Democracia, ¿crato sin demos?

Una ilustración en defensa de la política tradicional y la representación democrática. / Mundiario
Como todo el mundo sabe, la palabra democracia significa etimológicamente gobierno del pueblo; más correctamente poder del pueblo (demos, pueblo; crato, poder). ¿Es este el resultado obtenido? No.

Como todo el mundo sabe, la palabra democracia significa etimológicamente gobierno del pueblo; más correctamente poder del pueblo (demos, pueblo; crato, poder). ¿Es este el resultado obtenido? No. ¿Cuál es la prueba más evidente? Sin mistificaciones eruditas, basta atender al simple reparto de la riqueza en un país, índice real de su bienestar general.

En España el 10 % de la población acumula el 60 % de la riqueza, (y el 1 % la cuarta parte del total) mientras que el 50 % más pobre sólo posee entre el 6 y el 7 de esa riqueza. Unas restas aclaran que el 40 por ciento restante posee un modesto 33 % (60 más 33 más 7 igual a 100). Una pésima interpretación de la realidad hace creer a ese 40 % que sus intereses peligran por culpa de los sectores que en el reparto están por debajo de él.

Un ejemplo es que son ellos los que más trinan contra la paguilla, sin darse cuenta de que esta en muchos casos sostiene al pequeño comercio. No estamos defendiendo ni dejando de defender la paguilla, sino señalando parte de efectos que no se contabilizan. En definitiva, que tenemos democracias sostenidas por principios que en realidad no se aplican y que van derivando hacia su desaparición.

Si trasladamos al mundo esta evaluación, la cosa es mucho peor. Mientras que el 1 % más rico posee el 50 % (hay fuentes más pesimistas), el 90 % ha de conformarse con el 15. Otra resta nos dirá que al 9 por ciento restante le corresponde el 35 %. Es decir, 1-50 frente a 99-50. La culpa aquí también la tiene esa masa “amorfa” que se lo come todo y representa mueve partes de diez. Sobre estos desequilibrios se levantan falsas invocaciones a la razón y al humanitarismo.

Pero, vayamos más allá y salgamos de los datos estáticos. No contentos los más beneficiados por esta lacerante desigualdad (la del buenvivir –desconocido por el DRAE--y la del malvivir) no cejarán en laborar para que la sima ensanche. Para que esto suceda se pondrán en movimiento cultura, (des)información, presiones, primaveras, teorías, guerras, todo ello bajo interpretaciones sumamente variables según convenga.

Culturalmente, quienes aseguraban con la tradición y el conservadurismo la permanencia de sus intereses darán un giro copernicano y harán de lo sexual y cosas semejantes el epicentro de sus diatribas fundamentales. Aquellos otros que pontificaban como cardenales tridentinos sobre la eficacia del mercado libre se convertirán de repente en adorares de los aranceles y demás medidas paralizadoras del flujo libre del comercio, blandiendo como estandarte punitivo las sanciones y los boicots económicos, en contra de las reglas de la OMC que ellos mismos redactaron a solas.

La prevención de las guerras (una hipótesis) será la única causa que las justifique, de forma que ellos serán permanentes amenazados y los demás convictos agresores. Incluso sus revoluciones burguesas (como la francesa), tan alabadas en su momento, serán denostadas para retrotraernos a un feudalismo tecnocrático y corporativo, dirigido por unas élites nobiliarias de carácter financiero . Su problema es que, como modernas Casandras, van camino de sufrir el castigo de la incredulidad.

Para mantener todo esto, dos verdades irrefutables evitarán las discrepancias: la de que imperan en todo su esplendor la democracia y la libertad. El voto  es el voto salvo allí donde salga otra cosa, tal como está ocurriendo con países de la propia UE.

Añadamos a esto mecanismos más sutiles. No hablamos de manipulaciones oscuras (que las hay, legales e ilegales. En España, por ejemplo, la concentración del voto casi duplica los resultados del voto disperso; concesión hecha a las nacionalidades), sino de sencillos mecanismos que procuran la dispersión de los verdaderos intereses. Las clases existen, pero lo conveniente es que no haya clara conciencia de ellas. Esta oscuridad permitirá que lo secundario se anteponga a lo esencial. Junto a otros muchos, fue Margaret Thatcher quien renovó la idea de que las clases no eran esenciales, sino la sociedad, conformada esta por las familias y los hombres y mujeres individuales (todavía no se hablaba de lo trans).

