Plato del día

Las democracias, como los automóviles, requieren cambios de aceite

Con todos los respetos a mis semejantes, convencidos de que más vale malo conocido que bueno por conocer, o viceversa, confieso mi propensión a la terapéutica alternancia democrática.
Cambio de aceite de motor. / Pixabay
Cambio de aceite de motor. / Pixabay

Sería preciso ponernos mutuamente de acuerdo en varios asuntos que conciernen a la democracia. El de fondo, por ejemplo, que ha sido un largo y sinuoso proceso de terapia (todavía en estado experimental, no nos hagamos ilusiones), para que los seres humanos dejásemos de padecer entre nosotros intolerancias crónicas tribales, territoriales, ideológicas, lingüísticas, raciales, teocráticas de tan funestos pronósticos a lo largo de la historia. Como todo lo que han ido haciendo las sucesivas promociones de homo sapiens en las seculares aulas de la vida, en esa asignatura hueso de la convivencia humana, a los hechos me remito si me tomo la libertad  de emitir esta humilde conclusión: la cantidad de alumnos poco aventajados ha superado con creces, por goleada, vamos, a la calidad de alumnos cum laude a los que, en tantas ocasiones, se les ha condenado a galeras o quemado públicamente en hogueras como poseídos intelectuales antecesores de Fausto.

Si existiesen todos los dioses, de toda condición, de toda naturaleza, en nombre de los cuales se han trazando líneas rojas entre el bien y el mal, entre los que tienen razón y están equivocados, entre fieles e infieles, no tengo la mínima duda de que todos ellos, a coro, estarían intentando hacernos llegar un mensaje de naturaleza divina consensuado: ¡no es esto, no es esto, conmovedoras criaturas mortales! De manera que la duda existencialista desde la antigüedad hasta nuestros días, entre creyentes, e incluso en ocasiones no creyentes, es si los dioses son mudos o los pobres mortales somos sordos.

Pero volvamos a la democracia sin conservantes ni colorantes teocráticos, oye. A esas terapias de grupo entre seres de carne y hueso que no acaban de eliminar, de una maldita vez, los bultos sospechosos, los tumores ideológicos y las metástasis sociológicas que se extienden y se prolongan en el tiempo propiciando el punto sin retorno de trágico diagnóstico de cáncer terminal de intolerancia. 

Que mal asunto poder llegar, sin darnos cuenta, a la casilla de salida de la historia; al principio de los tiempos; a los jefes de las tribus elegidos en función de sus músculos en vez de sus neuronas; a los hechiceros en modo Elon Musk, Ivanes Redondo, Miguel Ángel Rodríguez, hombres y mujeres que, a lo largo de la historia y, en todos los idiomas, han susurrado y susurran a los oídos de impostores e impostoras césares y cesarinas.

Sería preciso ponernos mutuamente de acuerdo en los asuntos que conciernen a la democracia, insisto. En todos los países que incurren en la soberbia de presumir de ella, a pesar de los remiendos, los rotos y los descosidos que se aprecian por todos los lares. Aquí en España, por ejemplo, hemos prescindido de la alternancia, que viene siendo, en democracia, como los imprescindibles cambios de aceite en los automóviles de los conductores que no quieren acabar tirados en la carretera. @mundiario

Comentarios