José Antonio Primo de Rivera e Isabel Díaz Ayuso: semejanzas y diferencias

Durante la última década, el PP ha intentado blanquear a la ultraderecha, diciendo que esta no se podía comparar con el fascismo de los años 30. Estos días, Trump militariza ciudades de EE UU. Y Ayuso, Milei, Netanyahu y otros están en ese saco.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. / @IdiazAyuso.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. / @IdiazAyuso.

Al hablar de “fascismo”, las etiquetas son confusas, porque es una corriente heterogénea e internacional. Hay una etiqueta muy restrictiva y purista, y otra mucho más genérica. El fascismo estricto fue el de Mussolini. José Antonio Primo de Rivera lo importó a España, con su componente corporativista, social, “socialista”, aunque usando el término de forma distinta al que lo usa la socialdemocracia. Este componente está también en el nacionalsocialismo, que era ateo, frente a la confesionalidad del fascismo italiano y español. Las semejanzas con los tradicionalistas carlistas eran enormes, incluyendo la confesionalidad, los grupos paramilitares… El elemento socialista no estaba presente en, por ejemplo, la dictadura tradicional y militarista del Japón de los años 30. Esta no era “fascista”, pero ese autoritarismo era parte de todo ello.

El fascismo se presentaba como una tercera vía entre el tradicionalismo y el comunismo. Algunas protestas iniciales del partido nazi se coordinaron con los comunistas. En cambio, la necesidad de aliados fue lo que llevó al partido nazi a apoyarse en la monarquía y la aristocracia, y en la alta burguesía. Igualmente, Mussolini había coincidido con Lenin en Ginebra en 1904, y fue expulsado del Partido Socialista en el 2014, siete años antes de la fundación del Partido Comunista de Italia. Pero luego el fascismo italiano fue anticomunista y elitista. El elemento “socialista” en el “fascismo” carlista vasco estaba presente, de ahí que acabara dividido en una rama “roja” y otra tradicionalista de derecha rancia, tras la muerte de Franco.

Franco “santificó” a Primo de Rivera al tiempo que extraía el elemento socialista de la Falange. Pero no deberíamos de comparar el franquismo con el fascismo de los años treinta. En primer lugar, la lucha contra la II República la protagonizó una alianza entre católicos y monárquicos, que habían sido base de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Los paramilitares de la Falange solo tuvieron adhesiones masivas muy al final de la República, en la guerra y en el franquismo temprano. Pero los apoyos que Franco fue ganando eran tradicionalista. En segundo lugar, a partir de que las potencias del Eje perdieran la Segunda Guerra Mundial, el fascismo era indefendible frente a los aliados. El “franquismo” se teje a partir de mediados de los cincuenta, haciendo frente común con los aliados en la lucha contra el comunismo. Aun así, en el franquismo quedan residuos corporativistas del fascismo, como el sindicato vertical y la construcción de viviendas sociales, con la placa falangista del yugo y las flechas. Tras varias décadas de democracia, las flechas de la Falange seguían clavadas en muchas iglesias. Y también en la realidad cultural de los pueblos de España, en lo que veías cada día que pasas por la calle durante toda tu vida.

Por todo esto, la definición más purista de “fascismo” es poco útil para entender las ideas y movimientos políticos que engloban todas estas corrientes a partir de los años 30, con y sin dimensión “socialista”, pero con muchos elementos comunes y distintas manifestaciones. Bajo esta óptica de siglo, no de década, todos estos grupos, incluyendo el franquismo, eran fascistas. La Guerra Fría supuso una alianza de las fuerzas liberales, demócratas, con estas corrientes, en la lucha contra el comunismo. Una vez terminada la Guerra Fría, reaparecieron las viejas diferencias. Hoy el Parlamento Europeo tiene cuatro grupos de derecha, dos de ellos de ultraderecha, y dentro de cada uno hay muchas diferencias, y dentro de cada partido también. Ocurre igual en la izquierda. Es obvio que hay semejanzas entre distintas corrientes postfascistas.

Berlusconi fue el primer Trumpista, antes del propio Trump. Trump, Bolsonaro, Milei, Abascal, Le Pen, Meloni, Orbán, Weidel… todo eso es postfascismo, con variantes nacionales y personales. Sus estrategias maman de los once principios de la propaganda de Goebbels. Salvo nostálgicos del nacionalcatolicismo, como Abascal, no son confesionales, si bien usan la religión para manipular. No se quiere un Estado grande, como en el fascismo, sino un tecnofeudalismo dominado por los ricos y las grandes corporaciones. Se apoyan en grupos paramilitares y son autoritarios y usan el nacionalismo y el proteccionismo, como el fascismo tradicional. Claro que hay 90 años de diferencia con el fascismo de los años 30, pero el término “postfascismo” es perfectamente descriptivo para referirse a lo que muchos llaman “ilustración oscura”. Incluye variedades muy distintas, como la de Putin. Pero las semejanzas son también obvias.