No algo distinto sostenía el régimen franquista, no sólo con palabras, sino también con hechos. Democracia, pero orgánica o corporativista. Dos de los pilares que articulaban la política de una sociedad, es decir, los partidos y los sindicatos, no eran suprimidos, sino transformados. Sindicatos y organizaciones patronales se fusionaban en un órgano hermanado (el sindicato vertical) para que, decían, confluyera el bien común. ¿Este sistema resolvió los porcentajes arriba expresados? No. ¿Los partidos? Eran disolventes, enfrentaban a los españoles. ¿Cuál fue la fórmula sustitutiva?: un gran movimiento nacional expresión de la nación.

¿Cuál sería el organismo que respaldara esta política? Unas Cortes a las cuales se accedía principalmente a través del sindicato (vertical), la familia (sólo candidatos leales que fueran cabeza de familia o mujeres casada) y las corporaciones locales que como sabemos no eran electivas. Había un sector de designados directamente en representación de la Iglesia, del Ejército y de la Administración). Aparte de que su función no era legislativa. Como decía Goethe, mejor la injusticia que el desorden.

 Una minoría de españoles cree que aquel sistema era mejor. Para defender su tesis nos recuerda que España llegó a ocupar un octavo o noveno lugar en el mundo. No obstante, desde la perspectiva de estas líneas ese dato no contradice lo que estamos sosteniendo sobre el reparto general de la riqueza ni del bienestar social. Apenas queda memoria de cuántos ambulatorios había y en qué estado estaban, de cuántos institutos, del estado de las carreteras, de los asilos, del pluriempleo, de la necesaria emigración, etc. Aparte de que esta justificación no la aceptan para otros regímenes.

¿Dan las democracias soluciones radicalmente distintas? No. Las democracias como nosotros las conocemos ni reparten felicidad por partes iguales ni ponen sobre la mesa los ingresos ilegítimos que provienen de fuera, que es una cuestión –de raíces coloniales-- que ni siquiera la izquierda aborda.

 Pero poco a poco las cosas se van aclarando. En este mundo interrelacionado las trincheras ideológicas van más allá. Milei ha ganado las elecciones con un respaldo del 40 %. Es un hecho. ¿Qué dice alguna prensa importante que representa al lado correcto de la Historia? Veamos a la moralista BBC: “El partido de Javier Milei obtiene un fuerte respaldo en las elecciones de medio término”.

Fuerte respaldo, subrayamos. ¿Cómo trata el segundo dato importante? Veámoslo: “Con un ausentismo electoral superior a las dos últimas elecciones de 2023 y 2021”. Y de nuevo: “…pero, sobre todo, le dieron un fuerte respaldo al actual mandatario”. Los escaños de los parlamentos deberían acoger a los elegidos y a la abstención para dejar en evidencia a ciertos periodistas. A Milei lo ha votado un 40 %, pero hay un 60 %, disperso, que ha votado a otros. A ello sumémosle una abstención del 66 (otros dicen 68) %.

Si ese parlamento acogiera a todos estos extremos los escaños estarían divididas en tres zonas; dos de ellas vacías y una dividida entre el 40 % de los Milei y el 60 % de los no Milei. Pero, milagros de la democracia y de la prensa, no tendrá problemas ni de gobierno ni de imagen, a pesar de haber entregado a Londres todas las reservas de oro del país (reservas que se devuelven si se es bueno, y a veces ni así) o de sus políticas de ajuste contra la población, incluidos los jubilados, a los que trata con dureza si no comprenden sus milagrosas políticas tan bien como la BBC.

Esto nos recuerda en qué se ha convertido la esencia de la democracia (la cual conocemos bien por la UE). Las ingenierías de todo tipo han destruido los programas coherentes y los mecanismos de control. Recordamos un artículo en la tercera página de un diario renombrado en el cual se explicaba cómo se había ajustado el programa electoral de Clinton. No merece la pena buscar el año. No es un dato histórico, sino moral. Y ya sabemos la insignificancia de la filosofía y de la moral en estos tiempos.

