Por qué los jóvenes varones están abrazando a la extrema derecha en Europa
Hace apenas un año, la suma de fuerzas entre populares, socialistas y liberales logró frenar el avance institucional de la extrema derecha en el Parlamento Europeo. Fue un cierre de filas que permitió contener, al menos momentáneamente, el ascenso de unas formaciones que llevan tiempo consolidándose como actores políticos con ambiciones de gobierno. Pero la contención parlamentaria no resuelve la preocupación de fondo: el crecimiento persistente del apoyo social a estos partidos, especialmente entre los hombres jóvenes. Un fenómeno que ya no puede considerarse marginal ni pasajero.
Un reciente estudio académico –realizado por investigadores de universidades como la Humboldt de Berlín, la London School of Economics, la Universidad de Ámsterdam y la Universitat Pompeu Fabra– alerta de un dato particularmente inquietante: los hombres de las generaciones Z y millennial están adoptando en masa las ideas de la extrema derecha. En las elecciones europeas de 2024, uno de cada cinco hombres jóvenes votó por una formación ultra. Entre las mujeres del mismo rango de edad, el apoyo fue sensiblemente menor, aunque también relevante: un 14%. Se trata de una brecha de género constante, pero que ha alcanzado su punto más alto en las últimas elecciones, lo que da pistas sobre el perfil ideológico emergente en el continente.
Una nueva juventud de derechas
Durante años se creyó que el radicalismo juvenil era una etapa efervescente, casi inevitable, que se suavizaba con la madurez. Pero esta hipótesis, según los autores del estudio, podría estar caducando. Lo que se aprende de joven, advierten, no se olvida: se convierte en parte del equipaje ideológico que acompaña a cada individuo durante toda su vida adulta. La identificación temprana con discursos de extrema derecha no es, por tanto, un experimento adolescente, sino una socialización política profunda. Algo que está teniendo lugar, además, en un momento en que esas ideas han saltado del margen a las instituciones.
La extrema derecha, hoy, no necesita esconderse ni disfrazarse: sus mensajes circulan con soltura en redes sociales, se amplifican en canales digitales y son reproducidos por partidos que ya no son antisistema sino parte del sistema. Esa normalización –la presencia ultra en parlamentos, medios y gobiernos locales– facilita la adopción ideológica entre jóvenes que buscan respuestas a sus frustraciones. Y eso, a su vez, refuerza el ciclo.
Jóvenes desencantados, varones vulnerables
¿Pero qué está empujando a tantos jóvenes hombres europeos hacia esa radicalidad? No es solo un rechazo visceral a la inmigración o una reacción identitaria frente al feminismo, aunque estos factores siguen pesando. El estudio apunta a causas más estructurales y materiales. Los jóvenes, en general, se sienten perdedores de la globalización: atrapados entre el encarecimiento de la vivienda, los empleos precarios y la dependencia de sus familias. Pero los hombres, en particular, experimentan este malestar con mayor agudeza, porque la presión social que todavía les exige triunfar –económica y profesionalmente– los vuelve más vulnerables a la frustración.
En ese caldo de cultivo, los mensajes agresivos, directos y simplificadores de la extrema derecha encuentran terreno fértil. Ofrecen un chivo expiatorio (el inmigrante, el feminismo, la burocracia europea), una promesa de orden y pertenencia, y una estética de fuerza que seduce a quienes se sienten débiles. Frente a ello, las mujeres jóvenes, que en general tienden a posiciones más progresistas, muestran una mayor resistencia al mensaje ultra, en parte por diferencias de socialización: tienden a rechazar el riesgo político y muestran una mayor sensibilidad hacia las normas sociales y los derechos colectivos.
Además, hay diferencias notables en los canales de consumo de información: mientras ellas prefieren entornos más moderados como Instagram, ellos tienden a sumergirse en espacios como YouTube o TikTok, donde proliferan discursos polarizados y comunidades que refuerzan el resentimiento masculino. No es casual que muchos de los influencers de referencia entre los varones jóvenes estén relacionados con ideas ultraconservadoras o abiertamente misóginas. La batalla cultural se libra también –y sobre todo– en el algoritmo.
Un fenómeno europeo, un reto político
Este viraje generacional hacia la extrema derecha no es exclusivo de un país. El estudio abarca 27 Estados miembros de la UE y confirma que la tendencia se repite en casi todos ellos, con algunas excepciones como Dinamarca, los países del Benelux y Letonia. La brecha de género en el voto ultra está presente en todas las generaciones, pero es especialmente acusada entre los más jóvenes. Y, lo que es más importante, todo indica que estos jóvenes no cambiarán fácilmente de orientación ideológica al llegar a la madurez. No estamos ante una moda pasajera, sino ante un verdadero cambio de ciclo.
Los partidos de extrema derecha, por su parte, han sabido adaptar sus mensajes a los contextos nacionales. El eje común es siempre la inmigración, pero a ello se suman otras banderas según el país: las políticas de igualdad en Alemania o España, la vivienda en Italia, la identidad nacional en Francia. La oferta ultra es flexible en las formas, pero firme en el fondo. Y sabe cómo conectar con una generación desorientada, a menudo apática y alejada de los canales tradicionales de participación política.
¿Qué hacer ante esta tendencia?
Negar el problema no lo hará desaparecer. Demonizar a los jóvenes que votan a la extrema derecha tampoco. Lo urgente es entender qué les está empujando hacia esos discursos y qué está fallando en la oferta política de los partidos democráticos. Porque el voto ultra no es un virus que se propague por contacto, sino una respuesta –equivocada, pero comprensible– al malestar social, económico y existencial de una generación que se siente abandonada.
La izquierda, el centro liberal y los conservadores democráticos tienen la responsabilidad de ofrecer respuestas reales y creíbles a esas frustraciones. Necesitan hablar de vivienda, de empleo digno, de salud mental, de futuro. Y deben hacerlo en los canales donde están los jóvenes, con un lenguaje que no suene paternalista ni moralizante. No basta con invocar la memoria del fascismo o los valores europeos. Hay que construir un horizonte que merezca la pena ser defendido.
El auge de la extrema derecha entre los jóvenes no es solo una amenaza electoral. Es un síntoma de una crisis más profunda: la pérdida de fe en el progreso, en la democracia, en la posibilidad de una vida mejor. Recuperar esa fe es el verdadero reto de nuestra época. Y no hay tiempo que perder. @mundiario



