Delcy, Trump y el realismo mágico del interés propio
La política exterior de Estados Unidos ha dejado de parecer un ejercicio diplomático y empieza a parecer una subasta de ganado. El martillo lo sostiene Donald Trump, y el género a subastar es el futuro de los países. Ahora le toca el turno a Venezuela, donde Delcy Rodríguez ejerce como presidenta interina en mitad de una crisis que está reescribiendo el mapa latinoamericano. Su interlocución con Trump no nace de la simpatía, sino de la necesidad: cuando a uno le llaman de la primera potencia mundial, se descuelga el teléfono, aunque sea para escuchar un catálogo de exigencias.
Trump, la diplomacia como mercado y el petróleo como idioma
Porque Trump no conversa: pasa la lista de la compra. A Venezuela le pide estabilidad y diálogo, pero sobre todo petróleo. Y si es posible, que el crudo venga con lazo y dedicatoria. El argumento es siempre noble; la intención, siempre contable. Si la paz mundial dependiera de Excel, Trump sería candidato al Nobel. Pero como depende de la geopolítica, solo aspira al Nobel de Economía Doméstica.
Este enfoque no es nuevo. Lleva meses aplicándolo en Ucrania, donde propone que Kiev ceda a los deseos de Rusia para poner fin a la guerra. Conviene recordarlo: la guerra que empezó unilateralmente Rusia con una invasión que no fue consulta, ni referéndum, ni encuesta del CISOP —que para estos asuntos no llega tan lejos—, sino la decisión de un Kremlin con más blindaje que razones. Pero en la narrativa de Trump, la paz exige concesiones al invadido, no al invasor. Una fórmula audaz: el que rompe, cobra; el que recibe, paga.
Ucrania, tierras raras y la paz a precio de concesión al invadido
Y como en toda subasta, hay comisión. Trump pide a Ucrania no solo flexibilidad territorial, sino también una parte del pastel de las tierras raras. Es decir: yo te traigo la paz, tú me pagas en minerales. No es diplomacia: es extractivismo con power point. Y no hablamos de migajas, sino de toneladas de litio, escandio y promesas mineras que huelen a contrato antes que a tratado. El discurso es “acabar con la guerra”; el subtexto es “acabar con el stock”.
Por eso la conversación con Delcy Rodríguez importa. No porque estén de acuerdo, sino porque es un capítulo más de una política exterior donde los países dejan de ser sujetos y pasan a ser balances. Donde la soberanía es un adorno retórico y los recursos el verdadero idioma. Trump no exporta democracia: exporta condiciones. Y si la paz se logra, que venga acompañada de barriles, minerales o dividendos. Lo que haya a mano.
América Latina asiste al espectáculo con el gesto torcido. Unos gobiernos lo llaman intervencionismo, otros oportunidad, y la mayoría hace cálculos sin querer salir en la foto. Pero la foto ya está tomada: Estados Unidos negocia con Venezuela como negocia con Ucrania, desde el interés propio, con la misma lógica transaccional del tratante que pide el establo, el pienso y, de paso, la mitad del corral.
Porque en esta geopolítica del presente, la pregunta no es quién ganará la transición, sino quién se quedará con el botín. Y Trump hace tiempo que levantó la mano para decir: “Yo primero”. No es un principio moral, es un principio de inventario. Y así se escribe hoy la historia: con menos atlas y más catastro.
Hoy es Venezuela, ayer fue Ucrania; y mañana será Europa si a Trump le cuadra la cuenta. Porque en su mundo, lo que no se defiende, se cobra. Y lo que se cobra, se coge. @mundiario


