¿Es Sirat, el trance en el desierto de la historia actual?

El camino de ida y vuelta, interior y exterior, que propone Oliver Laxe, es un buen símbolo de lo que acontece en este tiempo convulso.
Un fotograma de la película "Sirat", de Oliver Laxe.
Un fotograma de la película "Sirat", de Oliver Laxe.

Cabe celebrar la lucidez del jurado de Cannes al darle el primer premio al cineasta gallego. Ofrece gran cantidad de elementos, muy aptos para la reflexión de todo caminante ahora mismo en la historia. De la comparación que cada cual haga, deducirá –sin entrar en detalles privados- la grandeza o torpeza del andar colectivo y las verbalizaciones con que lo contamos.

De la multilateralidad

No es este término, propiamente, un neologismo. A decir verdad, este eslogan de la Conferencia que reúne en Sevilla a casi todos los socios de la ONU, por ver si conciertan medios y recursos  para sostener esta institución multinacional durante los próximos diez años, quiso ser condición de su nacimiento, terminada la IIªGM y sobre los restos de lo que había querido ser la Sociedad de Naciones después de la Primera. Llama la atención que el talón de Aquiles siga siendo el mismo: una desigualdad originaria que, en todos los debates del Consejo de Seguridad, ha concedido poder de veto a los socios más poderosos, líderes en 1945 de dos bloques políticos enfrentados desde antes de terminar aquella Guerra. En su origen, muchos historiadores sitúan la Guerra incivil española de 1936 a 1939, y las demandas de la República española en la sede de la SDN en Ginebra pueden servir de paradigma a ineficientes apariencias de multiculturalidad muchas otras veces. Las últimas, con motivo de las guerras de ahora mismo en Ucrania y en territorio palestino, en que el desprecio a la ONU y sus agencias, y en particular al Tribunal de la Haya,  son tan recientes que cualquiera puede repasarlas.

Esta oportunidad de “corregir el rumbo” –que reitera la Conferencia de Sevilla-, se enfrenta a tres objetivos cruciales: corregir la pobreza, hacer un mundo más justo e igualitario y enfrentar la crisis climática. Y en los tres es muy vible la cantidad de rotos que tiene la ONU, pese a los cuales se salva porque la humanidad no ha sido capaz de hacer nada mejor, ni en reconocimiento de los Derechos de todos, ni en cuanto a posibles remedios para conjurar voluntades en un proyecto común de seres humanos en convivencia. Dados sus déficits originales, y su decadencia a manos de los más poderosos, el camino a recorrer está plagado de minas. Como en Sirat, las mejores intenciones pueden acabar mal y, como mucho, en una vulgaridad anodina que no arregla nada y no se sabe a dónde va. Prueba evidente de ello es la ausencia -llámese como se quiera- de la Administración USA, donde interpretan, en este momento, que la ONU sólo consume recursos y no les produce beneficios palpables a tanto negacionista votante de Trump. Este capitalismo digital tiene recursos sobrados para hacer predominar su punto de vista, ocultar la realidad de lo que acontece y hacer que no decaigan los creyentes en el “crecimiento infinito”, intento muy posible quitando de en medio a los contrarios. Convertidos los problemas reales en cuestión de opinión gratuita y gaciosos puntos de vista, todo es del color que quiera el que controla los medios, sus redes y sus réplicas, aunque nada sea verdad ni se le aproxime.

Otro ejemplo didáctico para cuantos vean y escuchen lo ofrece el Gobierno sionista de Israel, donde los sucesivos choques bélicos -especialmente desde la “Guerra de los seis días”, del 5 al 11 de junio de 1967- fueron aprovechados por las facciones más ultras del sionismo para darle la vuelta a las tendencias democráticas de convivencia y libertad en igualdad. Un 10% de la población, de tendencia ultra, básicamente integrada por colonos otrora ilegales en Gaza y Cisjordania, está viendo cumplida estos días su aspiración colonizadora racista, de paso, que trata de construir el “Gran Israel” a cuenta, no sólo de Palestina, sino de Jordania, Siria e, incluso, Arabia.  Como en otras épocas históricas, los sueños de los más alocados sueñan con las alabanzas que muchos libros de Historia repiten acríticamente en honor de cuantos en cada presente aspiran a dejar constancia de un egolatrismo que, en este caso, dicen que les anuncia la Biblia desde Adán y Eva.

Al “llueve sobre mojado”

En este trozo de la Hispania romana, el rechazo a la multilateralidad doméstica es conocido desde aquel Viriato que hizo lo que pudo y que pudo poco  con los traidores y encanallados con el colonizador. Algo más sutil, el ínclito aspirante a vivir en la Moncloa, Alberto Feijóo, acompañado de sus legionarios más fieles, ha dejado plasmada el martes pasado, la continuidad de esta corriente operativa. Probada su competencia práctica en diversas traiciones a la tribu galaica en diversos asuntos, fue elegido para sustituir a su antecesor en la trirreme  de Génova. Como Roma no paga traidores, no importa que se traicione a sí mismo un poco más en las peleas parlamentarias y mediáticas. Ha de demostrar ante sus adversarios de izquierda –y ante los de su propio partido- que cualquier suceso le vale, para no arrimar el hombro al arreglo de las mil tropelías que a diario inventan todo tipo de humanos y humanoides para “aprovecharse” de lo que sea. La competencia sistémica de Feijóo,  es echar balones fuera para, desde un supuesto desdoblamiento de sí mismo, e implicarse en poner colorado, por activa y por pasiva a un largo listado de oponentes causantes de que, en tiempo de expectativa electoral, no haber alcanzado el triunfo. Su recurso narrativo de hace seis días, sobre una hipotética acusación del Supremo al ministro Bolaños, a instancias de un prospectivo Peinado, aparentó prudencia en el uso de los superlativos e hipérboles de otras insinuaciones. Demostró, una vez más, su nula disponibilidad de lealtad democrática para venir a decir decir: sin hacer nada por nadie, esto se cae por sí mismo, me llueven del cielo cuatro votos que no tengo y duermo al fin en la Moncloa.

Quienes pretenden manejar a su bola el mundo actual  -porque pueden-,  propician el escepticismo del auditorio, no su estoicismo. Una  multilateralidad democrática ansía la felicidad que, como recordó el pasado día 25 Rafael Fraguas en un homenaje póstumo al gran Ignasi Riera, quería Hegel cuando decía que “la felicidad era salir al mundo y dejar que el mundo penetre en nosotros”. Propuesta que aborrece de lo que propugnan Trump&Allegados. @mundiario

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