Un ingrediente previo para todo esto es el de aburrir a una gran parte de la población. Eso se consigue mediante la náusea y la desesperanza, con el suficiente tacto para que no lleguen a desesperación reactiva. Añádase un poco de narcisismo, resiliencia (dame más fuerte, que no me duele) y empoderamiento inerme y saldrá lo que está saliendo.

Pues bien, el programa de Clinton, explicaba el experto en electoralismo, era un verdadero edificio de equilibrios. El candidato sabía que las clases aburridas se abstenían más que las todavía esperanzadas, por lo cual restaba a aquellas (a las aburridas) ayudas sociales que transfería en rebajas tributarias a las segundas. Daba la casualidad de que a todo esto ayudaba que las primeras fueran más indiferentes al sistema e incultas que las segundas.

He ahí porqué se quita la filosofía, en cuanto el por qué, el cómo, el para qué son generalmente molestos; o porqué "Mathematically Correct" criticó acerbamente la reforma educativa, también de Clinton, que debilitaba el rigor académico y las habilidades en el cálculo, es decir, el razonamiento. ¿Algún partido se preocupó por las necesidades de los más pobres? No. En EE UU sólo había dos partidos que se diferenciaban en lo secundario y se parecían en lo fundamental.

 No mejor van las cosas en el resto del mundo. En España, por ejemplo, la corrupción se ha convertido en materia dialéctica compartida, sin que sorprenda que el problema no se resuelva de una vez. Además, ¿de qué discutirían, si no? ¿De las discriminaciones tributarias? No, por favor. Es decir, que sin recurrir al partido único disfrutamos de partidos simétricos, reflejos unos de otros. Tan simétricos que, como hemos visto, lo de Argentina puede ser reflejado positivamente en la BBC, medio de comunicación dependiente de un gobierno laborista.

En su día, no hace mucho, uno de sus presidentes sostenía que “la BBC es, sin duda, una de las mayores contribuciones que hemos hecho a la cultura global y una de nuestras tarjetas de presentación más sólidas en materia de poder blando”. Nos preguntamos cuáles serán las demás tarjetas. Blandas o duras parece que hemos vuelto a la mitología griega y nos hemos quedado con el cratos y desechado el demos.

En definitiva, que un exiguo 40 % de un tercio del electorado (recordemos que los otros dos tercios se han abstenido), es decir menos del 15 % de todos los electores argentinos, es un éxito que legitima el desmontaje del Estado. Si regresamos al reparto de la riqueza, el 10 % más rico de la población argentina concentra el 60 % de la riqueza total, mientras que el 50 % se queda con el 4 %. El 40 %, restante, clase media, recibe el 36 % sobrante. Se habla elogiosamente de la clase media, pero hay que alertarla sobre que no siempre escoge los mejores aliados. 

 Es común en políticos, periodistas, cabezas parlantes, gente corriente, utilizar los términos gobierno y poder como sinónimos (igual ocurre con la Administración, a la que algunos denominan como gobierno, cuando en realidad es Estado. Esto se ha copiado de los anglosajones en su afán desestalizador. Quienes así equiparan es que desconocen esos poderes. Tener el gobierno no es siempre tener el poder efectivo. Si no preguntémonos por ese 5 % del pib para rearme, no elegido voluntariamente por ningún gobierno, e impuesto desde instancias extrañas. Aquello de que la democracia era la voluntad de las mayorías con respeto de la minoría no creemos que incluya a quienes reciben el 7 % de la riqueza.

 Terminando: muchas de las acciones de los gobiernos son de carácter demagógico, y tienen un común denominador: son capaces de removerlo todo menos los intereses de esa franja que va del 1 al 10 % que arriba veíamos. Añadamos la política exterior, pero esa sería otra historia. Deberíamos comenzar a seguir los PIB per cápita para comprobar si podría ser una de esas noticias que encantan a la BBC. @mundiario