marca un cambio de época. La comunidad internacional ha asumido de facto el plan de autonomía marroquí como vía de salida, relegando la promesa de un referéndum de autodeterminación. Medio siglo después de la Marcha Verde, Marruecos ve recompensada su estrategia de persistencia: consolidar el control político y militar del territorio y desarrollar una base económica que haga irreversible su dominio.
El Gobierno marroquí ha desplegado en los últimos años un vasto programa de inversiones en las llamadas “provincias del sur”: puertos, parques eólicos, carreteras y zonas industriales. Bajo el lema de la “integración territorial”, Rabat busca mostrar que el desarrollo y la estabilidad solo son posibles dentro del marco marroquí. Pero este impulso económico, presentado como modernización inclusiva, refuerza la subordinación del territorio y de sus recursos a los intereses del Estado central.
Marruecos se presenta ante Europa como garante del control migratorio, aliado en la lucha contra el yihadismo en el Sahel y en el corredor energético hacia el continente
Para Mohamed VI, el Sáhara útil –el que genera rentas y legitimidad internacional– es la piedra angular de su política exterior. Marruecos se presenta ante Europa como garante del control migratorio, aliado en la lucha contra el yihadismo en el Sahel y en el corredor energético hacia el continente. La apuesta tiene réditos diplomáticos: Estados Unidos, Francia, Alemania y España respaldan la autonomía marroquí en nombre de la estabilidad regional.
Pedro Sánchez ha asumido esa posición con un coste político evidente. España, potencia administradora según la ONU, renunció de hecho a su papel en la descolonización y se alineó con la realpolitik de sus socios. A corto plazo, la decisión fortalece las relaciones con Rabat y preserva la cooperación migratoria y económica; a largo plazo, erosiona la credibilidad internacional de un país que se dice defensor del derecho internacional.
Marruecos, por su parte, consolida su proyecto. Con un gasto militar creciente –un 17% más en el último año, apoyado por tecnología estadounidense e israelí– y una red de alianzas empresariales con grandes grupos europeos, Rabat avanza hacia el modelo de potencia regional media que ambiciona. El Sáhara, en ese esquema, es una pieza clave.
Queda por ver si esa prosperidad se traduce algún día en beneficios tangibles para el pueblo saharaui. Por ahora, la riqueza del territorio sigue siendo motor de un dominio económico que sustituye al político. En el tablero global, el Sáhara Occidental ha dejado de ser una causa y se ha convertido en un activo. @mundiario


