Las guerras olvidadas (1): El Yemen
Una de estas guerras olvidadas tiene lugar en el Yemen quién no hace honor a su otro nombre (“Arabia feliz”) ya que según UNICEF “mas de 11.000 niños/as murieron o van mutilados debido a un conflicto” que lleva vivo desde el año 2015. Después de casi 8 años de guerra “más de 23,4 millones de personas” (75% de la población), de las cuales 12,9 millones son niños/as necesitan ayuda humanitaria y protección pues se estima que unos 2,2 millones están desnutridos y cerca de 540.000 menores de cinco años sufren desnutrición aguda y luchan por su supervivencia. ACNUR, por su parte, añade que el número de desplazados/as desde que comenzó el conflicto se calcula en unos 4 millones de yemenís (12,5% de la población). Por todas estas razones, la ONU acaba de declarar la situación en el Yemen como la peor crisis humanitaria del mundo.
Estamos ante una guerra que no es ajena al conflicto regional que atañe prácticamente a todo el Oriente Próximo. Un conflicto que tuvo su explosión con la llamada “primavera árabe” (diciembre 2010) pero que posteriormente derivaría en un doble enfrentamiento: religioso e interregional que se retroalimentan mutuamente, pero que dejaron a un lado las principales reivindicaciones pacíficas de la “primavera árabe” como, por ejemplo, una mayor democracia para, finalmente, adquirir un carácter fuertemente belicista, de guerra civil entre el gobierno y las fuerzas rebeldes. Un gobierno que tiene su centro logístico en Aden, la antigua capital de Yemen del Sur, que es partidario del wahabrismo o salafismo (una versión suní del islam) y que estaría apoyado por Arabia Saudí. Enfrente unas fuerzas rebeldes que controlan Sanaa, la antigua capital del Norte, que quieren instaurar un imana-to zaidi (una versión huthi del islam) y que se supone estarían apoyadas por Irán, aunque esto nunca fue probado. Geográficamente es una guerra entre el Norte y el Sur del Yemen.
Una guerra que también esconde disputas económicas como es el control de un muy lucrativo negocio (carburantes, armas) con Arabia Saudí y otros estados del Mar Rojo. Un conflicto entre grupos tribales rivales que luchan entre sí por conseguir un mayor y más beneficioso reparto de ese negocio que se ve alimentado desde el exterior por las rivalidades entre Arabia Saudí y otras monarquías árabes, como por ejemplo Omán, que se disputan la influencia en la zona.
Una Arabia Saudí que, liderando una coalición de al menos diez países musulmanes, en su apoyo al gobierno yemení interviene directamente en el conflicto utilizando la aviación (en una salvaje operación llamada “tempestad decisiva”) contra los combatientes huthies y que está siendo apoyada por las potencias occidentales que le suministran armamento, inteligencia militar…, utilizando como justificación de esta intervención el minar una supuesta influencia de Irán (nunca demostrada) en las fuerzas rebeldes. Una estrategia militar que, a pesar de los terribles bombardeos, en los que las principales víctimas son civiles, no está consiguiendo su objetivo de derrotar a unas fuerzas rebeldes que parecen estar sólidamente asentadas en el territorio.
Estamos ante un conflicto en el que, como informan las distintas ONGS que trabajan sobre el territorio, ambos contendientes están cometiendo crímenes de guerra, no respetan el derecho internacional y no parecen interesados en unas negociaciones de paz. Tampoco la comunidad internacional (Consejo de Seguridad de la ONU) parece tener la suficiente influencia en la zona para, cuando menos, forzar una negociación porque, si algo está claro es que conforme se prolonga el conflicto, y a su sombra crecen una economía de guerra y un mercado negro en los que proliferan las milicias dirigidas por “señores de la guerra”, el fin de esta guerra olvidada parece cada vez más lejano. @mundiario