Presente y futuro de Europa
Si entre los objetivos estratégicos declarados de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos está el de “cargarse a Europa” o cuando menos someterla a su dominio porque “ha estado gorroneando de Estados Unidos” uno no podía esperar, ni de lejos, que aquella le facilitara el trabajo. Veamos los hechos que nos llevan a afirmar tal cosa.
Empecemos por la guerra en Ucrania. No caben dudas sobre que el cambio de rumbo llevado a cabo por la nueva administración estadounidense que ahora se dirige a conseguir un acuerdo de alto el fuego con Rusia ha descolocado a una Unión Europea empeñada en una estrategia belicista a pesar de las evidencias de que la derrota de Rusia es una utopía. Mientras, crece el número de víctimas tanto de soldados como de civiles, y aumenta el destrozo de infraestructuras, equipamientos y todo tipo de bienes y activos ucranianos. Mas aún: esta estrategia belicista ha colocado a Volodymyr Zelenski en una posición de extrema debilidad negociadora presente y futura. El fracaso de la Unión Europea en este asunto va a ser histórico y tendrá consecuencias tanto e nivel interno, se agudizarán las actuales tensiones, como externos: especialmente a su posición en el tablero político mundial que será mucho más marginal y secundaria. Algo que de alguna forma ya se está viendo con su pérdida de prestigio y presencia en el Sur global.
Sigamos ahora con el genocidio en Gaza. Ya no quedan palabras para calificar el magnicidio que el gobierno israelí, que preside el criminal de guerra Benjamín Netanyahu, está provocando en Gaza a la que ha convertido en un cementerio de gazatíes, especialmente de mujeres y niños, mostrando al tiempo una crueldad infinita. Una masacre frente a la que Europa mantiene una actitud cínica y miserable, pues aparte de no hacer nada realmente importante por detenerla, suministra armas que se emplean en la masacre y compra armamento que contribuye a enriquecer las arcas del estado israelí, uno de los más militarizados del mundo. Europa no podrá borrar fácilmente tanta ignominia.
Como respuesta al primer problema, la Unión Europea presionada por la OTAN y los Estados Unidos, apuesta por el rearme, por incrementar el gasto público en defensa. La justificación: el peligro que supuestamente implica la Rusia actual para Europa. ¿De verdad alguien se cree este argumento falaz?, ¿alguien piensa con seriedad que entre los planes de Vladimir Putin está el de invadir Europa? ¿Cómo lo haría si ni siquiera es capaz de ocupar toda Ucrania? Está claro que todo vale con tal de convencer a los ciudadanos europeos de que la guerra con Rusia es inminente y que la solución que nos queda es el rearme. ¿Pero aumentar el gasto militar supone una mayor seguridad? ¿O lo que realmente va a suponer es que aumenten las compras de armamento a los Estados Unidos? Yo aquí traería a colación lo que la Comisión Olof Palme señaló, en su día de que “la seguridad es algo que creamos juntos y las armas no son la respuesta”, planteando en base a esta idea básica tres principios para la seguridad común: “todas las naciones tienen derecho a la seguridad, la fuerza militar no es un medio legítimo para resolver conflictos, hay que reducir y limitar las armas para que haya seguridad mutua” (Comisión Independiente sobre Desarme y Seguridad. 1982)
El año 2024 remató con la locomotora europea (Alemania) en recesión económica. Una señal de alarma que puso en evidencia cómo la Unión Europea, y muy especialmente la eurozona, no abandona la onda larga de bajo crecimiento en que está encerrada desde la crisis bancaria (2009). Una situación que viene provocada por los dirigentes de la Unión Europea, quienes con sus políticas equivocadas (ordoliberales) de que “los mercados son perfectos” están llevando a Europa de crisis en crisis y alejándola de los que son sus principios fundacionales (Art. 2 del Tratado Constitutivo de la Unión Europea. Amsterdam 2 de octubre de 1997). Un dogma que se resisten a abandonar y, si cuando estalló la crisis bancaria impusieron recortes en el gasto público social y rebajas en los salarios, entre otras medidas de austeridad, porque decían que eran la solución a la crisis (“vivíamos por encima de nuestras posibilidades”) cuando en realidad lo que buscaban, y consiguieron, fue rescatar con dinero público a los bancos auténticos responsables de la crisis por sus aventuras y egoísmo infinito. Ahora intentan lo mismo, volver a la austeridad, pero para financiar el gasto en armamento que solo servirá para incrementar las ganancias de la industria armamentística que, además, es mayormente de Estados Unidos, lo que supondrá, por otra parte, que la Unión Europea siga en la onda larga de bajo crecimiento con un desempleo elevado, un bienestar reducido y unas deudas disparadas.
El año 2024 también puso en evidencia que la Unión Europea puede dejar la lucha contra el cambio climático para mejor ocasión. Las últimas decisiones de las autoridades europeas suponen en la práctica que la Unión Europea puede acabar abandonando el llamado Pacto Verde Europeo que pusiera en marcha en 2019 y que tenía entre sus objetivos iniciar la transición hacia una economía de cero emisiones netas. Es vox populi que los estados de la Unión Europea están negociando, entre bastidores y en un total secreto que no impide que lleguen noticias de las negociaciones, sobre la proposición de la Comisión Europea de reducir en un 90% las emisiones de gases con efecto invernadero para el año 2040 en relación a los niveles de 1990. Se sabe que países como Italia y Chequia quieren que se fijen objetivos menos ambiciosos y que Francia mantiene silencio al respecto. Una incógnita que se viene a sumar a la decisión de Estados Unidos de retirarse del Acuerdo de París lo que deja a este muy tocado y a la lucha contra el cambio climático con grandes interrogantes.
Pensando en el inmediato futuro y teniendo en cuenta la fortísima competencia que presentan tanto Estados Unidos como muy especialmente China resulta muy preocupante el retraso que arrastra Europa en innovación tecnológica, que está afectando muy negativamente tanto a su productividad y competitividad como a su soberanía. Así, y como ejemplo, Eurostack, proyecto europeo integral que busca favorecer la soberanía digital de la Unión Europea mediante grandes inversiones -públicas y privadas- en infraestructuras tropieza, una vez más, con la toma de decisiones y la falta de una política industrial común e integral lo que lleva a que se diluyan aquellas en multitud de organismos impidiendo la redacción de una hoja de ruta común, única y clara. Un problema político que es crónico en la Unión Europea y que no acaba de resolverse. Lo mismo podemos decir de la Ley Europea de Chips, que teóricamente busca fabricar en Europa procesadores -circuitos integrados electrónicos-, y que parece condenada a fracasar en sus objetivos por las mismas razones anteriores.
La Unión Europea es un gran proyecto y también una necesidad, pero por razones políticas e ideológicas cada día que pasa parece alejarse más y más de los objetivos para lo que se constituyó. Seguramente que la razón principal de esta deriva es que, especialmente la eurozona, la unión está mal construida con estructuras y toma de decisiones que no son genuinamente democráticas ni se ajustan a lo que debieran ser unos estados europeos unidos. En un próximo artículo intentaré dar mi punto de vista sobre los cambios políticos e institucionales que precisa esta Unión Europa para así poder avanzar hacia objetivos que se pueden condensar, aunque resulte insuficiente, en el citado artículo 2 del Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea. @mundiario