Montero Ríos y el fin del ciclo codificador

Fragmento de una obra dedicada a Montero Ríos. / Universidad de Zaragoza
Análisis de las consecuencias del proceso modernizador liderado por Montero Ríos durante el sexenio y su impacto en la etapa de la Restauración. / V parte

Abordamos esta vez en MUNDIARIO las secuelas del proceso modernizador que en el sexenio protagonizara de manera llamativa Montero Ríos y que, ya de hoz y coz en la etapa de la Restauración caracterizada por el denostado caciquismo dejaría en conjunto importantes actuaciones. 

La Ley de Enjuiciamiento Civil de 1883, la magnífica de Enjuiciamiento Criminal de 1882 y el Código Civil de 1889, cierran la etapa codificadora de la modernización jurídica española emprendida a lo largo del siglo XIX y dieron fama a otro gran jurista, Alonso Martínez. No correspondió a Montero Ríos la gloria de estampar su firma de Ministro en estos textos, pero no puede descartarse tampoco su influjo en ellos, especialmente en la Norma Procesal Criminal, tanto por el propio dato de su actividad política y activismo jurídico como Decano del Colegio de Abogados de Madrid, cuánto por su condición de miembro de la Comisión de Codificación, además de su prestigio y vocación de jurista. 

Como quedó aludido más atrás, no se circunscribe a lo dicho la actividad reformadora de Montero Ríos. Estas mismas leyes, fundamentales en el desarrollo de la estructura jurídica de la modernidad española, fueron implementadas con una plétora de disposiciones de menor rango que aquí no podemos pararnos a comentar.  

Y no solamente fue activo en el Sexenio, sino que el “segundo Montero”, el cacique de la “Restauración”, seguiría pugnando tenazmente por la modernización en ámbitos como el antiforalismo, de especial interés en Galicia por la pervivencia de las antiguas estructuras de la enfiteusis griego-romana, como ha estudiado L. Rodríguez Ennes, que conectó a Montero Ríos con el líder agrarista gallego Basilio Álvarez —un activo clérigo agitador del ruralismo gallego contra los foros, cuya figura concitó la atención investigadora del historiador pontevedrés José Antonio Durán, que en 1977 publicó su libro Agrarismo y movilización campesina en el País Gallego, donde aparece nuestro político “como instigador nun dos máis sorprendentes movementos sociais da España de entre os séculos XIX e XX”, explica el propio Durán. Puede, a este respecto, recordarse que se expresaba con normalidad en el idioma gallego rústico de sus paisanos y que en su mocedad había colaborado en la revista santiaguesa El Porvenir, que animaba Antolín Faraldo, uno de los devanceiros, “los precursores” del movimiento galleguista iniciado con la fase del “provincialismo”, que pasando a finales del XIX por la etapa de la corriente del “regionalismo” ideológicamente plural, recalaría en una de sus direcciones, a través de las Irmandades da Fala, en el “nacionalismo político” del siglo XX. Precisamente Los Precursores es el título de una obra fundamental que Manuel Murguía publicaría en 1886, fecha del fallecimiento de su esposa la poetisa Rosalía de Castro, donde da cuenta del rexurdimento, “resurgimiento”, cultural gallego que anima el identitarismo de la “andaina” reivindicativa particularista. 

Por eso, aunque no pueda situársele en el campo galleguista propiamente dicho, adquiere interés el hecho de que el Ministro Montero Ríos estuvo muy activo no sólo en movimiento antiforalista, sino también en el impulso del crédito agrícola, tema que, dice Susana Martínez Rodríguez, “es una de las iniciativas más sólidas sobre la materia de todo el XIX en España”, así como en la articulación profesional del cuerpo y Colegio de Ingenieros de Montes, o en el fomento de las Cámaras de Comercio, Industria y Navegación, así como en el desarrollo de los ferrocarriles y en otros campos de impulso industrializador modernizante; cierto que, mediante el “familiarismo” más nepotista, mezclando caciquilmente la acción pública con los negocios de interés particular de modo particularmente intenso, aunque no siempre con éxito económico, como ha destacado Carmona Badía. 

Tal vez, incluso el momento de su fallecimiento pueda verse como un símbolo de la intersección de los nuevos tiempos: en la cronología de Eric Hobsbawm es el fin de “siglo largo”, ese siglo XIX que históricamente empezara con la Revolución francesa y terminaba en el estallido bélico de 1914, año en el que da comienzo el “siglo corto”, el XX, que se abre con la Primera Gran Guerra Europea y acaba con el colapso de la Unión Soviética y el asentamiento de la falsa ilusión del “fin de la historia” esparcida por Francis Fukuyama. Pero en España, la muerte de Montero Ríos ocurre en el momento en que la “generación del noventa y ocho” daba paso a la del “catorce”, en la que descollarían Ortega, Azaña, Melquíades Álvarez, Luis Araquistain, Fernando de los Ríos o Julián Besteiro entre otros, y finalmente, pasando literariamente por la “generación del 27”, tras la Dictadura primorriverista, culminaría la etapa con la segunda defenestración borbónica y la proclamación de la Segunda República, jubilosa esperanza que pronto se vería frustrada.  

Podemos, pues, finalizar esta sucinta incursión señalando que es una cuestión de justicia para con su destacada trayectoria biográfica reconocer en la acción pública de Don Eugenio Montero Ríos el alcance modernizador, especialmente en el campo del Derecho, pero, como hemos señalado, también en otros aspectos del desarrollo económico, bien que en ellos sean mucho más acusadas las aristas caciquiles de la poliédrica figura de este gallego eminente; pero, sobre todo, es de interés para comprender las raíces de dónde venimos y aprender de sus lecciones. Unas lecciones que la frívola incompetencia actual de nuestros legisladores hacen aún más valiosas. (Continuará). @mundiario