Ucrania: una paz con fecha de caducidad y el precio de los minerales

Washington está dispuesto a subordinar la resolución del conflicto de Ucrania no solo a sus intereses estratégicos, sino también –y cada vez más– a una lógica de rentabilidad política y económica.
Fotomontaje de un niño con la bandera de Ucrania en medio de una calle incendiada. / ELG 21 en Pixabay
Fotomontaje de un niño con la bandera de Ucrania en medio de una calle incendiada. / ELG 21 en Pixabay

Por muy dramática que sea, la amenaza del secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, de abandonar *en cuestión de días* las negociaciones de paz en Ucrania no debería sorprender. Se trata de la confirmación más clara hasta la fecha de que Washington está dispuesto a subordinar la resolución del conflicto no solo a sus intereses estratégicos, sino también –y cada vez más– a una lógica de rentabilidad política y económica. Cuando Rubio afirma que “Estados Unidos tiene otras prioridades” y que no continuará este esfuerzo durante “semanas ni meses”, no está describiendo un problema de urgencia diplomática, sino lanzando un ultimátum calculado, profundamente revelador del nuevo enfoque norteamericano hacia la guerra.

La gravedad de esta declaración no radica únicamente en el contenido —la posible retirada de la primera potencia del único proceso de alto el fuego en marcha—, sino en su contexto. El mismo día que se escenifica esta amenaza, Ucrania y EE UU firman un preacuerdo sobre la explotación de los minerales estratégicos del subsuelo ucraniano. Un documento que deja claro que, incluso si la paz es ahora vista como una opción secundaria o condicionada, el acceso a los recursos naturales del país devastado por la guerra sigue siendo una prioridad innegociable para la Casa Blanca. Cierto es también que el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, ha dicho este viernes en Roma que se siente “optimista” sobre las negociaciones con Rusia para poner fin a la guerra de Ucrania, en claro contraste con las declaraciones de horas antes del secretario de Estado, Marco Rubio, que había advertido de que Washington se planteaba abandonar las conversaciones si no cuajan los resultados en “cuestión de días”.

La paz, por tanto, se convierte en moneda de cambio. O, peor aún, en decorado diplomático para una operación de carácter económico: garantizar que las empresas estadounidenses –amparadas por un fondo de reconstrucción– tengan participación directa en la futura explotación de tierras raras, gas, petróleo y minerales de uso estratégico. El preacuerdo no solo sienta las bases para que EE UU y sus empresas accedan a la riqueza del subsuelo ucraniano, sino que además establece una arquitectura económica pensada para blindar esa presencia en el futuro. “La mejor protección del territorio ucraniano”, se afirma desde Washington, no sería el compromiso con su soberanía ni con su seguridad militar, sino la entrada masiva de capital e intereses estadounidenses.

Pero, ¿de qué protección hablamos cuando una parte clave de la negociación sigue sin incluir garantías de seguridad? ¿Qué sentido tiene hablar de reconstrucción mientras continúa el frente activo y se presiona a Kiev con el argumento de una ayuda que debe ser devuelta, como ha recalcado Donald Trump? Según sus propias cuentas, Ucrania debería pagar a EE UU más de 300.000 millones de dólares en forma de recursos, tecnología y cesión de soberanía. Esto, después de tres años de una guerra alimentada en buena parte por el apoyo militar, político y logístico de Washington, y en la que ha sido la población ucraniana quien ha pagado el precio más alto.

Una paz real y una pax americana

En este escenario, preocupa el creciente solapamiento entre los objetivos de una paz real y los de una pax americana bajo condiciones económicas que comprometen el futuro del país. Y preocupa también el lenguaje: cuando un responsable de primer nivel como Rubio habla de pasar a “otra cosa” si la negociación no avanza lo suficiente en días, está tratando el fin de una guerra como si se tratara de una partida fallida en un tablero geopolítico. Esta visión utilitarista, casi empresarial, del conflicto es profundamente inquietante.

El riesgo, en última instancia, es triple: que se imponga una paz precaria, condicionada por intereses extractivos; que se rompa el único canal de diálogo en marcha, empujando a ambas partes a una nueva escalada, y que Ucrania, aun en caso de victoria o tregua, vea recortada su soberanía bajo el peso de acuerdos económicos asimétricos. Cuando todo esto ocurre al mismo tiempo, es legítimo preguntarse si la guerra no ha comenzado ya a transformarse en otra cosa: un negocio de largo plazo para algunos, y una condena perpetua para otros.

La verdadera reconstrucción de Ucrania no debería fundarse sobre amenazas, ultimátums ni contratos en los que la letra pequeña comprometa su capacidad de decidir. Ni la paz ni los recursos son mercancías. Si se olvida eso, el conflicto no terminará realmente nunca. Solo cambiará de forma. @mundiario

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