Un paisaje sonoro agreste

Los estudiosos de las sonoridades ambientales, cual meteorólogos atentos al cambio climático, ya alertan de una peligrosa ansiedad política.

 

Alberto Núñez Feijóo, líder del PP. / Mundiario
Alberto Núñez Feijóo. / Mundiario

Corría mayo de 1879 y Dn. Benito Pérez Galdós publicaba Los Apostólicos, el penúltimo de la segunda serie de sus Episodios Nacionales, en que hace su versión novelada de lo acontecido desde la Guerra de la Independencia en 1808, hasta la restauración en el trono de Alfonso XII en diciembre de 1874. Se trata del  episodio nº19, de los 47 que escribió, en que dejó constancia de que la sociedad era una “materia novelable”, como declaró en su discurso de entrada en la Real Academia.

Los enredados

En este largo proyecto, dejó reiteradas muestras de su gran fe en la democracia y en el ser humano, aunque a las almas pías no les agradaba su recalcitrante manera de mirar lo que le rodeaba con realismo, una perspectiva que chocaba con las potentes prácticas y rituales culturales que regían el modo de relacionarse sus congéneres. Fiel a esta perspectiva, al considerar que era una cárcel que aprisionaba de la que había que liberarse, porque aprisionaba a todos, miraba la vida social como un viaje impreciso en que se abrían constantemente distintas posibilidades ante los problemas; no había una voz celestial que indicara cuál era el adecuado, pero siempre eran ocasión para enredos en interminables controversias sobre cuál escoger para salir con bien del pantanoso punto donde se había ido a parar. Mientras unos desesperaban de no encontrarlo, otros pugnaban por ver si el suyo era mejor; todos se lamentaban “con discorde vocerío, de haber venido a parar a un recodo”, del que no veían manera de salir, como si allí hubiéramos de “quedarnos hasta el fin de los siglos”.

Trataba Galdós de mostrar en Los Apostólicos, el ambiente que, en vísperas de la muerte de Fernando VII, se había generado entre sus allegados, expectantes de si proseguiría el absolutismo tradicionalista o si, en el entorno más templado de su esposa última, Cristina de Borbón-Dos Sicilias, se abriría paso una corriente liberal moderada, capaz de modernizar la administración y las formas de vida españolas. Eran los Apostólicos los partidarios ultras del hermano del rey, Don Carlos, y la tercera serie de los Episodios la iniciaría Galdós con la primera guerra carlista, una guerra civil en toda regla que, en muchos aspectos, venía de las peleas en torno a la Constitución de Cádiz (1812). Pinta Galdós en esta novela  a un arquetipo central de este relato como un hombre “tranquilo, feliz, gozoso del orden en que vivía, y que amaba la naturaleza y costumbres…, veía pasar suavemente los días. El método en la existencia le encantaba, y la semejanza entre el hoy y el ayer era su principal delicia… Hombre laborioso, de sentimientos dulces y prácticas sencilla; aborrecedor de las impresiones fuertes y de las mudanzas bruscas…, amaba la vida monótona y regular, que es verdaderamente fecunda…. Era amante de la paz en la casa, en la ciudad y en el Estado…”. Está pintando -lo dice el propio Galdós- el tipo de “burgués español”, derivado de las transformaciones sucesivos de los estratos sociales anteriores, constitutivos de una “formidable clase media”.

Voces y alharacas

Con muy leves cambios, puede valer como retrato genérico de la actual clase media española. Es 2022 y han cambiado muchos aspectos del atrezzo cotidiano de los nuevos episodios, aunque hay muchos otros, sustanciosos, que parecen seguir la dinámica de lo que Galdós vio en aquellos años. Por el turbado paisaje de palabras y ruidos en el Congreso y alrededores, las peleas en que anduvieron aquellos Apostólicos todavía se alimentan en los de ahora de los rescoldos de la última de aquellas guerras civiles en 1936. El español medio actual, de clase media clase media trabajadora -o simplemente trabajadora, en su inmensa mayoría-, oye y ve cosas en “lo azaroso de los tiempos” estos que le desasosiegan; contrastan con lo que le vienen repitiendo desde 1978, en que habíamos dejado a un lado las viejas peleas, incluidas las protagonizadas por aquel Fernando VII, al que la puerta de Toledo rinde todavía homenaje como el “deseado”, y también quedaban atrás las más recientes, repetidoras de aquel absolutismo con 40 años de dictadura. Días felices de transiciones inestables nos han traído a este presente en que saber “conciliar el decoro con la modestia, y conociendo el justo medio entre lo distinguido y lo popular”, y compartir ese espíritu entre afanes cotidianos “y los puros goces de la familia”, ya no vuelve a librar “de la ansiedad política”.

Se hace evidente en este momento un contrastado principio de agenda política. En la última fase de legislatura no hay sistema democrático en que las decisiones relevantes prosperen, y lo que no se ha hecho o decidido en la primera parte, difícil es que tenga acomodo cuando todos los ojos están puestos en los vecinos días de las siguientes elecciones. Además, tratándose de un Gobierno de coalición como el actual, cada uno de los socios, aun a riesgo de adelantar las elecciones, trata de singularizarse en lo menudo de leyes que, aunque hayan llegado con notable indefinición no dejan de ser relevantes: los pensiones, vivienda, libertad sexual y, de paso, el sí es sí o incluso, los derechos animales, no son ajenos al meollo de los derechos civiles de todos. Afectan a la más estricta intimidad y amplían o coartan los derechos ciudadanos en la convivencia colectiva.

Nada hay extraño, pues, en que la oposición adopte tonos apocalípticos, -tan parecidos a los de aquellos Apostólicos en el trance en que Fernando VII se moría en 1833.  Ninguno de estos neoconservadores de ahora clama por los enredos y desaguisados que están ejecutando en derechos como la Sanidad o la Educación, donde la privatización y la desigualdad por decreto vuelven por los fueros de cuando el absolutismo regía toda la escena política. Para abrir paso a su “libertad a la madrileña”, les van bien los desajustes que muestra la coalición gubernamental. No solo los coaligados de VOX, sino también el supuestamente buen gestor Alberto Núñez Feijóo -oriundo de Ourense, donde nació hace 61 años-, está aprendiendo a desgañitarse cada vez que repite el viejo refrán decimonónico de que destruyen España, la tan querida España excluyente de cuantos españoles no sintonicen con estos neoapostólicos.Tanto es así, que ya en el propio Congreso de los Diputados y donde quiera que se pueda oír su voz –radios y medios afines, financiados a veces con el presupuesto de todos-, los insultos y apelaciones al derecho de expresión –el suyo-, vuelan como dardos envenados un día sí y otro también, “como instinto ciego, incontrastable”, de un supuesto “espíritu nacional”.

El final de Galdós en Los Apostólicos concluía: “La tempestad estaba cerca; oíanse los primeros truenos; pero el que quiera conocer los notables sucesos, ya privados, ya públicos, que restan por referir, tenga paciencia y espere a leer lo que con toda verdad se dirá en el libro siguiente”. (Continuará) @mundiario

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