Cuando el presente repite el pasado, ¿cuál es el futuro?
Quienes no tienen esa edad difícilmente se pueden hacer la pregunta y, si preguntan, es porque están hartos de rutinas a las que no ven sentido o imposiciones que no aguantan. Para esto último, cualquier crío es capaz de encontrar razones, y más los que, después de andar entre algodones, salen caprichosos y antojicas. De consentidos que son, preguntan, pero para dar la nota en el aula, como saben los docentes más pacientes.
De cinco meses acá -sin buscar antecedentes-, la pregunta tiene sentido para todo tipo de ciudadanos y especialmente, como queda dicho, para quienes peinan años. Entre los adornos de esta etapa sociopolítica, está el que les recuerda mucho los tiempos escolares, sobre todo la parte que brindaba el segmento de recreo en el patio del colegio o la escuela. Era un tiempo breve, siempre incongruente por su corta duración; al menos, eso parecía a chicos –y chicas- que en edad crecedera, que no veían sentido a tantas horas de aula. Sedentarias y casi siempre amarradas al pupitre en silencio, les parecían ridículas frente al tiempo escaso en que, a media mañana, era un placer correr, moverse, dar patadas a cuanto pudiera rodar o, si se terciaba, echar unos “guás” a las canicas, jugar al marro o a otra habilidad estimulante entre iguales.
El problema del recreo, para la mayoría, era que, al margen de las disposiciones reglamentarias que hubiera –cuestión que en internados y similares, podía ser agobiante-, mientras no se tenía formada una personalidad reconocida por los demás siempre reinaban en el patio unos cuantos que dominaban la escena y trataban de tener a mano una corte de vasallos. Era un asunto algo mafioso. El jefecillo ejercía como Don o Boss de película, con una chulería que podía ser estridente cuando iba acompañada de una gama de violencias anticipatorias del mobbing actual, capaces de amargarle los días a cualquiera que osara llevarle la contraria o no hacerle caso. Era evidente que eran los dueños del recreo y, si los vigilantes estaban en la luna, no eran difíciles las broncas. Si el colegio en cuestión no estaba ubicado en el barrio donde se vivía, tampoco era raro que, antes de llegar de vuelta a casa, se repitiera un ambiente similar entre colegas: las pandillas reproducían el mismo esquema relacional, y en áreas periurbanas no eran raras peleas en que las piedras sobrevolaban un descampado más o menos propicio para disputarse el control de la zona cuando los mayores no circulaban por allí.
No hace falta haber vivido aquellos ambientes escolares; sin melancolías de aquel pasado, todo ciudadano puede ver aquel estilo pendenciero en los dimes y diretes de la tele. Resurge en las secuencias televisadas de los supuestos debates en el Senado, el Congreso y algunas Asambleas de Comunidades Autónomas, donde los modales al uso entre los representantes políticos tienen grandes analogías con aquellos patios. En esos espacios privilegiados de la democracia y, como si no tuvieran más qué hacer, derrochan el tiempo entre broncas a las que llevan preparada la escenita, el atrezzo y, sobre todo, las piedras a tirar a los de la otra bancada, con voces bien entrenadas y gestos que fallan a veces, pero en que lo que nunca marra es la intención de ver si, tirándole al de enfrente un asunto, trastavillea y le hace morder el polvo de la humillación. En estos espacios de desencuentro, lo último en estrategias son las sorpresas. En tiempos de tanta fragmentación, no es fácil sostener la supuesta cohesión imprescindible para salir bien de la pelea. Las fidelidades de pandilla flaquean a veces; siempre media algún cabreo, celoso por un mal gesto, una desavenencia o malentendido que, manejado hábilmente por periodistas amigos, deje a alguien descolocado y sin la imagen debida.
Hábilmente manejado el traspié, es útil para la bancada propia, que se desternilla de risa. La política parlamentaria española tiene actualmente un cierto aire infantil, por graves que sean los asuntos que por allí pasan o parece que pasan. Importa más, por ejemplo, un gol de este tipo que la mejora de la Salud o de la Educación. Se reproduce, a escala, la política de moda en el panorama internacional, en que el primo de Zumosol, al que se recurría, quiere que juguemos sin su protección y que aprendamos a defendernos, aunque ya verá qué hace si advierte que somos infieles a su patriarcalismo hegemónico. Él, por su parte, tiene la sensación de estar perdiendo cualidades ante otros posibles primos de su rango, y echa cuentas de si, en el campo de recreo global, de toda la Tierra, le faltan cromos y juega su partida como si no existiera Europa. En aquellos recreos lejanos, quien no supiera de carrerilla dos o tres alineaciones de futbolistas, y no fuera reconocido con un mote o seudónimo en que un reconocido campeón de cada domingo hiciera de talismán protector, era un pringado al que la clasificación futbolera había situado como un perdedor.
Vuelve un reparto de roles fuerte, en que las grietas de la memoria escolar advierten en las preocupaciones del presente, ante todo, la persistencia del pasado; como si lo hubiera adelantado, es posible que no se haya ido y que siga ahí. Los partidarios de la circularidad del tiempo no tienen fácil demostrar que tienen más razón que los que, sin saber qué es el tiempo –como confesaba Agustín de Hipona-, aseguran que más bien es lineal y, en sí mismo, infinito. Lo que en todo caso es difícil a unos y otros es explicar cómo, en la realidad cotidiana, la relatividad de las estadísticas repite curso a curso, verso a verso, descuidos importantes. Por ejemplo, la consistente mutación del analfabetismo en semianalfabetismo, un panorama creciente del que los datos objetivos de su proporción en el presente son tan altos que facultan entender la persistencia -no menos pertinaz- de un amplio pasado de credulidades, negacionismo e ignorancia. La autonomía personal está en riesgo, pero parece no importar.
Que Trump se sincere respecto a lo poco que le importa en su corralito la Educación, puede ser un adelanto de lo que el mal ejemplo parlamentario hispano, con gestos, voces y pataletas, dirá pronto sin tapujos. Tiempo al tiempo; varios personajes ya están a punto de mostrar cuál sea su autonomía personal o sí harán como Europa, que se debate ahora sobre sí misma. Alguno hay que cuanto más corean los ciudadanos su incompetencia probada, gesticula mucho pero se amarra al sillón como Odiseo al mástil y trata de sortear la tormenta. La IA, dispuesta a ser la Sibila de Delfos, le dirá lo que quiera oír; el ChatGPT está entrenado para que aguante y, también, para que reconozca que se ha terminado el tiempo de recreo. Entretanto, los espectadores de estos juegos reunidos se entretienen con la filosofía del tiempo y otras series televisivas en que no pasa nada, cuando lo preocupante debieran ser las amnesias, desmemorias y descuidos de este tiempo: no es de adultos gesticular de los nervios y votar al tuntún. Benedetti, hablaba de que la Historia, “maltrecha”, ya no tiene quien le peine las mentiras”, pero como si lloviera.