Partimos de Primo de Rivera y llegamos a Díaz Ayuso… La presión electoral del postfascismo hizo que la derecha tradicional tratara de copiarle. Eso salió mal en todas partes: Reino Unido, Francia, Brasil… La gente votó a la ultraderecha blanqueada, no al blanqueador. Pero le ha salido bien a Díaz Ayuso. Tiene explicación local.

El periodista falangista Eduardo García Serrano, que trabajaba en la misma radio que Ayuso cuando esta era becaria, dijo de ella que “era una falangista de rompe y gasta”. Tampoco hace falta esta declaración para establecer el marco postfascista. Pablo Casado la puso de candidata por ser una joven decidida, cuando hacían falta mujeres jóvenes. Era obvio que tenía pocas luces. Sigue siendo obvio, aunque desde entonces tiene un equipo de profesores a su servicio diario, a veces dictándole con pinganillo. Pronto contrató, o se le exigió que hiciera, a Miguel Ángel Rodríguez, como jefe de Gabinete, el experto en comunicación, sin escrúpulos, que había encumbrado a Aznar, y gobernado con él. Hablamos de Aznar, el de lo de “el atentado de Atocha fue ETA”; el de mezclar los cadáveres de los soldados españoles fallecidos en el Yak-42; el de “Irán tiene armas de destrucción masiva”; el de medio Consejo de Ministros encarcelado o salvado por “suerte” jurídica. Y ahora lo tenemos con Ayuso, a través de Rodríguez. En la pandemia, el hermano de Ayuso y su novio se enriquecieron, mientras ella negaba asistencia sanitaria a casi ocho mil ancianos y decía que las competencias eran de Pablo Iglesias. Ayuso, apoyando el genocidio de Netanyahu, premiando a Milei, negando el cambio climático, diciendo que el indigenismo es el nuevo comunismo, negando las lenguas constitucionales… A Ayuso le sale bien porque construye en el nicho creado en la Comunidad de Madrid desde que el PP compró los votos de Tamayo y Sáez, en el 2003. Desde entonces, el PP de Madrid controla un presupuesto enorme para pagar medios de comunicación, como también hacía Feijóo en Galicia, antes de que la exposición pública mostrara que su prestigio era solo resultado de la sobreprotección de una prensa pagada.

La fundación FAES y Miguel Ángel Rodríguez lo vieron claro. La joven marioneta Ayuso, con un presupuesto que no tenían ni Casado ni luego Feijóo desde el Congreso de los Diputados, y con un poder mediático heredado de Esperanza Aguirre, podía capitalizar cualquier cabreo contra el mundo mundial, convertido en cabreo contra Sánchez, el hijo de Satanás. Aquí es donde entran todas las armas de propaganda de Goebbels: miente que algo quedará. La política madrileña se convirtió en política postfascista compitiendo con Vox para destruir a la izquierda bolivariana del autócrata Sánchez. Mientras, el PP, como partido antisistema, bloqueaba la renovación del poder judicial durante casi seis años. Y ahora apoya que Mazón o Ayuso insulten a las víctimas de sus desastres de gestión. Efectivamente, esto no tiene nada que ver con los principios socialistas del fascismo falangista. Pero entronca directamente en las corrientes fascistas que se prolongaron en dictaduras de siglo XX. Ahora Ayuso o Milei lo presentan como “libertad frente a comunismo”, cuando no hay ya casi ningún comunista en ningún sitio. Llaman “comunismo” a defender que haya impuestos y servicios públicos para reducir la desigualdad de oportunidades. Dicen que la libertad es el capitalismo salvaje, con ricos extremos dominando. Esto incluye que Ayuso financie cursos de formación para los hijos de familias de renta alta, así como sus empleados del hogar. Muchas de las cosas que dice o aprueba su gobierno pasan inadvertidas porque Vox es todavía peor. Claro, porque la estrategia es comerle la tarta a Vox.

Todo esto nos devuelve a las formas fascistas evolucionadas desde los años 30, ahora aderezada con gente tipo Iker Jiménez y pseudo gurús cripto-bros. Cuando Sánchez exhumó a Franco de su panteón fascista, Díaz Ayuso (Rodríguez y Aznar), exclamó: ¿Qué será lo siguiente?, ¿quemar iglesias? La línea de continuidad entre el fascismo y el postfascismo es clara.

Algunos decían que el golpista Trump no iba a llegar tan lejos, o que Ayuso era un personaje sin más relevancia… Y muchos llevamos todos estos años diciendo que, si votas fascismo, tendrás fascismo. @mundiario

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