Plato del día

Pedro Sánchez reencarnado en Marco Polo en la China

Los caminos de Pedro Sánchez son inescrutables. Pero no sólo para Sumar, para Esquerra, para el PNV y sus diversos costaleros de sus pasos parlamentarios, sino para la propia Bruselas preocupada por que pueda regresar de Pekín balbuceando cuentas y cuentos chinos.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno; y Xi Jinping, presidente de China. / RR SS.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno; y Xi Jinping, presidente de China. / RR SS.

Hasta el momento no han llegado noticias de que Pedro Sánchez haya sorprendido a Xi Jinping hablándole en mandarín, asunto que no era de todo descartable, teniendo en cuenta cómo maneja la lengua y las lenguas nuestro Presidente del Gobierno. Y, de hecho, una de las virtudes que se suelen destacar de este séptimo inquilino de La Moncloa, desde que Adolfo Suárez se trasladó allí para sembrar sus jardines con semillas selectas de democracia, es la fluidez para expresarse en la lengua de Shakespeare y dejar al personal nacional boquiabierto, en un país que, tradicionalmente (sobre todo entre generaciones pioneras en recibir turistas), echaba mano de un yes, very well fandango (o combinaciones lingüísticas de esas) para salir de apuros.

Me hizo pensar en esto, el otro día, un taxista de esos que te van tirando de la lengua, ya sabes, mientras corre el contador y las calles y las gentes se van quedando atrás por las ventanillas. En el momento más candente de las divagaciones previas que desembocan en la inevitable pregunta entre ciudadanos españoles: ¿a dónde vas, España?, el locuaz conductor desenfundó una sentencia que me dejó dudando entre las trascendencias de forma y las trascendencias de fondo: “No nos podemos permitir un aspirante a Presidente que no sepa hablar inglés” Y reconozco que guarde respetuoso silencio, le pagué la carrera, le deseé un buen servicio y me bajé en mi punto de destino dándole la razón, pero no toda la razón y nada más que la razón. Entre otras cosas, porque soy un fiel defensor de que, lo importante no es lo que se dice, ni siquiera cómo se dice, sino lo que se hace después de haber dicho lo que se ha dicho, cómo se ha dicho y en cualquier idioma que se diga.

Felipe, por ejemplo, inspiró a Europa a concederle el Premio Carlomagno en castellano con acento andaluz. Y Fraga, en cambio, aquel político poliglota capaz de entenderse en siete idiomas, se las vio y se las deseó para acabar  presidiendo su pedacito natal de España. Aznar se las arregló en espanglis y acento tejano para montar el desaguisado de la foto de las Azores. Zapatero la lío en plena Universidad de Oxford, inventando un híbrido lingüístico que todavía intentan descifrar, los paleontólogos, en qué época prehistórica permitió entenderse entre homos sapiens. A Rajoy, un icónico estudiante infalible en oposiciones, se le atragantó el sepeak english hasta límites insospechados. Y así, sucesivamente, han ido pasando por nuestra historia dirigentes que, sin inglés o con inglés, han dejados algunas luces y pocas sombras impresas en los BOES.

El problema de Sánchez, en castellano o en inglés, no es cómo dice las cosas, sino lo que hace o no hace después de decirlas. Fíjate si habrá trascendido esa peculiaridad de nuestro actual Presidente, que ya no se fían de él ni sus socios de gobierno, ni sus cómplices de investidura y ni siquiera sus colegas europeos que, ayer mismo, mientras emulaba a Marco Polo en la China, le previnieron de no caer en la tentación de hacer un acuerdo, un coalición comercial, un tratado de paz económica por su cuenta y riesgo, o sea, je, a su manera.

Mira que nos lo tienen dicho Lincoln y JFK antes de pasar a mejores vidas, oye: Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo. Ni en castellano, ni mucho menos en inglés. @mundiario

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